Rosa Villacastin

El odio mató a Federico García Lorca

Cuando está mañana he escuchado en la Cadena Ser que Federico García Lorca fue asesinado por socialista, masón y por practicar la homosexualidad -según figura en un informe que obra en poder de la emisora y que fue redactado por la policía franquista 29 años después de su muerte-, no he podido por menos que estremecerme pensando en la cantidad de escritores, intelectuales, científicos, maestros, toda esa gente toda inocente, a los que asesinan todavía hoy, solo por no compartir sus ideas.

El informe, fechado en Granada el 9 de julio de 1965, tiene un enorme interés, no solo porque arroja luz sobre los últimas horas de su vida y hasta su muerte, también porque aclara los motivos por los que fue asesinado: venganza política y venganza personal. Un informe en el que se puede leer como fue su detención en casa de los hermanos Rosales, donde se encontraba Federico escondido debido a las amenazas y a los registros policiales llevados a cabo en su propia casa. Pero no solo eso, ya que también se desmenuzan algunos aspectos sobre los que mucho se había especulado pero de los que no constaba documentación escrita, y que según el citado documento ocurrieron de la siguiente manera: Los agentes rodearon la vivienda y las calles cercanas antes de llevar a cabo la detención del escritor granadino. De nada sirvieron los argumentos de los Rosales para impedir que se lo llevaran ante el comandante de Intervenciones militares. Tras su detención fue llevado en coche a las «inmediaciones del lugar conocido como Fuente Grande», junto con otro preso del que no se dan más detalles. El poeta fue «pasado por las armas después de haber confesado, siendo enterrado en aquel paraje, muy a flor de tierra en un barranco», a dos kilómetros a la derecha de la Fuente Grande. Un lugar de muy difícil acceso.

Es indudable que la de Lorca fue una muerte cruel, innecesaria, como casi todas las que acontecen en los conflictos bélicos, de la que todavía se desconocen algunos aspectos importantes como el lugar donde fue enterrado, lo que no impide que siga siendo motivo de interés y estudio no solo por parte de los españoles también por parte de prestigiosos hispanistas, tratándose como se trata de un magnífico poeta y dramaturgo, perteneciente a una de las generaciones más comprometidas de nuestro país.

No sé si es casualidad o no que este documento vea la luz justo el día de San Jordi, cuando Barcelona se viste de letra impresa para celebrar una fiesta única, en la que los escritores son los verdaderos protagonistas de la jornada, junto con todas aquellas personas que se echan a la calle para rendir homenaje a una profesión no siempre bien valorada, demasiado expuesta a las críticas y a los vaivenes políticos, que pese a la crisis y al cierre de cientos de librerías sobrevive. Con dificultad pero sobrevive. De ahí el interés que despierta un día como el 23 de abril, no solo entre la gente más concienciada, más leída, también entre los jóvenes, y entre los menores.

Y aunque es cierto que con los libros ocurre como con el cine, que la mayor tajada se la llevan los británicos y estadounidenses, no podemos olvidarnos de escritores de la talla de Gabriel García Marquez, Vargas Llosa, Arturo Pérez Reverte, Julián Marías, y nuestro flamante premio Cervantes de este año Juan Goytisolo, entre otros muchos que harían interminable este artículo, y tantos y tantos otros que se dejan la vida pegados al ordenador a la espera de que les llegue la visita de la diosa imaginación. Por todos ellos brindo, por los superventas, por los que solo con ver su novela expuesta en el escaparate de una librería se sienten las personas más felices del mundo, pero sobre todo por esas personas que haciendo un esfuerzo económico acuden a la librería con lo justo para llevarse el libro de su escritor o escritora favorita.

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