Desde el Exilio

Miguel Font Rosell

O yo…, o nadie

Parece mentira que a estas alturas de supuesta democracia (¿será por eso?), aun no nos hayamos enterado de lo que se vota en una investidura.
Se vota un programa de gobierno y la confianza en un candidato para llevarlo a cabo, y no depende del voto ciudadano, sino de unos diputados electos al Congreso en listas cerradas en las que solo han entrado los que deciden las cúpulas de cada partido y que, por tanto, tampoco deciden ellos, sino esas cúpulas, la oligarquía.
En cuanto al programa, y gracias a Ciudadanos, hoy conocemos el consenso entre estos y los socialistas por un lado y con los conservadores por otro, por lo que no resultaría demasiado complicado elaborar un programa de mínimos en los que unos y otros pudieran confluir, estableciendo las bases para un mínimo entendimiento entre partidos constitucionalistas. Lo que está resultando imposible de consensuar es un candidato fiable o deseable para llevar el programa adelante, alguien a quien otorgar confianza por parte de un Congreso con mayoría de izquierdas.
Está claro que el PP ha ganado las elecciones (no Rajoy, que solo se presentaba en una provincia) aunque necesita de otros apoyos para poder formar gobierno. Para lograrlo ha designado un candidato de imposible consenso tras dos intentos fallidos, por lo que está claro que la misión de los conservadores, a quienes corresponde moverse, es el proponer otro candidato que pueda recibir la confianza, tanto de Ciudadanos como de los socialistas, para formar gobierno sin que nadie tenga que renunciar ni a sus ideas, ni a su propia identidad, ni a sus propios planteamientos electorales.
Hoy, desde todos los medios, se demoniza a Sánchez por no darle el gobierno a Rajoy, lo cual es una majadería y una absoluta injusticia, pues el pecado de Sánchez no es tanto la falta de generosidad, que no hay porqué tenerla con tu enemigo (la mayoría de sus votantes, ni han votado para eso, ni lo entenderían), como la falta de claridad, ya que al razonamiento de que nunca le daría un gobierno a Rajoy unido a que no se desean nuevas elecciones, le falta algo fundamental para no rayar en el absurdo, y es que podría admitir un consenso de mínimos para un programa de gobierno del PP, pero dejando claro que solo si este partido propone a otro candidato más aceptable por las bases y más fiable para el cumplimiento de los acuerdos (esa es una generosidad y un razonamiento que obtendría mayores consensos entre los socialistas), absteniéndose entonces en la votación y evitando con ello unas terceras elecciones, algo similar a lo que proponen los socialistas catalanes con Iceta al frente, quien de momento ha sido el único socialista claro sobre el particular: Consenso para otorgar gobierno al PP entre socialistas y ciudadanos, con un programa consensuado y otro candidato, bien del propio PP, o independiente.
¿Cuales son entonces los problemas?. Por un lado la falta de claridad de Sánchez, y por otra la falta de generosidad de Rajoy, a quien más que nadie le interesan unas nuevas elecciones, algo que nunca confesará, aunque al final y en defensa de sus propios intereses, acabará condenándonos a todos a una insólita navidad de urna, campaña política y cabreo generalizado por parte del personal. Eso si, echándole la culpa a otros de tamaña inmadurez en pro exclusivamente de su ambición personal, y todo ello tras esperar el resultado de las elecciones gallegas en las que espera que el partido obtenga la mayoría absoluta, y que a su posible sustituto (Feijoo) no le quede más remedio que aceptar la presidencia del gobierno gallego, como aceptó la de la comunidad de Madrid Cristina Cifuentes, otra posible sustituta, o la presidencia del Congreso Ana Pastor, su mejor ministra, quitándoselos a todos de en medio, a lo que contribuye de forma sorprendente la colaboración de un PSOE gallego, enormemente dividido, gracias también al monumental escándalo, falta de solidaridad y ambición, de otro político gallego, el demagogo Abel Caballero, apuntándose de nuevo Rajoy el éxito del partido y con ello volver a postularse para una tercera investidura, aprovechando que el pueblo español, crédulo por naturaleza, se deja engañar permanentemente con suma facilidad por toda una cadena de medios absurdamente embobecidos (aunque les haya ninguneado durante años) en pos de un único mensaje: Rajoy for president (por aburrimiento).
