No te va a gustar – Matar al soldado Sánchez


MADRID, 27 (OTR/PRESS)

En las tertulias radiofónicas y televisivas, en las columnas de los periódicos, en las charlas de amigos, en la peluquería, el nombre más repetido estos días, y desde hace semanas, es el de Pedro Sánchez. Ha sabido procurarse notoriedad (que no es siempre lo mismo que popularidad), incrementada ahora por un conflicto público y abierto con los «barones», con los veteranos y con parte de la ejecutiva de su partido. Es la guerra, y la madre de todas las batallas puede que se dirima ya este sábado en la sesión previsiblemente tormentosa del comité federal del PSOE, que aprobará, o rechazará, los planes un tanto sorpresivamente lanzados por Sánchez: celebración de primarias a finales de octubre, casi coincidiendo con el plazo límite para convocar elecciones si no hay investidura, y posterior celebración de un congreso federal a comienzos de diciembre, casi coincidiendo con el comienzo de la campaña electoral en el caso, cada vez más probable, de que haya terceras elecciones.
Calendario infernal el propuesto por Sánchez, que viene a complicar más aún los tiempos en los que todo ha de resolverse: si pierde la batalla en el comité federal, y este no acepta ni las primarias ni el congreso, tampoco piensa dimitir, según dijo este martes en la primera entrevista radiofónica que concedía en cuatro meses. Sánchez, crecientemente tenso a tenor de lo que le vemos y escuchamos, se ha empeñado en encabezar, contra lo que dijo que iba a hacer, un Gobierno alternativo, que no se sabe si estará integrado, además de por Podemos, por nacionalistas (el PNV ya ha dicho que no participará) y separatistas catalanes. Un Gobierno imposible.
Sánchez ha decidido liderar la bandera de una presunta «izquierda» frente a la «derecha» inserta en su propio partido, que es la que se opone a ese Gobierno que sería una amalgama de formaciones con poco que ver entre sí. Puede que se haya fijado en el ejemplo del británico Corbyn, enfrentado a las estructuras del Labour, pero que goza del apoyo de la militancia, como Sánchez cree que goza: olvida que los ingleses conducen por el otro lado, nada que ver. Ha prometido que no habría terceras elecciones, pero es lo que va propiciando; aseguró que desalojaría a Rajoy de La Moncloa, y todo se encamina a un fortalecimiento en La Moncloa, si se dan unas próximas elecciones el 18 de diciembre, del presidente del PP y del Gobierno.
Ignoro lo que ocurrirá en las conversaciones de urgencia de estas horas previas al Comité Federal. Me parece difícil que se aplaquen los diversos incendios que han prendido en el interior del PSOE, donde se hace ya recuento de las fuerzas fieles a Sánchez y las que le son hostiles. Lo dicho: es la guerra. También considero poco probable que gane la idea de una presunta comisión gestora que desplace al secretario general, hito sin precedentes en la historia de casi ciento cuarenta años del partido. Y, si no sale esta gestora, porque nadie se atreva a proponerla o porque pierda en una votación, de ninguna manera podremos esperar que el partido varíe en su posición de «no y no» a una investidura de Rajoy, cambiándola por una abstención «condicionada».

Sé, sí, que Sánchez se ha convertido en un problema, más que en una solución para su partido, que sigue siendo el segundo en importancia de España, aunque vaya a la baja. El confía en que, manteniendo su posición radicalmente hostil a Rajoy, acabará llevándose el sello de la izquierda para el PSOE, alejándose de la pegajosa cercanía de Podemos. Y supongo que cree que, con su Gobierno alternativo, conseguirá aparcar las reivindicaciones soberanistas de los independentistas catalanes, que este miércoles renovarán presuntamente en el Parlament su discurso y su calendario de alejamiento de España.

Los planes de Pedro Sánchez tienen mal aspecto. Casi nada de aquello por lo que apuesta va a salir. He visto a muchos líderes caer para siempre a base de empecinarse en una posición que una mayoría de la sociedad no comparte: entonces, el empecinado en cuestión acusa a los medios de ser parciales, a los propios y a los extraños de estar equivocados, a la ciudadanía de no mostrarse fervorosa de una manera entusiasta a favor de sus tesis. Y el empecinado en cuestión se refugia en el presunto amparo de «sus» militantes. Que está por ver con cuánto calor apoyarían tales tesis. Sánchez está perdido. No sé si él lo sabe, ni sé tampoco cuánto tiempo podrá mantenerse al frente del PSOE, sin que esta formación se cuartee seriamente. Un día le vaticiné que, con su «no, nunca, jamás», se estaba cavando la tumba política. La tumba está ya lista para acogerle, a él y otros de la fiel infantería que morirán con él. Y cuánto, cuánto, debo decirlo, lo lamento a nivel personal, aunque esto ya sé que nada ni a nadie le importa.

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