Fernando Jáuregui – Pero ¿dónde está la sociedad civil española?.


MADRID, 8 (OTR/PRESS)

Sin duda, una de las muestras más claras de que una democracia es más completa que otras -la democracia siempre es perfectible, desde luego- reside en la fuerza de su sociedad civil. En Gran Bretaña, doscientos «notables» representantes de diversas actividades ciudadanas, desde cantantes como MIck Jagger, Sting o Brian Ferry, actores y actrices como Judy Dench, científicos como Stephen Hawking, rostros conocidos de la televisión, profesores universitarios distinguidos o hasta el entrenador del Manchester, sir Alec Ferguson, han firmado un manifiesto pidiendo el «no» en el referéndum sobre la independencia de Escocia que se celebrará el próximo 18 de septiembre. Otros rostros conocidos, como el de sir Sean Connery (ennoblecido por la Reina), se han decantado, en cambio, por el «si» independentista. Sin miedo a decir cada cual lo que piensa, los representantes de la sociedad civil se han colado de hoz y coz en un debate en el que al Reino Unido, y a Europa, les va mucho. Y aquí, en la España de los timoratos a pronunciarse, comenzando por esa Cataluña de los silencios profesionales y mediáticos, ¿dónde queda en la democracia española la sociedad civil?

Me hago esta pregunta azuzado por la brillante campaña «Sigamos Juntos», que se lleva a cabo en ese Reino Unido que quiere seguir estándolo (todo indica que la derrota de los independentistas dentro de cuarenta días va a ser importante). Pero también inquieto ante muchos, demasiados, silencios en la sociedad española, que no solo en la catalana, donde me resulta evidente que muchos proclaman su adhesión «patriótica» por conveniencia, pero muchos más callan por lo mismo… y por temor a las paredes del vecino. Hasta ahora, las reacciones en la intelectualidad, entre los cantantes -pero ¿dónde está el admirado Joan Manuel Serrat?–, en el empresariado, han sido demasiado melifluas, acobardadas. ¿Nada hay que contrarreste manifestaciones como las de la Diada, único soporte que le queda ya a Mas para mantener su política suicida? Para creer en una sociedad civil catalana tendríamos que asistir a otros debates mediáticos -a algún debate mediático, al menos–, al florecimiento de gentes, más allá de los políticos, que se decanten por el «no», que sean capaces de decir el voz alta lo que muchos escuchamos a amigos catalanes, incluso ligados a Convergencia Democrática: que la sociedad entera, en la Cataluña corrompida que está enseñando sus vergüenzas al mundo –qué lamentable espectáculo el de quienes agachan la cabeza ante el tremendo «affaire Pujol»–, camina con paso firme hacia el abismo.
Cierto que en España se han producido manifiestos a favor y en contra del derecho de los catalanes a decidir; pero los abajo firmantes tenían más de políticos que de personas admiradas por su actividad intelectual o artística y el ámbito de resonancia de aquellos textos ha sido casi nulo. Cierto también que algunos animan movimientos como el «libres e iguales» que congregan en alguna ciudad española a unos centenares de personas. No es eso; o no es solamente eso, porque aplaudo todas las formas de organización ciudadana pacífica que puedan darse. Simplemente me pregunto por qué callan, ante lo que está por venir, otros que algunas veces sí han hablado, fuesen los de «la zeja» o los del ceño, y por qué no se manifiestan otros que nunca han hablado, como si lo que ocurre en este país nuestro no fuese, más allá de las bambalinas, de los focos o de la caja tonta, con ellos.
Ya sé, ya sé que la democracia británica, admirable por muchos motivos, es como el chiste del césped: lo tienen tan verde, tan bonito, porque lo abonan, lo riegan todos los días y*porque el césped tiene cuatrocientos años. Y porque si llaman a la puerta a las seis de la mañana es el lechero. Nuestro césped no tiene tantos años, ni tanto riego, ni tanto abono, más allá del de los campos de futbol, e incluso esos, a veces, tienen su historia negra, como el césped del Camp Nou, comprado, recuerda usted, a los cuidados del negocio de floristería de doña Marta Ferrusola, esposa del ex president Jordi Pujol. La democracia se riega con debates televisivos, como el reciente y me dicen que admirable entre el independentista escocés Alex Salmond y el ex ministro de Finanzas Alistair Darling, escogido por Cameron para representar al «no» en la consulta; se abona con plena libertad mediática y se enriquece con la participación en la vida política de figuras como el cantante de los Rolling Stones o la escritora JK Rowling, «madre» de Harry Potter, que donó un millón de libras a la campaña «Mejor Juntos» de los unionistas.
Muchas veces me he proclamado partidario de una consulta libre, en la que puedan participar todos los implicados en una decisión tan grave como la separación de un territorio del resto del Estado. Que se celebre incluso aunque sea en base a la tremenda injusticia que supondría que solamente votasen quienes habitan en ese territorio, como si a mí, por ejemplo, no me fuese nada en la independencia o no de Cataluña: no me quiero sacar el pasaporte para visitar, por ocio o por negocio, esa ciudad maravillosa que es Barcelona.
Pero si pedimos a los líderes europeos que se pronuncien sobre la independencia catalana -y recuerden que fue Artur Mas el primero que, con su desdichada carta a los mandatarios de los países de la UE, llevó a su «diplocat» al desastre–, ¿cómo no vamos a pedírselo a nuestros personajes más admirados popularmente, como deportistas o artistas de elite? ¿Cómo excluir la opinión de los ciudadanos corrientes y molientes del resto de España? La política es, como se dice del periodismo y los periodistas, algo demasiado serio como para dejarlo en las exclusivas manos de los políticos. Así que vamos, que empiecen ya, que el público se va.

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