Releyendo la controvertida historia de los Medeci, me encuentro de nuevo con la famosa frase del indeseable Papa León X en su carta al cardenal Bembo: “La historia nos enseña lo rentable que ha sido aquella fábula de Cristo”.
Fábula o no, no estaba errado el canalla Giovanni di Lorenzo de Medeci, ya cardenal a los 13 años, autor de las mayores tropelías y causante del nacimiento del protestantismo como reacción a sus constantes atropellos, al asegurar lo de la rentabilidad de la Institución.
Basada en la figura de Jesús, su mensaje poco tiene que ver con el ejemplo que la Institución ha dado siempre de si misma a sus “ovejas”, ni en sus orígenes ni en su trayectoria. De entrada, de la figura de Jesús nada se sabe históricamente a ciencia cierta, aunque la mayoría de los historiadores, aun con notables excepciones, coinciden en señalar como mas probable su existencia. Ni dejó nada escrito, ni existen sobre su figura datos históricos que prueben su existencia, ya que el único historiador del pueblo judío de entonces, Flavio Josefo, solo hace una breve referencia a su persona como hermano de Santiago el Justo, el primer responsable de la secta en Jerusalén, curiosamente ignorado por la Iglesia oficial en su empecinamiento en la virginidad perpetua de María.
No obstante lo anterior, sobre la figura de Jesús se ha escrito a lo largo de la historia quizá más que sobre ningún otro personaje. El llamado Nuevo Testamento contiene toda la literatura admitida como canónica por la Iglesia oficial (un par de siglos después de producirse), en 27 textos, así los cuatro evangelios, los Hechos de los Apóstoles, el Apocalipsis y el resto distintas epístolas, la mayoría de San Pablo. Fuera de la cobertura canónica, no obstante, existen toda una serie de evangelios llamados apócrifos, cartas, textos varios y documentos históricos de la época que pueden conformar entre todos un mayor conocimiento en general y sobre la figura de Jesús en particular, algunos de mayor credibilidad histórica que los textos canónicos que, generalmente, contienen incluso importantes contradicciones entre ellos.
Por lo que sabemos y suponiendo la existencia histórica de Jesús, este fue un judío, de cuya religión no solo no renegó nunca a lo largo de su vida, sino que su mensaje iba dirigido únicamente a los judíos, a quienes pretendía reconducir ante la inminencia del fin del mundo que anunciaba. Nunca pretendió ir más allá del ámbito de su gente, ni fundar religión alguna, ni por supuesto proclamarse Dios, pues como para todo judío, Yahvé era su único Dios.
Por otra parte, la Palestina de entonces, que hasta hacía poco tiempo se había organizado como una teocracia comandada por sucesores de David, había sido invadida y gobernada por los romanos, quienes a parte de gobernarles, les cobraban impuestos, algo condenado por la propia religión judaica. En esas circunstancias, el pueblo judío estaba a la espera de un libertador, de un mesías que recuperase Palestina para su pueblo, mientras culturalmente la zona se hallaba influenciada, en sus élites, por la cultura griega, de quien habían heredado incluso ciertas prácticas religiosas de éxito parcial entre la población. Así las cosas, abundaban tanto en Judea como en Galilea, los supuestos mesías que iban a liberar a su pueblo del yugo romano, destacando de entre los patriotas más extremos, los llamados zelotes o celosos de la puridad del pueblo judío, no solo ante los romanos, sino también ante saduceos y fariseos principalmente.
Jesús era uno de esos mesías entre cuyos seguidores abundaban también al parecer los zelotes, y aquí volvemos a la polémica paulatinamente más viva entre los investigadores modernos, cada vez con más abundancia de datos históricos para llegar a una aproximación real a la figura de Jesús. Desde quienes más próximos a los criterios canónicos consideran que la liberación que ofrecía Jesús era más bien de tipo personal, lo que finalmente habría decepcionado a parte de sus seguidores, a los que abiertamente suponen que la pretensión era la de comandar al pueblo judío hacia su liberación y el restablecimiento de la corona de la estirpe de David en su persona, lo que sin duda iba en contra de quienes como los fariseos y saduceos se habían colocado en lugares políticos y económicos preferentes con el dominio romano, e incluso contra estos mismos, causa de su condena. Lo que si parece común en ambos criterios de investigación es el admitir que Jesús fracasó en sus dos posibles caminos, y solo la intervención posterior de Pablo y sus seguidores, creando la nueva religión como un cisma del judaísmo, aun a costa de darle la vuelta al mensaje primigenio, y reconvertir su fracaso, admitido por Jesús mismo en la cruz, en un triunfo basado en hipotéticas e imaginativas salvaciones universales mezclando liberaciones de pecado original y algún otro ingrediente milagroso-salvífico, elevó su figura a un protagonismo que sin su intervención, sin duda se habría perdido.
