Democracia, decencia e indecencia y los genocidios silenciados…

Democracia, decencia e indecencia y los genocidios silenciados…

El punto de partida: Aristóteles y la tentación de la licencia

“Cuanto más nos inclina la naturaleza a los placeres, tanto más propensos somos a la licencia que a la decencia”, advertía Aristóteles en su Ética a Nicómaco. El filósofo sabía que la condición humana oscila siempre entre la inclinación natural al placer y la necesidad cultural de poner límites para evitar que la convivencia se degrade en caos. La decencia aparece así como virtud política y moral, freno contra la disolución social.

Hoy, sin embargo, vivimos tiempos en los que la doble moral se ha exacerbado en un grado nunca visto. La sociedad finge una corrección pública impecable mientras tolera —e incluso celebra— en privado conductas que hace apenas unas décadas hubieran sido consideradas indecentes. El fariseísmo cínico es norma: condena altisonante de lo “políticamente incorrecto” en público, libertinaje camuflado en privado.

El teatro de la decencia postmoderna

El ciudadano contemporáneo se muestra en público como decente, tolerante y progresista; pero al cerrar la puerta de su casa, se entrega a lo contrario de lo que predica. Y esa fractura la heredarán nuestros hijos: les ofrecemos, por un lado, un discurso de tolerancia, diversidad y respeto, y por otro, un mensaje implícito de que “mientras no se haga daño a nadie y haya consentimiento, todo está permitido”.

El resultado es una cultura donde la ligereza en el vestir, la procacidad en el lenguaje, la promiscuidad en el pensar y actuar se normalizan bajo el mantra “con todo respeto”. Y más aún: estas conductas se presentan como banderas de emancipación y progreso en grupos humanos y círculos intelectuales.

El postmodernismo ha legitimado un relativismo profundo donde todo vale si se enmarca como “libre expresión” o “arte”. Quien sugiera que tales actitudes pueden ser indecentes será tachado de retrógrado, medieval o reaccionario. Así se consolida lo que podríamos llamar una indecencia respetuosa y decente: un nuevo estatuto social que reclama incluso el aval legal de gobiernos que se proclaman emancipadores y progresistas.

Alegoría de la decencia y la indecencia

Según cuenta una fábula que circula por las redes, la decencia y la indecencia, cansadas de discusiones humanas, decidieron recorrer el mundo para elaborar juntas un catálogo universal de referencia. Durante años clasificaron cada acción como decente o indecente, y la humanidad descansó confiada en sus dictámenes. Pero un día, unas fotos mostraron a la decencia tomando el sol desnuda. Se armó el escándalo. Sacerdotes de múltiples religiones, y predicadores y quienes acostumbran a erigirse en gestores de la moral colectiva, se rasgaron las vestiduras. La indecencia, paradójicamente, fue la única en defender a la decencia: “Tomar el sol desnudo no tiene nada de malo”. Pero… nadie la tomó en serio.

La opinión pública se fragmentó en millones de criterios imposibles de catalogar. Nada era ya bueno o malo, solo relativo. Y todo volvió a ser como siempre: el caos moral bajo el disfraz del progreso.

Esta fábula muestra la trampa de nuestro tiempo: buscamos códigos universales, pero terminamos ahogados en relativismos que justifican cualquier cosa, menos la crítica a lo “consagrado” por el nuevo catecismo de lo correcto.

La mujer del César y la falsa decencia

“La mujer del César, además de serlo, debe parecer decente”. La frase condensa una verdad incómoda: la decencia no es solo virtud, sino apariencia. En tiempos pasados bastaba con cumplir los cánones católicos y sociales para ser considerado decente, aunque en privado se fuese un perfecto sinvergüenza.

Hoy, en cambio, hemos perdido incluso las palabras para ensalzar la bondad, la empatía o la fraternidad. Lo decente ya no es vivir virtuosamente, sino parecer tolerante según el canon posmoderno. Y aquí radica la perversión: cuanto más hablamos de diversidad, progreso e inclusión, más se expande la barbarie indecente en la vida pública y privada.

