Desde el Exilio

Miguel Font Rosell

Dignificar el calendario

Miguel Font Rosell

Hace unos días, la mayor parte de los medios se hacían eco de una noticia tratada en general de forma un tanto superficial, y como un enfrentamiento entre laicos y católicos, al declarar la alcaldesa de Barcelona, que este año en su ciudad, iban a impulsar la celebración del solsticio de invierno coincidiendo con la Navidad (en realidad coincide mas acertadamente con el día de la lotería nacional, hoy en día quizá la única salida que le queda a la maltrecha economía de su autonomía). Si somos capaces de abstraernos de costumbres, tradiciones y querencias, el asunto tiene la suficiente enjundia como para un interesante debate.

El calendario es un instrumento que regula el transcurrir de los años, sus meses, semanas y demás efemérides de orden astronómico, en base a la duración del transcurso de la Tierra alrededor del sol. En occidente, rige nuestro calendario, el llamado Gregoriano, introducido por el papa Gregorio XIII, que sustituyó en 1582 al Juliano instaurado por Julio Cesar en 46 a.C. La reforma nace de llevar a la práctica uno de los acuerdos del Concilio de Trento relacionado con el momento en el que debería celebrarse la Pascua y demás festividades religiosas, una solemne chapuza científica, de un calibre que, a estas alturas, deberíamos modificar a efectos de aproximarlo, con mucha mas precisión lógica, a su propio origen de instrumento de regulación astronómica.

La Tierra, en su eclíptica alrededor del Sol, pasa por cuatro momentos de singular importancia para nosotros, los solsticios y los equinoccios, momentos en los que nos distanciamos mas o menos de nuestra estrella, con las consecuencias, de todo tipo, que ello supone para todos. La propia Tierra, en su giro interno nos proporciona el día y la noche en un periodo de 24 horas. La luna, por otra parte, en ese transcurso anual de su planeta, gira 13 veces alrededor de la Tierra, dándonos en cada giro otras cuatro fases de singular importancia para cuestiones astronómicas de menor calado, como pueden ser las mareas y en general todo lo que depende de una mayor o menor atracción, pero en definitiva hechos importantes al fin.

El problema de cambiar el calendario a día de hoy, es el de su universalidad, el consenso que exigiría y la adecuación que requeriría en todo tipo de instrumentos ajustados a nuestro actual calendario, aunque ya a corto, y sobre todo a medio y largo plazo, los beneficios serían mucho mayores, desvinculando además al calendario, como instrumento astronómico, de connotaciones absolutamente ajenas a su cometido.

En ese orden de cosas, me permito proponer un calendario, infinitamente mas sencillo, lógico, e identificable ante cualquier circunstancia.

Hemos de partir del dato de que la eclíptica tiene una duración aproximada de 365 días y cerca de un cuarto, que en ese periodo de tiempo la luna gira alrededor de la Tierra 13 veces, y que cada periodo de giro dura aproximadamente 28 días.

Si dividiéramos el año en 13 meses (con anterioridad al 700 a.C. eran únicamente 10), uno por cada luna, cada mes tendría una duración de 28 días, o cuatro semanas exactas, lo que haría un total de 364 días a los que añadir uno más a final de año, para completar los 365 y otro en el medio del año en los años bisiestos, para los 366. A esos días, que serían festivos (fin de año y medio año), a efectos de evitar alteraciones, no les correspondería señalamiento de día de la semana (al ser festivos no lo necesitan).

Así las cosas, el arranque se produciría, en el momento del cambio, trasladando la fecha actual del solsticio de invierno, 21 ó 22 de diciembre, al 1º de enero (con el cambio del juliano también se perdieron 10 días), fecha en la que se iniciaría el año con el ciclo solar en el que la Tierra está más próxima al Sol, pero con una incidencia angular bastante abierta a causa de la longitud de la noche y de la menor potencia de los rayos solares sobre la Tierra, momento en el que los días empiezan a crecer.

El primero de mes sería siempre un lunes y el último un domingo. Todos los meses tendían 28 días salvo las excepciones señaladas. El solsticio de invierno, como se ha expuesto, tendría lugar el lunes 1º de enero. El equinoccio de primavera tendría lugar el lunes 8 de abril, el solsticio de verano, la mitad del año, el lunes 15 del nuevo mes, el equinoccio de otoño el lunes 22 de septiembre y de nuevo el solsticio de invierno el lunes 1º de enero, con lo que el calendario sería igual para todos los años (salvo la excepción de los bisiestos) y cualquier fecha perfectamente identificable en cuanto a día de la semana, fase de la luna y posición solar.

A efectos laborales, actualmente contamos con 52 fines de semana, lo que suponen 104 días festivos que se mantendrían, coincidiendo invariablemente con los días 6 y 7 en la primera semana, 13 y 14 en la segunda, 20 y 21 en la tercera y, siempre además, con los dos últimos días de mes, días 27 y 28, a los que habría que añadir los 12 que en España componen el calendario laboral de festivos, que serían los siguientes: los 4 lunes señalados (solsticios y equinoccios), fin de año (día añadido sin señalamiento semanal, tras el domingo 28 de diciembre), 4 festivos de señalamiento nacional (uno en cada fase solar), 2 de señalamiento autonómico (uno en cada mitad de año) y 1 de señalamiento local, al que añadir en los años bisiestos, el del medio año, como día sin señalamiento semanal, tras el lunes 15 del solsticio de verano del nuevo mes. El principal periodo vacacional tendría lugar a lo largo del nuevo mes, alrededor del solsticio de verano, cuando los días son mas largos, coincidentes con la actual segunda quincena de junio y primera de julio. La coincidencia en lunes de solsticios y equinoccios haría que durante cuatro veces al año se dispusiese de tres festivos seguidos y cuatro precisamente en fin de año.

Se trataría pues de un auténtico calendario astronómico, sin mas connotaciones que las propias que corresponden a un calendario, con la libertad tanto para el gobierno de la nación, como para los autonómicos y locales, de introducir los festivos que les corresponden, ya sean de orden religioso, deportivo, lúdico, comercial, o de cualquier otra índole en función de la demanda ciudadana al respecto, siendo evidente que si alguna festividad tradicional supone para el ciudadano algo digno de tener en cuenta, como puede ser la semana santa en determinadas autonomías o localidades, la navidad, carnaval, o cualquier otro evento a considerar, tendrían cabida en el calendario dentro de las festividades discrecionales con que contarían para su determinación los correspondientes gobiernos.

El que vivamos en un estado laico, no quiere decir que no se celebran festividades religiosas si ello supone el sentir de una amplia mayoría (laico y democrático), pero lo que tampoco puede ser, a estas alturas, es el seguir contando con un calendario absurdo como instrumento astronómico, al servicio de una concreta religión, por mucho protagonismo e imposición de la que haya dispuesto en tiempos pasados, religión por otra parte, a la que nadie le niega su capacidad interna de llevar a cabo en sus iglesias, todas las celebraciones que pretendan y que sus seguidores estén dispuestos a sostener.

No creo por tanto que la “ocurrencia” de la alcaldesa de Barcelona haya que tomarla como tal, sino profundizar en ello, pues quizá lo que le faltó a su propuesta fue el venir apoyada en un estudio mas serio sobre el particular y el no haber contrastado la voluntad popular al respecto (vicio demasiado extendido, por todos, a la hora de ocupar poder).

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Miguel Font Rosell

Licenciado en derecho, arquitecto técnico, marino mercante, agente de la propiedad inmobiliaria.

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