Desde el Exilio

Miguel Font Rosell

!Oh, la fantasía!

 

Vamos de revistas. El número de agosto de “Muy Historia” está dedicado íntegramente a los fraudes de la historia, engaños, timadores y mentiras, en distintos campos de actividad, desde la arqueología, la ciencia, la historia, la economía, el poder, el espionaje, el arte, la religión, etc.
La mayoría de los fraudes, no obstante, acaban descubriéndose con diversa suerte para sus autores, aunque, curiosamente, hay campos en los que a pesar de quedar en evidencia la práctica totalidad de los fraudes históricos que le acompañan, al personal no solo no le preocupa demasiado, sino que sigue creyendo, más firmemente si cabe, a pies juntitas, en aquello que no tiene el menor soporte ni histórico, ni científico, pero que le conviene o le consuela, si de ello se siente beneficiado y además apoyado en la masa, como es el caso de las mentiras, los milagros, los fraudes y las ocurrencias más pintorescas en materia de religión.
Las religiones, en general, suelen ser fantasías montadas por personajes que, bien de buena voluntad, o desde el más absoluto interés en engañar, y siempre desde la base de planteamientos indemostrables pero sugerentes, se dirigen a masas dispuestas a admitir todo aquello que les libere de sus temores, e incluso les promete, desde la más absoluta ignorancia sobre el particular, hipotéticas vidas posteriores a la muerte, con rentables compensaciones a sus miserias actuales, por la simple voluntad de creerse todo aquello que, desde los que posteriormente acaban explotando y viviendo de ello, se les vaya planteando.
De nada vale que en el transcurrir de los siglos, la ciencia, el conocimiento, la razón, la inteligencia, la filosofía y el sentido común, vayan desmontando todos sus planteamientos, pues nunca la religión se ha apoyado en tales consideraciones para formar rebaño, sino precisamente en todo lo contrario, en considerar que lo inexplicable es un milagro, y que la fe, o la capacidad de creencia, es un don con el que el personaje en cuestión ha sido agraciado, dos consideraciones en las que para nada caben todas las virtudes enunciadas como fundamentales en el devenir de la especie, necesarias para el progreso de la humanidad. Fe y milagros, de la mano de una negativa casi enfermiza en entrar en razón y en tratar sobre la materia reposadamente, constituyen la principal coraza de quienes multitudinariamente se acastillan en su soberbio empecinamiento en dar por cierto todo un montaje de fantasías sobre asuntos de los que nadie, absolutamente nadie, sabe nada a ciencia cierta sobre el particular y todo ello desde sentirse elegidos para tal actitud.
En un artículo titulado “Apariencias que engañan” (fraudes de todos los tiempos), el escritor Juan Eslava Galán sostiene que el embuste y la falsificación forman parte del cemento con que la humanidad ha fraguado la historia.
Continúa asegurando que si por una extraña penitencia pretendiéramos catalogar las reliquias falsas repartidas por los cien mil templos de la cristiandad, tendríamos materia para escribir un relato de la extensión de la enciclopedia Espasa: desde el siglo IV, los cristianos dieron en venerar las reliquias de sus santos y especialmente las de Cristo, que se iban incorporando al ávido mercado.
Si una reliquia no existe, se inventa. El problema radicaba en que nadie había conservado reliquias de Jesús, ni de ningún apóstol, ni santo anterior al siglo III, pero ello no impidió fabricarlas o “descubrirlas” para atender la creciente demanda. Una de las primeras peregrinas a los Santos Lugares, la monja Egeria, pudo fortalecer su fe con la contemplación de la piedra sobre la que Moisés había roto las primeras Tablas de la ley; de la zarza ardiente en la que Dios se había manifestado, que estaba todavía viva y echaba brotes; del horno en el que los impíos israelitas fundieron el becerro de oro y hasta de la columna del palacio de Caifás en la que azotaron a Jesús, que, por cierto, conservaba las marcas de las manos, la barbilla y la nariz del Salvador.
A finales del siglo IV ya se había producido la invención de las principales reliquias de Cristo. A este núcleo inicial, formado por la Verdadera Cruz y, algo después, por los clavos y la columna de la flagelación, se incorporaron, en el siglo V, la corona de espinas y, en el VI, la lanza y la vara que le sirvió de cetro. Andando el tiempo se sumaría el resto del ajuar, incluidos los pañales del niño Jesús, venerados en la catedral de Lleida hasta que se extraviaron en la guerra Civil.
Confrontada con tanta falsedad en su propio seno, la Iglesia, que sabe más por vieja que por Iglesia, ha declarado que sus reliquias son solo un “pia faus”, un fraude piadoso, o sea, una mentirijilla venial.
