De las distintas ocasiones que tuve la suerte de visitar Israel, recuerdo como espectacular la visita a Masada, unos 400 metros por encima de la depresión del Mar Muerto, pero a su vez casi al mismo nivel que el Mediterráneo, lo que unido a un calor tórrido, a una subida espectacular y al hecho de pisar un lugar de culto en la comprensión del pueblo judío, hacen de la visita a esta maravilla una experiencia imborrable.
No son pocos los pueblos que tienen su gloria en una derrota, pues ello supone quizá la prueba más evidente de donde es capaz de llegar el ser humano en seguimiento de una idea, acabando con ello por transformar esa derrota en una victoria (el cristianismo es otro claro ejemplo). Masada fue quizá el fin de los zelotes, mas concretamente de los sicarios, pero no a manos de los romanos, sino por una curiosa forma de suicidarse antes de entregarse al enemigo. Allí, tras un largo asedio, murieron cerca de mil patriotas o asesinos según el punto del observador (esto suele ser habitual), y lo hicieron, al no serles permitido el suicidio, escogiendo uno de cada diez que matase a los otros nueve, y así sucesivamente hasta que solo restase uno, que incendiaría lo que allí quedase, con él mismo en su interior, de forma que a la llegada de los romanos reinaba el silencio más absoluto, el silencio ensordecedor de los muertos, lo que produjo en la vencedora cohorte romana un profundo respeto por el enemigo vencido.
Israel para un judío, y los sicarios (portadores de la sica) eran la máxima expresión del extremismo mosaico, es la tierra prometida por Yahvé, es la tierra de su dios, una tierra que solo puede ser gobernada por quien lo haga en su nombre y si ello no es así, no solo hay que recuperarla a toda costa, sino que en última instancia hay que morir por ella, algo por otra parte muy propio y común de todos los movimientos extremos pertenecientes a las religiones abrahámicas (el actual estado islámico es la prueba y también para los cruzados lo fue en su momento), de ahí la existencia de los zelotes o celosos de las más absoluta puridad, con origen en los fariseos y de quienes los sicarios eran su escisión mas extrema.
Quizá para entender la Palestina de Jesús, salvando las distancias y todo tipo de circunstancias, convendría poner un ejemplo actual en la mente de todos, Euskadi.
Es evidente que la visión que se tiene de Euskadi desde el gobierno español, nada tiene que ver con la que tienen los vascos de su tierra, como se ven a si mismos y como ven a un gobierno que consideran foráneo, por el que no se sienten representados y que en su mayoría, si ello no les trajera desgracias o perjuicios, desearían ver lo más lejos posible. En esa situación, algunos se sienten bien como están, otros no quieren problemas, algunos se oponen en la medida que pueden a que les gobiernen otros, unos pocos se consideran la transmisión filosófica de las esencias de los valores del pueblo, muchos pasan a llevar a cabo acciones más o menos sociales en pro de perder de vista al “invasor” y, finalmente, hay un grupo o varios que deciden utilizar la fuerza en aras de su lucha por la “libertad” del pueblo, contando con “mártires” por la causa que llegan a ser considerados héroes, patriotas e incluso semidioses para buena parte del pueblo.
Se pertenezca al grupo que se quiera, lo cierto es que ello se produce allí y no en la región murciana, porque sienten que todo lo que rodea a su pueblo nada tiene que ver con el gobierno que les dirige y que en su sentir les ignora y desprecia. No es tanto una constatación de un hecho cierto, como un sentimiento subjetivo profundamente arraigado, algo que en el fondo cuenta mucho más en el ciudadano que la mera constatación objetiva de su situación real.
La Palestina de Jesús, salvando de nuevo las distancias, pasaba por una situación similar, al menos en cuanto al sentir de sus ciudadanos. Los romanos eran los invasores, con Poncio Pilatos como gobernador al frente (delegado del Gobierno en Euskadi), un gobierno local con Herodes a su cargo (el lehendakari), los saduceos como casta mas significativa (el PNV), los fariseos como máximos representantes de la ley mosaica (la potente e independentista iglesia vasca), los zelotes como grupo más contestatario (Bildu), los sicarios como guerrilleros terroristas (ETA), una lengua distinta a la romana (el vasco), un fundador de su religión monoteista en la figura de Abraham ajeno al politeísmo romano (Sabino Arana para los vascos), etc. Con este panorama, la práctica totalidad del pueblo, esperaba ver cuanto antes la marcha del invasor romano (la independencia de Euskadi), a manos de un líder libertador, un mesías que derrotase a los romanos y restableciese el poder judío para su pueblo (¿Otegui futuro lehendakari?), salido de los muchos partidos y ofertas mesiánicas de entonces (Eusko Alkartasuna, Sortu, Aralar, Abertzalen Batasuna, Geroa Bai, Nafarroa Bai, Amaiur, etc.).
Toda esta realidad a la que se ha llegado, vista desde Euskadi, hace que sea prácticamente imposible llevar a cabo nada en el Pais Vasco de espaldas a ella, sin contar con ciudadanos más o menos vinculados a una u otra visión del problema, al menos para montar algo con ciertas posibilidades de éxito.
Se comprende así, no solo la realidad de la Palestina de entonces, el que aquellos ciudadanos estuviesen esperando la venida de un mesías que los liberase del pueblo romano, sino su entrega a quien se pusiese al frente.
De entre toda la maraña de ofertas de mínimo calado, surge en su seno la figura de Jesús, de un mesías con una fuerte personalidad, que habla claro, que hace un diagnostico certero de la situación, que surge del pueblo, que les pone en guardia ante la inminencia del fin de los tiempos y de un próximo juicio final, al que el judío sabe que no puede presentarse sin poseer la tierra que le fue encomendada, que les habla de ideas, que aboga por un paso adelante en la práctica y en la comprensión de unas normas de comportamiento rígidas, cerradas y no adaptadas a los tiempos, que aviva conciencias. En definitiva, un líder al que entregarse.
