Fermín Bocos – Ocasión perdida


MADRID, 21 (OTR/PRESS)

La presencia de del presidente de los EE.UU. Barak Obama en Cuba es una noticia para la Historia. Más allá de la trascendencia concreta del viaje y de la ausencia de encuentro y foto con Fidel Castro, será una página escrita con letras mayúsculas en razón del larguísimo período de enfrentamiento entre ambos países. Más de cincuenta años. Se dice pronto. Dos generaciones de cubanos y norteamericanos no han conocido otra cosa que el bloqueo por parte de Washington y propaganda política anti norteamericana por parte de la dictadura castrista. Pero los tiempos cambian. Y Obama -ya en fase de «pato cojo»- tiene prisa para cerrar algunos capítulos para los libros de Historia. Viaja a La Habana en donde se entrevista con el cardenal Ortega (gran muñidor en la sombra del deshielo entre la diplomacia de ambos países) y también con Raúl Castro, cabeza del régimen y heredero del poder pero no del carisma ni del mito que supone la figura de Fidel.
Obama ofrece un ejemplo de «realpolitik» nítido. Un ejemplo que acaba con el último vestigio político de la Guerra Fría. No ha podido cerrar Guantánamo, como era su propósito, pero a meses de concluir su paso por la Casa Blanca corona el restablecimiento de las relaciones políticas y comerciales con Cuba viajando a la isla cuando en relación con isla y su régimen la oposición republicana en el Capitolio sigue aferrada a su discurso del siglo pasado.
Obama está haciendo historia y el Gobierno de España perdió la oportunidad de anticiparse. El papel diplomático desempeñado por

El Vaticano debería haber sido el papel de España. Por razones de todo tipo -familiares, históricas, culturales- España estaba en inmejorables condiciones para haber sido pionera en los contactos que tejieron, primero el deshielo y después le restablecimiento de las relaciones entre La Habana y Washington. Hasta Francia con la visita de François Hollande se nos anticipó. No sé si ha sido fruto de la falta de interés de Mariano Rajoy hacia la política internacional o si nuestra ausencia en primera línea en el proceso cubano ha sido una rémora de lo que podríamos llamar la «doctrina Aznar». Como se sabe en los años de su presidencia el entonces líder del PP estuvo estrechamente unido a la causa del exilio anticastrista residenciado en Miami. Muy estrechamente. Eran otros tiempos. Cierto. Pero a la luz de la evolución de los acontecimientos está claro que se presenta como una ocasión perdida. Política y diplomáticamente perdida.

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