Buscando la sociedad perfecta, cada vez nos parecemos más a los nazis.


No suena precisamente a música celestial. No nos gusta oírlo, pero, en el fondo sabemos que el ser humano de las modernas sociedades, si bien en algunos aspectos parece haber desarrollado una tendencia hacia el bien, el bombardeo subliminal y manipulador de los poderosos es tan grande que la pobre hormiga loca de este planeta está perdiendo el norte, sin percatarse del rumbo equivocado que hemos tomado. ¿Y a dónde nos dirigimos? ¿O a dónde nos dirigen? Eso habrá que juzgarlo dentro de unos años. La historia se vive en presente pero se analiza en futuro. Cuando digo que nos estamos pareciendo cada vez a los nazis, y más en concreto a la Alemania prehitleriana, no estoy exagerando. Estamos perdiendo la empatía que nos distingue del resto de la familia animal. La caridad, la compasión y la misericordia son palabras denostadas y obsoletas que el pensamiento laicista dominante ha cambiado por la politizada “solidaridad”, más entendida en un contexto político que humanista o de amor universal. Esta pérdida de empatía –aún incipiente, quiero pensar— propicia que los falsos filántropos aparezcan como remediadores de males y portadores de esperanza. Las políticas de exterminio de los imperfectos han tenido ese comienzo. “Matar por compasión, para que deje de sufrir”, referente a los viejos, enfermos o defectuosos es algo que ya se admite con normalidad. O los bebés a petición, manipulando embriones para que nazcan a nuestra medida y libres de taras, lo estamos practicando; y no de manera clandestina, sino amparados por nuestras leyes. ¡Ser nazi es esto! Es cierto que en el imaginario colectivo, ser nazi es quemar judíos y gitanos en los campos de concentración. Eso también. Pero los eliminaban porque racialmente no era lo que perseguía el nuevo paradigma del Tercer Reich.

Veamos, grosso modo, cómo la sinrazón encarnó en el Estado. Terminada la Primera Guerra Mundial, en una Alemania devastada prende la idea de crear una sociedad de superhombres, a partir de la selección hereditaria que, de hecho, ya se estaba practicando. No se conocían entonces –afortunadamente—las técnicas de manipulación de embriones, pero sí las ideas de Darwin, Walton, Russel, Wallace y Malthus, y sus aplicados discípulos, Hoche, Harry Laughlin, Madison Grant o Leon Whitney, que abogaban por la eliminación de los “especímenes” portadores de taras.

En 1920, el jurista Binding, amigo de Nietzsche, y el profesor de Psiquiatría de la Universidad de Friburgo, Alfred Hoche, publicaron en Leipzig una obra fundamental sobre la eutanasia que se practicó durante el Tercer Reich, que contiene todos los argumentos en pro, esgrimidos hasta hoy por los movimientos antivida, principalmente los que aluden a la utilidad social y a la compasión. El libro se titulaba El permiso para destruir la vida indigna. Hay mucho que decir sobre el título y la consideración de vida indigna, pero no vamos a detenernos en ello porque transversalmente, a lo largo del libro, queda claramente explicado.

Hoche establece en su libro la compatibilidad entre una ética médica elevada y la práctica de la eutanasia. Previamente, especifica que la decisión de poner fin a la vida de un enfermo debe cumplir tres requisitos: a) debe ser autorizada por tres expertos; b) el paciente debe tener derecho a retirar su demanda; y c) los médicos deben tener seguridad jurídica. El psiquiatra se refiere a la petición previa y reiterada del enfermo sufriente a morir, y alude a la compasión, término que han heredado los modernos agitadores proeutanasia. Recomienda la eutanasia a pacientes con retraso mental, con dolencias psiquiátricas, en coma o con daño cerebral.

El libro resalta los beneficios sociales que reportaría la eliminación de todas “estas vidas sin sentido” y la posibilidad de emplear los fondos destinados a estos colectivos, en otros menesteres más productivos. Sí hay que decir que el psiquiatra se refiere a la petición previa y reiterada del enfermo sufriente a morir. Binding se expresaba así: “Yo no encuentro, ni desde el punto de vista religioso, social, jurídico o moral, argumentos que nieguen la autorización para destruir a esos seres humanos, remedo de verdaderos hombres, que provocan el disgusto en todos los que los ven. En épocas de alta moralidad es indudable que hubieran acabado con semejantes seres”. La reflexión es tan atroz y antihumana que sobra todo comentario.

