La imagen del humo cubriendo los cielos de Orense o Zamora ya no sorprende a nadie, pero este 2025 la devastación ha superado todos los registros recientes. Menos incendios, pero más voraces. Así puede resumirse el balance provisional de una temporada que pasará a la historia como la más negra en décadas para los bosques españoles.
Un verano de récord… negativo
A día de hoy, 22 de agosto de 2025, España ha visto cómo más de 360.000 hectáreas han sucumbido a las llamas. Si se atiende a las estimaciones más actualizadas del sistema europeo EFFIS y el programa Copernicus, la cifra incluso se acerca a las 400.000 hectáreas, el mayor desastre forestal desde los años 80 y 90, cuando se alcanzaron récords históricos. La paradoja es que, según los datos oficiales, el número de incendios activos se ha reducido a 18 en todo el país, una cifra sensiblemente menor que en otras temporadas.
Este año la naturaleza ha jugado a la ruleta rusa con los bosques: hasta principios de agosto, el 2025 no pintaba especialmente dramático. Pero una ola de calor sin precedentes, con temperaturas sostenidas por encima de los 40 grados en zonas del noroeste, ha convertido en pasto de las llamas a los montes de Galicia, Castilla y León y Extremadura. Las altas temperaturas y la sequía han sido el cóctel perfecto para que los incendios, aunque menos numerosos, adquieran dimensiones de auténticos megaincendios.
El mapa de la catástrofe: Ourense, Zamora y León, en el epicentro
Si algo distingue este 2025 es la concentración del desastre en el noroeste peninsular. Tres provincias —Ourense, Zamora y León— concentran hasta tres de cada cuatro hectáreas calcinadas este año. Solo en Ourense, más de 150.000 hectáreas han desaparecido bajo las llamas en agosto, mientras que los fuegos de Zamora-León y el de A Rúa superan las 40.000 hectáreas cada uno, apuntando a ser de los mayores de la historia reciente.
Este fenómeno no es casualidad: el abandono rural, la falta de gestión forestal y una meteorología cada vez más extrema explican por qué los incendios son ahora menos, pero mucho más devastadores. El auge de los denominados grandes incendios forestales (más de 500 hectáreas) es ya una tendencia consolidada.
Política y gestión: promesas, reproches y un futuro incierto
La política no ha tardado en saltar a la palestra. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha visitado las zonas afectadas y anunciado un refuerzo en los fondos para prevención y extinción, mientras que la ministra de Defensa, Margarita Robles, ha destacado la labor de la Unidad Militar de Emergencias, desplegada con más de 3.400 efectivos y el apoyo de la Armada. Sin embargo, la sensación general es que las medidas llegan tarde y que las autonomías, responsables de la gestión forestal, carecen de medios suficientes y coordinación.
El debate parlamentario se calienta. Desde la oposición, se señala la ausencia de una estrategia nacional eficaz, la falta de limpieza de montes y la lentitud en la declaración de zonas catastróficas. Algunas comunidades autónomas reclaman más competencias y recursos, mientras que el Gobierno central insiste en la necesidad de planes conjuntos y una mayor implicación de la UE.
Consecuencias: mucho más que cenizas
El impacto de esta ola de incendios va más allá del desastre medioambiental. Este verano ya se cuentan cuatro víctimas mortales y miles de evacuados. Los daños a la biodiversidad, la economía local (con pérdidas millonarias en agricultura y turismo) y la salud pública —por la contaminación del aire— son incalculables a corto plazo. Los expertos advierten que la recuperación de muchas zonas calcinadas podría tardar décadas.
La meteorología, por fortuna, parece dar ahora un respiro: la bajada de temperaturas y algún episodio de lluvias han ayudado a estabilizar la mayoría de los focos, permitiendo que los incendios activos se reduzcan drásticamente respecto a hace una semana. Pero el miedo a nuevos rebrotes persiste mientras no cambie el modelo de gestión forestal.