El papa Francisco recibió la semana pasada el premio Carlomagno en la ciudad alemana que asentó su corte, Aquisgrán, haciendo un llamamiento a Europa para que como señal del cristianismo de aquél emperador acoja a los refugiados e inmigrantes de todo el mundo, en especial de zonas de guerra,.
Con motivo del premio los presidentes de la Comisión y del Parlamento europeos, Jean-Claude Junker y Martin Szhulz, publicaban en numerosos periódicos continentales un artículo que llamaba a una mayor unión de los europeos para ampliar sus valores, su democracia y el bienestar de los ciudadanos.
Refiriéndose a Bergoglio resaltaban que “quizá hagan falta los ojos de un argentino que contemple desde el exterior lo que intrínsecamente nos une a los europeos para recordarnos nuestros puntos fuertes”.
“Merece la pena que permanezcamos unidos: está en juego nuestro modelo social, basado en la democracia, el Estado de derecho, la solidaridad y los derechos humanos”.
Advertían sobre algo que ya fue una obsesión de Carlomagno, en el siglo VIII, y precursor del Sacro Imperio Romano Germánico, la cohesión y seguridad de los pueblos que conquistaba y tutelaba…
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