Benfica 4 - Real Madrid 2

El «efecto Arbeloa» duró lo que duran dos peces de hielo en un güisqui on the rocks…

Parafraseando al gran Joaquín Sabina, el titular no deja lugar a dudas: el Real Madrid naufragó en Lisboa, en una noche de tormenta y lluvia de goles

El «efecto Arbeloa» duró lo que duran dos peces de hielo en un güisqui on the rocks...
Arbeloa PD.

La noche cayó sobre Lisboa con lluvia y con simbolismo. En el mismo estadio donde el Real Madrid coronó su décima Copa de Europa, el equipo de Arbeloa se empapó de sus viejos fantasmas. Del fulgor inicial, de ese gol prematuro de Mbappé y de cinco minutos de gobierno blanco, no quedó nada. El Benfica de Mourinho —ordenado, fiero, pragmático— se convirtió Da Luz en un campo minado y el Madrid, sin respuestas, volvió a ser ese equipo blando que pierde cada duelo y cada certidumbre.

El inicio tuvo vértigo. Prestianni y Pavlidis zarandearon la defensa blanca, Courtois evitó un par de goles imposibles y Massa, el árbitro, anuló un penalti con el VAR que subió a Mourinho en la banda. El Madrid, que se asfixiaba sin balón, golpeó en su primera ocasión real: centro de Asencio y cabezazo poderoso de Mbappé. Pero aquel espejismo resistió un suspiro. En la siguiente contra, Pavlidis dibujó un centro impecable que Schjelderup remató a placer. Era el principio del derrumbe.

Justo antes del descanso, Otamendi tiró de oficio, forzó un penalti ingenuo de Tchouaméni y Pavlidis puso el 2-1. Arbeloa no movió ficha en la pausa, confiado en una reacción que no llegó. Vinicius rozó el empate, pero el Benfica, inyectado de orgullo, volvió a acelerar. Schjelderup compuso el tercero con un disparo seco al palo corto y subió un Da Luz en combustión.

Solo Mbappé sostuvo la dignidad merengue con otro gol —su segundo de la noche— a pase de Arda Güler. Pero era demasiado tarde. Mourinho había construido una muralla de disciplina y colmillo, un equipo a su imagen: competitivo, incómodo, inquebrantable.

La recta final fue un coro de frustraciones blancas: dos expulsiones (Asencio y Rodrygo) y, como rúbrica cruel, el gol del portero Trubin en el 98′, de cabeza, en la misma portería donde Sergio Ramos tocó el cielo en 2014. El destino, dicen, tiene ironías que solo el fútbol entiende.

En Da Luz, la gloria cambió de dueño. Mourinho volvió a sonreír; Arbeloa, su alumno, se fue con la lección más dura: en Europa, el mérito no se finge.

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Autor

Paul Monzón

Redactor de viajes de Periodista Digital desde sus orígenes. Actual editor del suplemento Travellers.

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