1984 no es 2009, por J.C.Deus

La célebre novela de George Orwell sirve a la compañía californiana The Actors’ Gang para inaugurar el ciclo ‘Una mirada al mundo’ con el que el Centro Dramática Nacional se adelanta al próximo Festival de Otoño en lo que se refiere a la siempre bendita aportación internacional a nuestras tablas.

‘1984’ fue escrita tras la segunda guerra mundial como una advertencia ante el auge del totalitarismo comunista y la posibilidad de que terminara triunfando también en Occidente mediante fórmulas suavizadas formalmente. Era una novela de política ficción que preveía para cuando llegara ese año la existencia de un mundo dividido en tres bloques totalitarios en los que la población era sometida a un permanente lavado de cerebro que daría lugar a comienzos de nuestro siglo a la implantación de un nuevo lenguaje que produciría a mediados de este siglo nuevos mecanismos mentales que acabarían con toda ambigüedad, con todo subjetivismo y con toda disidencia para siempre.

Si todavía en el año 1984 su lectura fascinaba y su cumplimiento parecía factible (a pesar de que ya se había desmoronado el imperio soviético y en Occidente se imponía el modelo consumista, muy diferente a los presagios orwellianos), en 2009 choca frontalmente con la realidad y se convierte en una continua disgresión. Nada ha ocurrido como preveía. Todo es diferente. El paso del tiempo la ha convertido cruel y repentinamente en una pieza arqueológica, en un texto que puede colocarse al lado de El Príncipe de Maquiavelo, de El Manifiesto Comunista de Carlos Marx, del Meinf Kamp de Adolfo Hitler.

Pero Tim Robbins, el director artístico de este veterano proyecto teatral -pequeño, sólido, alternativo-, ha llevado a cabo el exótico encargo recibido de la universidad mormona estadounidense, como si no hubieran trascurrido las dos últimas décadas, su acelerada vorágine social, las todavía indigeribles transformaciones que se han producido a nivel individual y colectivo. La adaptación teatral que realizan es absolutamente fiel a la novela, un producto notarial de la mitad final de su contenido, apoyado en una escenografía mínima y una interpretación máxima, acertado en su sobriedad, en su altísimo nivel intelectual, en su huida de todo sensacionalismo, pero cuya premeditada ausencia de toda reflexión, actualización y análisis dialéctico del texto, pone en evidencia desde la primera escena que estamos ante un trabajo diacrónico, un platillo apetitoso pero congelado.

Lo que vemos en el escenario no tiene conexión, no tiene explicaciones, no tiene coincidencias, con lo que nos preocupa de nuestra sociedad. Puede justificar análisis y argumentos anticuados, quizás todavía mayoritarios, pero entra en colisión directa con cómo han evolucionado los acontecimientos últimamente. El modelo antiorwelliano se ha impuesto globalmente. El Sistema abandona las estructuras jerárquicas y el mundo se estructura en redes. La pluralidad inabarcable se extiende en vez de la uniformidad de pensamiento y comportamiento. La propaganda unlitateral ha dejado paso a la más fluida diversidad que nadie hubiera imaginado. A nadie se persigue por pensar, y mucho menos por soñar. La verdad oficial es continua y sistemáticamente puesta en duda por miles de supuestas verdades alternativas.

Y sin embargo, hay una hipercoherencia implantada sólidamente. Existen mil sospechas de que nuevos mecanismos de control han sustituido a los antiguos. Hay cien hipótesis, todas discutibles. Pero el discurso avanzado ha cambiado, el espíritu de los tiempos también. Y todo eso choca con este exquisito y fosilizado ‘1984’, una irreprochable adaptación, una meritoria dramaturgia, pero un enorme distanciamiento con lo que a un público ‘culto’ (en el sentido real del término) puede estimular y alimentar espiritualmente. ‘Quién controla el presente, controla el pasado; quién controla el pasado, controla el futuro’: la frase que más se repite en la obra siempre fue una entelequia, aunque tantos ayer y hoy se empeñen en ella.

Un experimento, pues, fallido en la medida que ortodoxo. Un desajuste de un par de décadas. Que se hace por tanto trabajoso de asimilar, fatigoso de seguir a lo largo de sus dos horas de duración, e imposible de emocionar a pesar de un estupendo trabajo individual y grupal de los componentes de esta excelente ‘pandilla de actores’, entre los que destacaría a losmenos protagonistas, Porter y Foster encarnando a los personajes secundarios Winston y Parsons, estos actores maduros anglosajones de los dos lados del charco que marcan la superioridad de su teatro. Ello, y la pervivencia de proyectos como éste durante casi tres décadas. Su presencia en Madrid es de agradecer aunque su 1984 no impacte a las alturas de 2009.


1 9 8 4
de George Orwell
Dirección de Tim Robbins
The Actorsʹ Gang de Los Ángeles (EE UU)
TEATRO MARÍA GUERRERO
24‐27 de septiembre de 2009
Jueves a sábado a las 20.30 horas
Domingo a las 19.30 horas

Intérpretes
Winston – Cameron Dye
O’ Brien – Keythe Farley
Primer Asistente a la fiesta, Winston – Nathan Kornelis
Segundo Asistente a la fiesta, Julia – Kaili Hollister
Tercer Asistente a la fiesta, Syme – V. J. Foster
Cuarto Asistente a la fiesta, Parson – Steven M. Porter

Adaptación
Michael Gene Sullivan
Escenografía
Richard Hoover y Sibyl Wickersheimer
Vestuario
Allison Leach
Iluminación
Bosco Flanagan

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Autor

José Catalán Deus

Editor de Guía Cultural de Periodista Digital, donde publica habitualmente sus críticas de arte, ópera, danza y teatro.

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