La semana política que empieza – Al menos, siempre nos quedará ¿Rubalcaba?.


MADRID, 19 (OTR/PRESS)

Comprendo que el PSOE es ahora una opción poco atractiva, que sus dirigentes están gastados, que sus «segundos escalones» adolecen de falta de carisma. Y que su principal responsable, Alfredo Pérez-Rubalcaba es la solución y el problema, más lo segundo que lo primero, como le ocurrió, al final, al mismísimo Felipe González, que era, por cierto, mucho más autocrático que el actual secretario general. Pero, a este paso, habrá que decir aquello de que, al menos, siempre nos quedará Rubalcaba, que es quien ha impulsado -tarde y tras algunas trampas- estas primarias y quien, desde un cierto desorden, pide transformaciones como una modificación constitucional que haga posible un diálogo con la actual Generalitat de Catalunya y caminar, si posible fuera ya, hacia un federalismo «imperfecto». Lo de imperfecto, claro, lo digo yo, porque otro no cabría; me pregunto si, para eso, no bastaría con conceder determinados prerrogativas a Cataluña y dejarse de transformación global del Estado* Pero ese sería, desde luego, uno de los muchos temas para debatir en este país nuestro, en el ue casi nada se debate bien y a tiempo.
Lo que quiero decir es que aquí lo único que se mueve algo, políticamente hablando, es el PSOE, y ello de manera imperfecta. Eché de menos un vuelo algo más alto de Rubalcaba, en su discurso del sábado ante el comité federal, y no digamos ya en su comparecencia ante la prensa, ante la que todos nuestros políticos, sean de la formación que sean, se muestran perezosos, poco imaginativos, huidizos y desdeñosos. Estamos en un momento de grave crisis para el Estado -no exagero nada- y parece que el Ejecutivo puede seguir haciendo lo que hace y no haciendo lo que deja de hacer, que el Legislativo puede seguir sesteando -aunque esta semana hay pleno extraordinario, que rompe la vacación invernal-, que el Judicial puede seguir con sus peleas nominalistas, amparadas por un ministro que es ya una catástrofe para el Tercer Poder. Y parece que la oposición se centra más en arañar algún escaño que en lanzar propuestas que transformen el Estado.
Me parece que, en lugar de criticar el «baile de nombres» en el que se ha metido el PSOE con las primarias, como hacía el sábado el «portavoz de guardia» de los fines de semana en el PP, Esteban González Pons, el partido en el Gobierno debería sumarse a las voces que piden primarias obligatorias para todos los partidos, como un primer paso hacia la imprescindible regeneración de las formaciones políticas españolas. Y si a ello le añadimos una reforma de la normativa electoral, comenzando por desbloquear las candidaturas, mejor que mejor. Claro que estos debates en profundidad no interesan -excepto a un sector, creo que no mayoritario, de la ciudadanía_y se aparcan sistemáticamente. Y así ocurre desde el último gran salto político en España, en 1978.
Inmersos como empezamos a estar en la inmediatez de las elecciones, en saber si los candidatos a las europeas serán rostros continuistas o renovados -la pereza tradicional de los dirigentes se inclina más por la primera fórmula–, olvidamos algunas cosas. Que por ejemplo, en el 20 de noviembre de 2015, que está a la vuelta de la esquina, confluyen el 40 aniversario de la muerte de Franco, el de la subida del Rey al Trono y el cuarto de las elecciones que ganó Rajoy, inaugurando, pensábamos, una nueva era política. Qué buen momento ahora para plantearse, de cara a esos aniversarios, un lavado de cara a fondo del Estado de las autonomías, del sistema garantista, del funcionamiento de los partidos, del fortalecimiento de la Corona. Lo digo con amargura, ante una semana ramplona, en la que en el Parlamento se volverá a hablar de problemas creados artificialmente: de la reforma del aborto, de las cotizaciones a la Seguridad Social, de los equilibrios inestables de ese Artur Mas empeñado, en su mediocridad, en el choque de trenes con la no menor mediocridad que rige en los centros de poder de Madrid.
Por eso titulo, algo irónicamente, con ese remedo de la última escena de «Casablanca», sustituyendo París por Rubalcaba. No, el secretario general socialista no es un valor seguro, ni lo era París en aquellos momentos, ni lo es este PSOE. Pero, sin embargo, se mueve. Y este movimiento tímido hay, me parece, que aplaudirlo, también tímidamente. Porque, de lo demás, seguimos sin saber nada: la línea está ocupada y no contesta.

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