No ha acabado todavía de cantar el gallo y ya estamos merodeando por la cocina, esa cocina fría y desapacible como sala de tanatorio, y ya andamos enfrascados en la preparación meticulosa del café: elixir imprescindible, cotidiano, adrenalítico, preñado de vieja costumbre; tres gotitas de leche coronando el brebaje negro y glorioso, y las dos magdalenas, ni una más ni una menos, la misma silla, la misma esquinita, los mismos cuatro bostezos y el puntual rascado de cabeza. Y si un día, Dios no lo consienta, se acaba el café en el tarro o no quedan magdalenas en la bolsa… Ah, tragedia. Herir los senderos tibios de la costumbre es herejía mala, es violento drama, es encontrar tapados a cal y canto los extremos del túnel y no saber dónde diablos meterse uno.
Como empecinado animal de costumbres, como criatura terca que se aferra a sus hábitos manoseados, a sus ciegas rutinas ya deshilachadas por el uso, el ser humano vive y oscila entre la tentación tímida de abandonar el camino —tentación a la que sucumben cuatro pobres locos, ansiosos, en su locura, por descubrir mundos nuevos— y el seguimiento derecho y religioso del raíl, esa hendidura, ese surco enfangado por el que transitamos, sin sorpresas, desde que nos echan al mundo hasta que finalmente reventamos. Nos quejamos con frecuencia de esa monotonía plomiza en que vegetan nuestras vidas, abominamos de la reiterada costumbre, maldecimos el eterno horizonte gris que delimita el paisaje, protestamos por ese adormecimiento en que nos sume la rutina. Pero…, ay, amigo, arrojamos al aire de la tarde lamentos aún más fuertes y doloridos cuando una mano fatal, la del azar, la del contratiempo, nos arrebata esos pequeños y deliciosos gestos que dibuja la costumbre en el lienzo vivo de cada día. Paradoja gruesa, significativa: odiosa bruja es la costumbre cuando a ella nos resignamos, cuando ella nos ciñe; añorada y luciente princesa la costumbre cuando nos falta, cuando huérfanos de ella quedamos.
Sólidos y viejos hábitos a los que todos nos hemos hecho con el tiempo, engranajes mudos de la vida. Se hace cuesta arriba hoy violentar y echar a rodar por tierra esa misma rutina: nuestra tía Maruja, que tres cuartos de siglo se ha llamado así, la Maruja, entrañable eslabón de la familia, y que ahora quiera empeñarse, por un capricho tozudo, en que la llamen María Encarnación. Ah, eso no. Tarde, demasiado tarde. Que le impongan a uno, a buenas horas, por decreto infame y doméstico, sentarse a comer en la silla de la izquierda, la del rincón, la de la ventana… Antes dejarse morir de hambre que ceder a estos antojos estúpidos de recién casado.
El hábito labra la roca, da pulimento y dorado esplendor al espíritu, lima las aristas del corazón. Sin asentadas rutinas, sin costumbre a que sujetarse, el caos se propagaría como peste. Sería un andar a tientas, con la boca abierta, tropezando y cazando moscas. Ay, esa complacencia gustosa y salvadora en abrazar la vieja costumbre.