Vicente Fernandez de Bobadilla en un artículo titulado “Antigüedades de pega” (la falsificación en el mundo de la arqueología) nos habla del caso de la llamada Donación de Constantino que conoció múltiples copias desde que fue creada allá por el siglo VIII, unos 500 años después de la muerte de su supuesto autor. Su texto indica como el emperador Constantino otorgaba al papa Silvestre I y a todos sus sucesores, la autoridad definitiva sobre todas las tierras controladas por el Imperio (el gobierno temporal sobre Roma, Italia y occidente). El documento fue de gran utilidad a los pontífices en los siglos posteriores a la hora de confirmar su autoridad sobre los gobernantes europeos, hasta que en 1440 el humanista italiano Lorenzo Valla publicó el tratado “Declamatio de falso credita et ementita Constantini donatione”, en el que demostraba que el texto era una falsificación. No le faltó valor al hacerlo, ya que tuvo serios enfrentamientos con la Inquisición, aunque también contó con el apoyo de algunos monarcas, felices de ver como una de las armas usadas por la Iglesia para interferir en sus asuntos, quedaba definitivamente sin efecto.
En otro artículo titulado “El negocio de la Fe” (reliquias cuestionadas y otros fraudes de la Iglesia), Janire Rámila sostiene que la situación de la Iglesia cambiaría a partir del siglo III, cuando el cristianismo se alejó del judaísmo para acercarse más a otras religiones que si permitían venerar los restos de sus santos, incluso con el tacto. En ese cambio de mentalidad había una finalidad oculta, como era el que las primeras autoridades del cristianismo aprobaban y estimulaban el culto a los sagrados despojos, como medio de afianzar la religión.
El listado llegó a ser inacabable pues a tanto llegó su número, que se debió confeccionar una jerarquía de reliquias por orden de importancia. Las verdaderamente importantes, cuerpos enteros, cabezas, eran “reliquiae insignes”; las más menudas “reliquiae non insignes” entre las cuales las había “notabiles” (una mano, un pie) y “exiguae” (un diente, un cabello).
Para hacernos una idea del auge y de la excentricidad que este mercado adquirió con el tiempo, basta leer el relato que hacia 1529 realizó el eramista español Alfonso de Valdés: El prepucio de Nuestro Señor yo lo he visto en Roma, en Burgos y también en Nuestra Señora de Anversía. Dientes que mudaba Nuestro Señor cuando era niño pasan de 500 los que hoy se muestran, solamente en Francia, cientos de clavos de la cruz, de espinas de la corona, etc.
En cuanto a la supuesta Sabana Santa, su importancia no era baladí, pues la Academia Pontificia de las Ciencias escogió a tres prestigiosos laboratorios para efectuar su análisis de modo independiente y por separado: los de Oxford, Zurich y Tucson. A cada uno de ellos se les entregaron tres pequeñas porciones de tela: una de la sábana, otras dos pertenecientes a un lienzo egipcio del siglo I, y a otro francés del siglo XII. Por supuesto, ninguno de los tres laboratorios conocía de antemano el origen de cada una de las tres porciones recibidas, pero el resultado en los tres casos fue el mismo: la Sábana Santa había sido fabricada entre los años 1260 y 1390.
La fecha concordaba con la aparición histórica de la reliquia, cuando Godofredo de Charny la donó a la colegiata de Lirey en 1389, momento citado por Eslava Galán en su libro, y en el que el obispo de Troyes ya denunció, con engaño y maldad, movido por la avaricia, no con fines devocionales, sino por codicia, proveyó su iglesia con un paño pintado con artificio, en el cual, de un modo ingenioso, estaba pintada una doble imagen del hombre por delante y por detrás, asegurando falsamente que era el sudario mismo en el que fue envuelto nuestro Salvador Jesucristo en el sepulcro.
De ahí a las centenares de apariciones marianas, a cada cual más pintoresca, encuentros de tumbas de lo más fantasioso, como es el rentabilísimo caso de Santiago de Compostela, camino de ser declarado año santo permanente (este año ya se han inventado uno nuevo: “de la misericordia”), estrafalarios milagros propiciados por todo tipo de santos, lugares de curación, etc. han ido propiciando pingües negocios a la Iglesia oficial, quien no solo no ha tenido la decencia de advertir de sus falsedades, sino que las ha fomentado, y lo sigue haciendo, hasta extremos absolutamente ridículos, viviendo opíparamente de las “donaciones” de quienes, en su ingenua ignorancia, han venerado ciegamente todo aquello que, partiendo del temor de un mas allá incierto, y tras la redención por la fe, les han ido inculcado en pro de un dominio del “más acá”, ejercido férreamente a lo largo de los siglos.
