Fernando Jauregui

Ya no queda espacio para la indignación; sólo para la confusión.

¿Qué hacer el próximo domingo, situados ante la urna? Todo anda como algo deshilachado, alicaído. Desde la conmemoración del cuarto aniversario del 15-m en la puerta del Sol hasta el propio desarrollo de la campaña electoral. La gente anda, creo, desconcertada con las ofertas emergentes y poco o nada ilusionada con las propuestas ‘de los de siempre’. He escuchado quejas de algunos periodistas que siguen las campañas de los líderes porque estos apenas tienen contactos con los informadores que van de autobús en autobús, de tren en tren y de avión en avión para escucharles, siempre, por cierto, las mismas cosas, aunque los escenarios sean diferentes. Y las últimas encuestas no se apean de lo que dijeron hace semanas, aunque haya ligeras variaciones porcentuales: todo indica que el PP será el partido globalmente más votado, que el PSOE será el segundo, y ya veremos cuál de los emergentes quedará tercero. Pero aquí ya ni siquiera vale llegar el primero a la meta: luego vendrán los pactos, tema acerca del cual a ningún dirigente nacional, autonómico o local le gusta demasiado hablar a estas alturas; el caso es que, sin pactos, la ingobernabilidad que ahora se achaca a la Comunidad andaluza se extendería a otras doce autonomías, y a no pocos municipios importantes. Es decir, que España estaría a la greña territorial, figúrese usted si eso sería grave.

Quienes ahora aseguran que nada importaría repetir las elecciones en Andalucía porque puede que para comienzos de julio no se haya llegado a un acuerdo para permitir la investidura de Susana Díaz, no saben bien lo que dicen. Si se extendiese la necesidad de repetir elecciones en otras autonomías, el ‘efecto desmoralización’ del ciudadano de a pie sería grande. El desprestigio de la clase política en general, la pérdida de fe en el buen funcionamiento de leyes e instituciones, serían totales. El país necesita gobiernos no sé si fuertes, pero sí coherentes, que generen confianza en los administrados. La sensación de provisionalidad, la inseguridad política y jurídica, son los mayores enemigos del buen funcionamiento de un Estado.

Claro está que no reclamo mayorías absolutas: de eso ya no queda en las estanterías. Pero, como ciudadano y contribuyente, sí reclamo claridad y previsibilidad a quienes me representan. La átona campaña bien podría haberse animado con algún debate televisivo ‘a cuatro’, como reclamó Albert Rivera, tratando de colocarse al mismo nivel que Rajoy, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Ya sé que ese debate es una utopía -ni Rajoy ni Sánchez lo aceptarán, al menos todavía–, pero nos habría aclarado muchas cosas a quienes tenemos que votar el próximo domingo sin saber con quién diablos podría aliarse nuestro candidato, qué cromos va a cambiar, qué cesiones va a hacer en su programa*También sé que todo lo averiguaremos, quizá a nuestra costa, a partir del 25 de mayo, fecha que abrirá un mes de llamadas telefónicas urgentes, encuentros en la clandestinidad, tiras, aflojas y quién sabe si hasta chalaneos en busca de la formación de una mayoría suficiente para poder gobernar -con limitaciones- autonomías y ayuntamientos.

A Pedro Sánchez ya le hemos escuchado las ‘líneas rojas’: el PSOE no pactará ni con Bildu ni con el PP. Extraña equiparación entre unos y otros, especialmente cuando es posible que haya de pactar, según dónde, con ambos. A Ciudadanos no le hemos oído adelantar gran cosa, excepto sus exigencias de moralización y regeneración de la vida política, que a veces suenan más a brindis al sol que a propuesta verdaderamente reformista. Podemos nos tiene -a mí, desde luego- despistados: ya ni se sabe bajo qué siglas se presentan en algunas localidades, y menos aún hacia dónde pretenden acercarse.

Y Rajoy. Rajoy es el gran enigma. Al Partido Popular hay que reconocerle que es el que está llevando a cabo una campaña más sólida, más uniforme en todos los terrenos. No hay más verso suelto que Esperanza Aguirre, un esperpento político que, paradójicamente, parece una máquina de atraer votos a base de bici, chotis y populismo. El mensaje electoral de los ‘populares’ es aburrido, pero puede que contundente: no se dejen ustedes engañar por los aventureros, por los que llegan ofreciendo el oro y el moro, porque aquí está el PP que ha hecho las cosas sensatamente hasta ahora y es opción fiable. Bueno, no es un gran mensaje, pero, al menos, no se dicen tonterías y se evitan las ‘ocurrencias’ que están nublando las campañas de otros.

Lo que no sé es si esa continua descalificación del PP dirigida hacia Ciudadanos -mucho más que hacia el PSOE, por ejemplo- no acabará lanzando a las gentes de Albert Rivera en brazos del PSOE, que, sin pactos, se quedará fuera del poder ejecutivo en casi todas las autonomías y en una mayoría de ciudades importantes. Dudo mucho que los socialistas acaben, contra lo que va diciendo Sánchez, llegando a algún tipo de acuerdo con el PP: no les conviene un pacto de ‘dejar gobernar al más votado’, porque el más votado será, en una mayoría de casos, del PP. Así que es tremenda la responsabilidad de Ciudadanos a la hora de hacer gobernable el país. Lo que no sé es si, además de Rivera, hay en esa casa alguien cualificado como estratega y estadista de futuro. Confiemos en que vayan apareciendo.

Puestas así las cosas, claro que el panorama es desconcertante. A saber qué harán con nuestra papeleta de voto a partir del lunes 25. Quizá por eso las gentes que antes hubiesen abarrotado la Puerta del Sol se quedaron en casa (y espero que vuelvan a hacerlo en la jornada de reflexión, no haciendo buena su idea de manifestarse el día 23): ya no queda espacio para la indignación. Solo para la confusión.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Lo más leído