Pablo, de quien también se ha escrito de todo, era otro personaje enormemente controvertido, con una historia personal de amor y odio hacia los judíos y hacia los primeros judeo-cristianos, a los que no solo perseguía, sino que incluso llegó a colaborar directamente en la lapidación de San Esteban, sostenía discrepancias frecuentes con Pedro y con Santiago el Justo, etc. Físicamente con cierto grado de deformidad, sufría al parecer, crisis epilépticas, de esquizofrenia y estaba enfermo de sífilis (bastante común en la época), siendo con frecuencia presa de visiones y audiciones de mensajes supuestamente divinos (característico de las enfermedades que sufría) que le hacían tomar decisiones mesiánicas que le llevarían finalmente a la formación, a partir de la figura de Jesús, a quien no conoció, de una nueva religión partiendo del judaísmo, el orfismo, las enseñanzas del propio Jesús y otras de su propia cosecha, extendiendo su mensaje a los gentiles y universalizando la nueva religión conocida ya como cristianismo, cuyos primeros textos, con anterioridad a los evangelios, son de su propia cosecha, sus famosas epístolas.
En cuanto a los cuatro evangelios canónicos, tampoco se conoce a ciencia cierta su autoría, aunque la Iglesia oficial les haya asignado autores con mayor o menor acierto (Marcos, Mateo, Lucas y Juan), pues incluso el Concilio Vaticano II admite el desconocimiento fehaciente de tales autorías.
De la época en que fueron escritos, cada vez vamos aproximándonos algo más, aun cuando no se sepa tampoco la fecha exacta de su autoría. Al parecer el primer evangelio escrito data de algo antes del año 50 y se trata del apócrifo de Tomás. Ya en cuanto a los canónicos, el primero es el de Marcos, de alrededor de los años 60, seguido del de Mateo, entre el 60 y 70, el de Lucas entre el 70 y 80 y finalmente el de Juan escrito a partir del 95 poco más o menos. Todos ellos, sobre todo los tres primeros, parecen inspirarse en una misma fuente escrita en arameo, conocida como “la fuente Q”, así como de una difundida tradición oral.
Lo que si es evidente es que si los primeros textos son de Pablo (epístolas), el primer evangelio es de clara influencia paulina, los dos siguientes se inspiran en gran parte en el primero, y aunque el último tenga muy poco que ver con los anteriores, la influencia de Pablo en la transmisión de “su” religión, a la carta, es más que evidente. Veamos pues quienes son estos supuestos autores de los evangelios canónicos.
Marcos: Escrito alrededor del año 65 en griego por Juan, de sobrenombre Marcos, un judío de Jerusalén, obispo de la iglesia de Alejandría, hijo de una viuda seguidora de Jesús y dueña del huerto de Getsemaní, también supuesto hijo de Pedro, de quien parece inspirarse y transcribir sus recuerdos, aunque no conoció a Jesús. Acompaña a Pablo en su primer viaje y dirige su mensaje sobre todo a los romanos más que a los judeo-cristianos. En contra de su autoría está el desconocimiento geográfico de Palestina, de algunas costumbres judías y de que algunos fragmentos evidencian claramente, según expertos independientes, distinta autoría de la que inspira la mayor parte del texto.
Mateo: Escrito alrededor del año 80 con gran probabilidad por un seguidor suyo, se inspira tanto en Marcos como en la mencionada fuente Q. Mateo fue un discípulo de Jesús, de Cafarnaún, de profesión recaudador de impuestos para el Imperio, lo que no le granjeaba demasiadas simpatías. Está escrito en arameo y destinado principalmente a los conversos de Palestina.
Lucas: Escrito poco después del de Mateo, se inspira también en Marcos, en la fuente Q y en María la madre de Jesús a quien, al parecer, conoció personalmente. Es el mejor escrito de los tres. Su adjudicado autor (no judío) es un médico pagano de Antioquia (Siria) seguidor y compañero de Pablo. Está escrito en griego, siendo Lucas además el autor de los Hechos de los Apóstoles.
Juan: Se trata de un evangelio distinto a todos los demás, escrito a partir del año 95 y de cuya autoría más cabe dudar. Juan (el discípulo amado), el llamado hijo del trueno, muy cercano a Pedro, es galileo, al parecer sobrino de María y por tanto primo de Jesús. Se estableció finalmente en Éfeso (actual Turquía) y escribió tanto el evangelio como el Apocalipsis, ambos supuestamente en su ancianidad.