Pero, ¿acaso su equipo no estaba formado por personajes de lo más variopinto, representantes de su sociedad, donde se mezclaban la cultura y la incultura, la riqueza y la pobreza, la colaboración con los romanos hasta la oposición más foribunda? Varios fueron pescadores como Pedro, su hermano Andrés, Santiago el mayor, su hermano Juan y Felipe. Otros tenían fortuna familiar como los citados Santiago y Juan, y Mateo el recaudador, o de familia noble como Bartolomé. Tomás, quizá el mas sensato, no creía si no veía. Judas Tadeo, hermano de Santiago el menor era zelote, lo que con mucha probabilidad también se daba en Santiago el mayor, Juan y Simón el cananeo, mientras que Judas Iscariote parecía ser sicario, el único de Judea, pues el resto eran galileos. Se trataba pues de un equipo muy variopinto con mayoría de carácter muy patriótico militante. ¿Fue acaso la supuesta traición de Judas el pago a la confianza en un liderato político sobre el religioso?
Y surge la cuestión, que aunque desde una perspectiva cristiana parece estar muy clara, desde otra perspectiva, tanto histórica como conceptual, ni lo estaba entonces, ni sigue estándolo ahora. ¿Era Jesús un simple líder religioso, sin más, o se trataba del líder político que esperaba el pueblo judío?.
Sea lo que fuere, sus últimas manifestaciones en la cruz: “Padre, ¿porqué me has abandonado?” denotan claramente la historia de un fracaso religioso, parejo al fracaso político del líder condenado por los romanos a morir en la cruz como muerte solo reservada a enemigos políticos de Roma (rey de los judíos) ya que Jesús era descendiente de la casa real judía, la casa de David, pues no olvidemos además, que sus compañeros de martirio, intoxicaciones aparte, no eran ladrones, sino zelotes o sicarios, al igual que lo era Barrabás.
Volviendo a la transformación de derrota en victoria, aparece aquí otra característica propia de estos casos en los que de esa transformación acaban viviendo y aprovechándose los que finalmente han dado la vuelta al mensaje, y a partir de un pastoreo efectivo pero vergonzoso, acaban transformando la figura original del héroe en algo a la carta que el propio protagonista sin duda alguna aborrecería, algo que ya conocía muy bien por haberlo sufrido en su carne, cuando violentamente acabó echando a los mercaderes del Templo, quienes servían a aquellos que había tergiversado el mensaje de su dios judío.
Soy un agnóstico convencido, alguien que se niega a engañarse a si mismo en aras de una mayor comodidad o de miedo a un hipotético más allá, no creo en dios alguno porque se perfectamente que de esas cosas nada sabemos realmente, por eso aborrezco entrañablemente a la iglesia de Roma, a quien no perdono su utilización torticera y miserable de la figura de Jesús, a quien admiro, de que de sus enseñanzas hayan hecho un sin fin de gilipolleces doctrinales de una vacuidad alarmante, de que se hayan arrogado una autoridad sin base alguna, de que a lo largo de los siglos hayan manchado su nombre permanentemente con las más viles acciones, manifestaciones y procederes, de que se hayan enriquecido a su costa, de que mientan a sabiendas, de que hayan manchado su mensaje con absurdas liturgias, creencias innecesarias, virginidades, resurrecciones, supuestos milagros, endiosamientos y sumisiones absurdas, pero aun creo que aborrezco más a toda la millonada de serviles ovejas que les han permitido tamaño insulto a la figura principal de todo este entramado, a un hombre, ni mas ni menos que un hombre, cuya filosofía de vida no ha sido para nada un fracaso, que sigue viva a pesar del circo montado a su alrededor, de todas las viles interpretaciones que se han hecho de todo aquello que le era incomodo a los capitostes de su legado.
El buen pastor es el que simplemente abre camino, el que va delante, echa a andar y el rebaño le sigue, siendo los perros quienes se encargan de encauzar a quienes se pierden por el camino. Lo grave de este rebaño es que los perros, disfrazados de pastores, han capturado con sus ladridos, amenazas y agresiones al grueso del rebaño, alejándolo del camino incomodo para perderse por cómodos atajos que solo conducen a rediles en los que los perros, convertidos en lobos, acaban siempre devorando a las estúpidas ovejas, quienes torpemente consienten sumisamente en ello.
Mientras el pastor sigue andando (ese es su triunfo) y muy pocos le siguen, los lobos siguen construyendo millones de rediles donde ingentes cantidades de obedientes ovejas son sacrificadas permanentemente a mayor gloria de su innata estupidez.
Si, al igual que en Masada, muchas derrotas acaban convirtiéndose en triunfos, aunque de ello casi siempre acaben aprovechándose los mas canallas, algo de lo que solo puede librarnos la firme voluntad de ser fieles a nosotros mismos, a proceder como resultado de un proceso propio de conocimiento a la luz de la máxima información desinteresada, objetiva, no partidista y de confianza en nuestro propio y objetivo juicio.
Si, Jesús está vivo en su mensaje, sigue su propio camino al que admite a cualquiera que quiera seguirle, sin mas arrobas, sin servidumbres, sin liturgias, sin vírgenes ni santos a quienes rendirles pleitesías, sin Papas ni obispos ni cielos ni infiernos, pero ese camino, a diferencia de casi todos los caminos, no conduce para nada a Roma, porque si buscas a Jesús y a su auténtico magisterio, ahí es el último sitio donde vas a encontrarlo.