Los crepúsculos son de los solistas. El concierto suele cerrarlo la melancólica voz del mirlo. La noche no es de tenores sino de bajos. Pero el despertar de la tierra es una orquesta cuyos instrumentos, antes de que se enciendan las luces, comienzan todos a sonar como en una algarabía, cada uno por su lado, superponiéndose los unos a los otros. Los pájaros son la orquesta del amanecer.
Antes de salir el sol, incluso antes de que el telón de la aurora comienza a levantarse y antes que ni siquiera la primera claridad del alba llegue al bosque, las voces aladas la preludian.
Luego, poco a poco, cada cual va entonado y cogiendo su sitio en la orquesta. La calandria, la alondra, la cogujada, el triguero, la oropéndola, el viento, la cuerda, el metal y, emboscado entre las bambalinas de un soto, el ruiseñor. En la primavera de la alta alcarria, la mies empapada de rocío aún, es el cuclillo quien marca los tiempos con su toque de triangulo y llamada.
Y se abre así, es la apertura, al sonido y a la luz, el día.
