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El extenso mosaico de países iberoamericanos se erigió en otros tiempos como las sociedades más prósperas y ricas del orbe.
Sin embargo, el mundo protestante anglosajón siempre tuvo en su punto de mira a ese universo hispano, al que envidiaba y por quien suspiraba engullir. Sintiéndose superiores e incapaces de concebir al diferente con la misma dignidad de la que ellos presumen, se han valido siempre de las tretas más diabólicas y retorcidas y del descaro más perverso y envenenado. Ante la imposibilidad de conseguir antaño sus objetivos por la fuerza bélica, aquella grandiosa comunidad hispana fue aguijoneada con el veneno del liberalismo masón. Y así, aparecieron los libertadores abducidos por esos liberales anglo y por los ilustrados revolucionarios de la guillotina.
Fue a partir de entonces cuando Iberoamérica empezó a hundirse en el fango de la miseria, en la humillación de no poder hacer frente a las inmensas deudas, y en la vileza de los regímenes autoritarios sustentados por perversas ideologías. Donald Trump no ha hecho en Venezuela nada más que lo que siempre han hecho los de su estirpe anglosajona. Lo llamativo es que esta injerencia ha calado en los habitantes hispanos hasta la médula de su propia mentalidad, cegando así la lucidez de su entendimiento.
La subordinación a lo estadounidense no sólo es institucional, también es personal. Da lo mismo si se es progresista o conservador, de derechas o de izquierdas. Da igual que se quejen del imperialismo americano o de las bravuconadas de Trump. Estos hispanos sobreviven fascinados por el anhelo de poder llegar a ser como los del norte: hablar inglés, ganar muchos dólares y gastarlos sin medida. Todo ello aderezado por un protestantismo permisivo con la vulneración de los pecados capitales.
El hombre blanco, protestante y anglosajón lo ha tenido siempre claro. El mundo hispano debía ser desintegrado y envenenado hasta sus entrañas para que nunca más pudiera hacerle sombra y prosperar. Nunca van a permitirnos que todos los que hablamos un mismo idioma, vivimos en territorios con innumerables recursos naturales y poseemos unos rasgos culturales generadores de cualidades personales extraordinarias seamos capaces de unir nuestros destinos como hacen los anglosajones, los rusos o los chinos. En Europa no se nos ha perdido nada, siempre han actuado en contra de España. Y siempre nos han despreciado hasta el paroxismo. Pero los hispanos, deberíamos renegar de nuestras élites, que nos hunden día tras día en el lodo de unas ideologías que nos destruyen y desgarran. Hispanoamérica se desvanece en la miseria y aquellos habitantes de vidas, antaño, acomodadas y opulentas se ven inmersos ahora en la ruina y la desesperanza.
