Dicen que todo ciclo, por brillante que sea, llega a su fin. Pero los finales bien contados, aquellos que saben a homenaje y a celebración, son los que perduran. Eso es precisamente lo que ha logrado Mar de Frades con su última y resonante jugada: despedir su aclamada saga de ediciones limitadas con una botella que es, en sí misma, una obra de arte. Y para este final, no podía haber una cómplice mejor que la artista madrileña Ynés Suelves, una de las voces más personales y disruptivas de la escena creativa nacional.
Esta colaboración no es un simple gesto. Es el broche de oro a un proyecto que, durante más de diez años, ha tendido puentes entre el mundo del vino y el de la moda con una elegancia y una audacia poco comunes. Nombres como Pedro del Hierro, Lorenzo Caprile, Moisés Nieto o Ágatha Ruiz de la Prada han dejado su impronta en las botellas de este albariño gallego, transformando cada añada en una pieza de coleccionista. Ahora, con Ynés Suelves, el círculo se cierra por todo lo alto.
¿Qué tiene esta edición final que la hace tan especial?

Más allá de su belleza indiscutible, late en ella la esencia misma de Mar de Frades. La bodega, con sede en el corazón del Valle de Salnés, siempre ha mirado al océano Atlántico no solo como un elemento climático, sino como una fuente de inspiración profunda. Su identidad está moldeada por la brisa salina, la fuerza de las mareas y la luz plateada de la luna sobre las rías. Ynés Suelves ha sabido captar esa energía y volcarla en un diseño que narra una historia.
Una historia de mitología y misterio. Su diseño se inspira en la fuerza del océano y en la energía de la luna, evocando a las Nereidas, esas ninfas del mar de la mitología griega que representan el misterio, la fuerza serena y la belleza salvaje. Bajo el brillo de una luna plateada, la botella cobra vida. Es esa misma luna que mueve las mareas que acarician los viñedos de Mar de Frades, que agita las olas y custodia los secretos de las profundidades.
Al sostener la botella, entre tus manos, ocurre algo mágico. El icónico termómetro que cambia de color con la temperatura óptima de servicio se transforma aquí en una rosa que florece. No es un detalle casual. Es un símbolo potente de eternidad y de una conexión casi espiritual con la naturaleza oceánica que da vida a este vino. Es como si la botella te invitara a ser parte de su ritual, a descubrir el tesoro que guarda en su interior.

Y ese tesoro, claro está, es el vino. Un albariño atlántico que es la razón de ser de todo este proyecto. Mar de Frades fue fundada en 1987 y desde entonces su obsesión ha sido capturar la esencia del terroir gallego. Sus 66 hectáreas de viñedo en el Valle de Salnés y la Ribera del Ulla, junto con la uva albariño de más de 200 viticultores de la zona, son la materia prima con la que trabajan. El resultado son vinos frescos, vibrantes, con ese característico perfil de aromas minerales y notas salinas que hacen las delicias de los amantes del maridaje.
Hablar de Mar de Frades es hablar de una bodega que no se ha dormido en los laureles. Su búsqueda continua de la máxima expresión del albariño la ha llevado a ser un referente de innovación, pero también de sostenibilidad. De hecho, cuenta con el sello Wineries For Climate Protection (WFCP), un reconocimiento a su compromiso diario con el medio ambiente, una máxima que impregna cada paso de su elaboración.
Este proyecto de ediciones limitadas ha sido, en muchos sentidos, la extensión lógica de esa filosofía. Una manera de demostrar que el vino puede ser un lienzo, un medio para contar historias más allá del paladar. Cada colaboración ha sido una conversación entre dos mundos aparentemente distantes pero profundamente conectados a través de la estética y la emoción.
Con Ynés Suelves, esa conversación alcanza su punto más poético. Su universo creativo, tan singular y personal, se funde con la identidad de la bodega en una propuesta que trasciende lo material. Es un diseño que, como bien dicen desde Mar de Frades, «late entre el Atlántico y la imaginación, donde conviven la magia del mar y la poesía del arte».

Detrás de esta y todas las ediciones limitadas late la fuerza de Zamora Company, el grupo familiar que es la casa madre de Mar de Frades. Con un portfolio de marcas premium que incluye joyas como Licor 43 o Ramón Bilbao, Zamora Company ha sabido entender el valor de las marcas con personalidad. Su apuesta por el desarrollo sostenible a través de su plan de Empresa Consciente refleja una visión de negocio que va más allá de lo puramente comercial, algo que encaja a la perfección con la esencia de proyectos como este.
Ahora, con esta edición final, Mar de Frades no solo cierra un capítulo inolvidable. Mira también hacia el futuro. El ciclo de las ediciones limitadas llega a su fin, pero la conexión entre el Atlántico, la inspiración artística y la moda permanece viva en el ADN de la bodega. Queda la esencia: un albariño que sigue siendo fiel a su origen, a su tierra y a su mar.
Esta última botella es, por tanto, mucho más que un objeto bonito. Es un pedazo de historia reciente del vino español. Un testimonio de una época en la que una bodega gallega decidió que su albariño también podía vestirse de arte y pasarela. Y qué mejor manera de decir adiós que con un guiño a las ninfas del mar, bajo la luz de la luna que todo lo ve. Un final perfecto para una historia que, sin duda, seguiremos recordando.
Un brindis por los finales que saben a nuevo comienzo.