¿Que pensaría Jesús de Nazaret de todo este circo?.
Estoy absolutamente seguro que lo del cabreo con los mercaderes del Templo se convertirá en un juego de niños de levantar hoy la cabeza, pues si hay algo más en contra de sus enseñanzas, es el devenir de la llamada Iglesia católica, su extraordinaria fortuna, su poder, su farragosa burocracia, su distante liturgia, su vanidad, su Estado mundano, su ambición, su organización dictatorial, su corrupción, su hipocresía, su pasado inquisitorial, su misoginia y todo su dictado de normas doctrinales totalmente ajenas a un mensaje tan claro como el del nazareno: mi reino no es de este mundo, vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres, quiere al prójimo como a ti mismo y se bienaventurado porque seas pobre de espíritu, porque seas manso, porque acompañes a los que lloran, a los que se les trata injustamente, porque seas misericordioso y limpio de corazón, porque busques la paz y porque te juegues la vida por los demás, en lugar de aprovecharte de un hombre excepcional para vivir eternamente a su costa, montando una organización contraria históricamente a todo su mandato: altiva, soberbia, intolerante, poderosa, injusta, vengativa, dura, corrupta, ambiciosa, rica y sobre todo hipócrita y profundamente terrenal.
Yo no sé si existe dios alguno (nadie lo sabe), aunque la verdad es que me trae sin cuidado, pero si sé que ha habido hombres como el nazareno, a quien admiro profundamente, que no merecen que nadie convierta su magisterio en una pantomima de la que lucrarse miserablemente, viviendo a costa de haber tergiversado todo su mensaje de humildad, entrega y amor a los demás.
¿Qué no entiende, o no ha entendido históricamente, la Iglesia oficial, de vender todo lo que se tenga, entregárselo a los pobres y procurarle al prójimo el mismo trato que espera que se tenga con ella, de no aspirar a un poder terrenal, de respetar las ideas de los demás, su dignidad o virtud de actuar en la vida libremente en función de sus propios convencimientos y de acuerdo a sus propios criterios?
El tributo que cada cual quiera rendir a cualquier tipo de fantasía no solo es libre, sino incluso deseable a veces, pero lo que no tiene justificación alguna es el engaño, la mentira y la hipocresía para valerse de sus efectos y sobre todo a costa de un hombre sabio que marcó una época en la historia y que, si pudiese, los corría a todos a gorrazos, a timadores por sinvergüenzas, y a todo el rebaño de timados, por bobos y superficiales.
¿A quien se le ocurre dar por cierto y adorar el prepucio del Salvador (han aparecido hasta 17), entregado por un angel a San Gregorio Magno, actualmente en paradero desconocido al ser robado en 1984, o una gota de leche de la virgen, en la catedral de Oviedo, un pañal del niño, en San Marcelo (Roma), una paja del pesebre, en Santa María la Mayor (Roma), el cordón umbilical, en Santa María de Popolo (Roma), dos plumas y un huevo del Espiritu Santo, en la catedral de Mainz, una pluma del arcángel San Gabriel, en El Escorial, otra perdida al llevar a cabo la anunciación, la pluma del evangelista San Marcos, un suspiro de San José, un estornudo del Espíritu Santo, los rayos de la estrella que anunció el nacimiento, pelos de la barba de Belcebú, el mantel de la ultima cena, en la catedral de Coria, monedas de Judas, en la iglesia de Velilla de Ebro, la mesa de la última cena, en la catedral de Sevilla, la Santa camisa de la virgen cuando dio a luz, en la catedral de Notre Dame (Paris), una zapatilla de Jesucristo, en el Vaticano, 13 lentejas y restos de pan de la última cena, en Roma, etc, etc, etc.?
La pregunta era, ¿a quien se le ocurre creer en esas bobadas y adorar tales reliquias?. La respuesta es tristemente que a miles y miles de “creyentes” que, cada vez que surge algo similar, suelen darse cita en tales lugares para regocijo y “caja” de quienes explotan la ignorancia y la estupidez humana.
Bien es cierto que la Iglesia ha ido desmontando gran parte de tales bobadas, al igual que ha ido aclarando ciertos “milagros”, pero aun quedan muchas reliquias y muchos milagros de santos y vírgenes por limpiar, duras competencias de idolatría de culto entre cristos y vírgenes por eliminar y todo ello en pro de dejar el mensaje del nazareno limpio y desafiante para los pocos, muy pocos, que aun, en el seno de la Iglesia, quieran realmente respetar sus durísimas y esperanzadoras palabras, y seguir sus pasos.
Yo confieso no ser capaz de hacerlo.

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Miguel Font Rosell

Licenciado en derecho, arquitecto técnico, marino mercante, agente de la propiedad inmobiliaria.

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