Hitler encontró la levadura a punto para la implementación de su plan a gran escala, incluso contó con cierta aprobación de la población civil, pues al pueblo se le llegó a convencer de que los que no eran perfectos no tenían derecho a la vida y había que eliminarlos, bien en el útero materno o una vez nacidos; y el mismo destino debían correr los adultos con defectos.

Al pueblo alemán se le convenció de que en otros países avanzados ya se estaban aplicando estas medidas, y así era en realidad. De hecho, un póster de propaganda del Tercer Reich, de 1936, muestra una mujer con un niño en los brazos, y detrás de ella un hombre sujetando un escudo con el nombre de la ley de esterilización obligatoria promulgada en Alemania en 1933. Alrededor se muestran las banderas de los países que, o bien tenían leyes similares o estaban intentando crearlas. Sobre las imágenes se leía el título NO ESTAMOS SOLOS.

El racismo hacia las etnias consideradas inferiores y los postulados maltusianos configuraron la ideología de Hitler. Su modelo fue norteamérica y así lo dejó escrito en su Mein Kampf: “… hay en nuestra época un país donde pueden observarse al menos algunas tímidas tentativas inspiradas por una mejor concepción del papel del Estado [en materia de eugenesia]. No es, naturalmente, nuestra república alemana el modelo; son los Estados Unidos de América, que se esfuerzan en obedecer, al menos en parte, los consejos de la razón. Al negar la entrada en su territorio a los inmigrantes con mala salud y el derecho a la nacionalización a los representantes de determinadas razas, se acercan un poco a la concepción racista del papel del Estado”.

El programa de eutanasia destinado a purificar la raza germánica fue idea de médicos y científicos alemanes inspirados por algunos teóricos norteamericanos; lo mismo que otros instrumentos de tortura. La primera cámara de gas, por ejemplo, fue diseñada por profesores de Psiquiatría de universidades alemanas. Para probarlas, elegían a determinados pacientes y observaban cómo morían. Pronto se unieron a ellos algunos pediatras, que empezaron a vaciar los centros de niños discapacitados. En contra de lo que se cree normalmente, las cámaras de gas no fueron construidas para los judíos, sino para eliminar a los alemanes defectuosos. Pero una vez suprimidos los minusválidos de todo tipo y condición, continuó la dinámica con gitanos, polacos, rusos y judíos.

Para el proyecto de la consecución de la raza de superhombres se elegía a las mujeres y a los hombres más perfectos físicamente, de acuerdo a unos cánones preestablecidos. (No estaba permitido el aborto para las servidoras de la patria, no por una cuestión de humanidad, sino porque era obligatorio traer al mundo alemanitos arios.

La pretensión del nazismo era crear una aristocracia biológica formada por genetistas, psiquiatras y políticos, que decidían quién tenía derecho a vivir y quién no. La frase de Rudolph Hess resume la idea macabra del Tercer Reich: “El nazismo es biología aplicada”.

El plan se estableció como una cuestión de Estado, y para implementarlo se promulgaron leyes que aún hoy nos estremecen. Así, el 14 de julio de 1933, nada más llegar Hitler al poder, se promulgó la “Ley para la prevención de nacimientos con taras hereditarias”, basada en una ley de esterilización voluntaria de 1922, que permitía esterilizaciones forzosas de personas consideradas biológicamente inferiores, asesinatos, deportaciones y un sinfín de barbaridades.

La diferencia entre esta ley y las promulgadas en los países democráticos citados –todas absolutamente condenables—radicaba en que en aquellos la ley restringía los casos en los que debía aplicarse, mientras que en el Tercer Reich se dio licencia a los médicos para poner en práctica los planes de exterminio, sin excepciones. (Extracto de mi libro La dignidad de la vida humana, La Regla de Oro Ediciones, Madrid, 2013).

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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