Volviendo a la frase de León X sobre la supuesta fábula, si parece tener cierta razón cuando la Iglesia oficial, en lugar de profundizar y estudiar las contradicciones entre los textos, se limita a hacer una selección de los párrafos que más se ajustan a su canon y montar la historia con retales de unos y otros, obviando todo tipo de contradicciones.
Veamos como tratan los cuatro, algo tan fundamental para la propia Iglesia como es la supuesta virginidad de María.
*Marcos no dice absolutamente nada.
*Mateo dice lo siguiente:
“Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.
Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados».
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el profeta: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Enmanuel, que traducido significa: “Dios con nosotros”.
Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa y sin que hubieran hecho vida en común, ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús.
*Lucas dice lo siguiente:
En el sexto mes, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.
El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.
Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido.
Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús;
él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin.
María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?”. El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será santo y será llamado Hijo de Dios.
También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios”. María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho». Y el Ángel se alejó.
*Juan no dice absolutamente nada.
Ni Marcos, el primer evangelista, ni Juan, el último y a su vez se supone que el más relacionado con María, tratan de algo tan, al parecer, fundamental para la Iglesia como es y ha sido la supuesta virginidad de María, declarada incluso posteriormente como perpetua.
Mateo, centra todo el relato en José, de quien niega la paternidad y a quien ¡un ángel! informa ¡en sueños! sobre el particular. ¿Se lo contó José a Mateo cuando es imposible que se hubieran conocido pues José falleció con anterioridad a la colaboración de Mateo con Jesús?, Por otra parte, al hijo debían ponerle de nombre Enmanuel (según la profecía) y finalmente le pusieron Jesús (según ordenó el ángel), una contradicción evidente tratada de justificar por parte de los católicos, con argumentos ridículos y enmarañados de lo más pintoresco.
En cuanto a Lucas, el relato lo centra en María, a quien se le aparece un ¡ángel!. A María no le sorprende la aparición de un ángel, sino el saludo (¿). Ya que allí parece que no había nadie más, ¿Se lo contó María a Lucas? ¿Por qué no le contó María la historia a José con anterioridad y evitar así tantas dudas por parte del pobre José?.
Por otra parte, la palabra semita traducida como virgen, en ambos textos, era “almah” que no significa virgen, sino mujer joven.
Conviene recordar que estar comprometida y desposada era lo mismo y que esa situación duraba generalmente de medio año a un año en el que la pareja vivía separada, sin relación hasta su futura boda, aunque a los efectos eran ya considerados como esposos.
De todas formas, lo más censurable parece el párrafo en el que se cita: “Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el profeta”. Una narración absolutamente increíble, sacrificando además con ella la propia paternidad de José y la sospecha sobre María, que no había necesidad alguna de ponerlas en duda, y que en nada afectaban ni deslucían el mensaje de Jesús, para salvar la “virtud” de una virginidad absolutamente innecesaria, fruto de otra profecía bíblica de una religión de la que cuando se escribieron los evangelios, el cristianismo ya se había separado, aunque admitiera también como texto propio el Pentateuco con sus innumerables profecías, la mayoría absolutamente fallidas. Por otra parte, María tendría posteriormente de José más hijos e hijas, entre los que tuvo un enorme protagonismo, silenciado por la iglesia, Santiago el Justo, el segundo hermano de Jesús quien habría de ser el primer obispo de Jerusalén.
Es decir: de los cuatro evangelistas, sobre un asunto tan, al parecer, trascendental para la Iglesia como es la virginidad de María, una supuesta virtud de origen vergonzosamente machista que hoy carece de importancia alguna, dos de ellos ni la tratan y los otros dos, con versiones distintas absolutamente increíbles ambas, traducen mujer joven por virgen.
Sinceramente, yo no se si estamos o no ante una fábula como apuntó el Papa León X, pero creo que ya va siendo hora de que la Iglesia católica, considerando que, increíblemente, aun tiene la prerrogativa, en algunos países, de “educar” a muchos niños y adolescentes contándoles estas cosas, vaya haciendo una revisión en profundidad de aquello que con los conocimientos actuales, o bien sobra porque ya no cuela, o porque no tiene la menor importancia, o porque es un insulto a la inteligencia, revise el desaguisado de Pablo, seguidores, continuadores, tergiversadores y rentistas, y se centre en el mensaje moral de Jesús, que es donde realmente se concentra el valor real de tal religión, en la que incluso el evangelio apócrifo de Tomás debería tener un protagonismo mucho más destacado.
Por cierto, Jesús a la virginidad y, en general, a las cuestiones del sexo, no les otorgó nunca la menor consideración.