El hombre involucionado: barbarie y deshumanización

La Historia enseña que para que los grandes horrores sean posibles, no basta la orden de un tirano. Hace falta una cadena de indecencias compartidas: los que transmiten órdenes, los que fabrican armas, los que las transportan, los que las lanzan sobre civiles y los que callan y miran hacia otro lado.

El hombre actual no solo iguala al animal en su violencia, sino que lo supera en crueldad: es capaz de imaginar formas de tortura que ninguna bestia concebiría. Y lo hace mientras cena, reza o ve fútbol, anestesiado en una cultura que ha normalizado la barbarie.

El nuevo barbarismo se potencia con las redes sociales y el “dios móvil”, que ha multiplicado tanto a los fanáticos como a los indolentes. Hemos perdido la capacidad de espantarnos ante el horror. Y cuando la empatía muere, regresa la barbarie.

El mapa oculto de los genocidios contra cristianos

La indecencia global alcanza su clímax en la indignación selectiva. Gaza ocupa titulares, pero genocidios contra cristianos en África y Asia apenas existen en la narrativa mediática:

  • Nigeria: epicentro del genocidio silencioso. Miles de asesinados cada año por Boko Haram y fulani; aldeas arrasadas, iglesias incendiadas.
  • Mozambique: la provincia de Cabo Delgado, con decapitaciones públicas y más de un millón de desplazados desde 2017.
  • Pakistán: la ley antiblasfemia como instrumento de persecución, linchamientos, secuestros y conversiones forzadas.
  • India: pogromos contra cristianos en Orissa y Manipur, persecución bajo el nacionalismo hindú de Modi.
  • Sudán y Eritrea: décadas de exterminio, cárceles secretas para cristianos.
  • China: control digital, cierre de templos, campos de reeducación.
  • Oriente Medio: Siria e Irak, donde el cristianismo fue casi erradicado en zonas del ISIS.
  • Corea del Norte: ser cristiano equivale a tortura o ejecución.

Este mapa global de la persecución muestra que estamos ante un genocidio prolongado y sistemático. Sin embargo, Europa calla, EE. UU. calla, la ONU calla. ¿Por qué? Porque estos muertos no encajan en el discurso, en el relato oficial.

Filosofía de la «indecencia democrática»

He aquí algunos filósofos contemporáneos que ofrecen claves:

  • Avishai Margalit: una sociedad indecente es la que humilla y condena al olvido. Exactamente lo que se hace con los cristianos perseguidos.
  • Václav Havel: lo que mantiene estos sistemas es la mentira compartida: todos saben, pero nadie lo dice.
  • Hans-Hermann Hoppe: la democracia, obsesionada con el corto plazo, ignora problemas sin rentabilidad electoral.
  • Gustavo Bueno: la “democracia homologada” convierte en tabú lo que no encaja en su relato.

La democracia actual no solo es incapaz de proteger a los perseguidos: es indecente porque decide a quién dar voz y a quién enterrar en silencio.

Conclusión: indecencia global, responsabilidad local.

El mundo de hoy se define por una paradoja mortal:

  • Se condena con furia la indecencia privada —un tuit mal visto, una palabra “incorrecta”—.
  • Se tolera con silencio la indecencia pública —guerras, genocidios, persecuciones sistemáticas—.

Así, la indecencia se convierte en regla de la democracia global: lo que importa no es la verdad ni la justicia, sino la conveniencia política del relato.

Y, sin embargo, Aristóteles vuelve a interpelarnos: cuanto más nos inclinamos a los placeres y la licencia, más necesitamos de la decencia para no caer en la barbarie. La pregunta es si nuestra época, cegada por el relativismo y la hipocresía, todavía puede recuperar esa virtud huidiza y escurridiza que es la decencia.

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