En esta cadena de ambiciones personales y de demagogia permanente, llama la atención, no obstante, y no porque el personaje no sea capaz de eso y de mucho más, sino por la desfachatez con la que actúa y se le consiente, la actitud, ya citada, de un personaje de lo más ajeno al espíritu democrático: Abel Caballero, aquel que fue el peor ministro de Felipe Gonzalez, cesado al poco tiempo, el procesado alcalde de Vigo, presidente de la Federación de Municipios y Provincias y ahora de la Mancomunidad de Vigo, una entidad de nuevo cuño, creada exclusivamente para su ambición personal de acumulación de cargos, aunque no haya iniciado la más mínima actividad, ni nadie acierte a enunciar misión alguna concreta de tal nuevo dispositivo de colocación de militantes agradecidos, culo en pompa.
La lista de incumplimientos, mentiras y planteamientos demagógicos del pintoresco personaje es interminable, aunque paralela a la falta de luces de quienes le sostienen y se alimentan de ello, pero lo ultimo, que viene al caso, es incluso grotesco.
La delegación de su partido en Vigo, donde ejerce de jefe máximo por medio de una feroz y férrea dictadura, ha cerrado las puertas a todos los intentos, incluso de debate interno que producir se puedan, a partir de negativas de los más elementales derechos democráticos de los afiliados, negándose a facilitar listas, abriendo expedientes, nombrando a quien se le antoja, etc. Como quien tiene la osadía de enfrentarse al personaje acaba defenestrado, lo ya conseguido con Carlos Principe, un antiguo alcalde socialista en la ciudad, ajeno a sus planteamientos, pretende llevarlo a cabo ahora con el único disidente interno que le queda, su sobrino Gonzalo Caballero, el valor de más peso del socialismo gallego actual, arrinconado por el caudillo familiar, quien luchó lo indecible para que su sobrino fracasara en su intento de ser nombrado candidato a la presidencia de la Xunta por parte del partido (él lo fue -por La Coruña- contra Fraga, cosechando el mayor fracaso del socialismo gallego de todos los tiempos), pero quien finalmente consiguió aupar con sus votos al actual candidato Leiceaga (Abel Caballero apoyaba a Romeu).
Enrrabietado por ello, consiguió confeccionar una lista por Pontevedra, a su antojo (la democracia interna en el PSOE vigués es una coña marinera), en la que excluir a su sobrino. Finalmente, el candidato Leiceaga, agradecido a los votos de Gonzalo Caballero, colocó a este en puestos de salida en su candidatura, en detrimento, en el orden, de los colocados por el supremo hacedor, lo que ha llevado a este a denunciar la “maniobra antidemocrática” en la forma que le es habitual, implicando a los vigueses como si fuera a estos a quienes se les afrenta: “un nuevo insulto a Vigo por el que no pasaré, pues para mi es antes Vigo que mi propio partido”, cuando curiosamente su sobrino Gonzalo Caballero es tan vigués como el número uno de la lista por Pontevedra, afín al César máximo. No contento con armarla en el ámbito local, traslada ahora su encarnecida defensa de la democracia interna (!manda huevos!) al ámbito nacional, a lo que ingenuamente (o no tanto) se apuntan andaluces y aragoneses, colaborando con ello, tanto al fracaso de Leiceaga y del PSOE gallego, como del propio Sánchez y del PSOE nacional (dependiendo en parte de su éxito en las gallegas), a quien culpa de mantener la lista del candidato oficial en detrimento de los intereses y ambiciones del César gallego, pues aunque sus listas las elabora él en su totalidad, admitir que otros corran un peldaño el orden que de sus masculinos atributos ha salido, es algo intolerable, a pesar de los intereses de su partido, de las posibilidades del candidato a la Xunta, o de las propias del candidato a la presidencia del gobierno. Su ambición, paralelamente a la de Rajoy, están por encima del bien y del mal, víctimas siempre de la perfidia de otros, en contra de los intereses del pueblo soberano y tal y cual.
Se trata de personajes cortados por el mismo patrón, la del clásico cacique gallego por excelencia, pertenezcan al partido que pertenezcan, ya sean Franco, Fraga, Rajoy, Cuiña, Baltar, Cacharro, Caballero, dictadores en los que la demagogia, el populismo, el localismo y la exaltación de los valores más primitivos es su norte, que son capaces de aglutinar los mayores odios con las más entregadas exaltaciones, ya se trate de quienes abogan por la libertad, o por el entreguismo a quienes les pastorean desde cesarismos de exaltación de los valores más primitivos, los segundos, entregados al padrino de turno. Su ambición, vanidad, e impuesto liderazgo, están por encima de cualquier otra consideración o interés de país o de partido.
Como llevo advirtiendo desde hace meses, habrá terceras elecciones, ya lo creo que las habrá, y de ellas saldrá más fortalecido que nadie, de nuevo, la pobre víctima: Mariano Rajoy. Todo atado, y bien atado, como bien apuntó el precursor de toda esta saga.
Un tipo de personajes que no gestionan, imponen. No negocian, esperan. No piden, exigen. No se equivocan, les traicionan. Prometen, no cumplen. No consultan, mandan. No admiten la critica, censuran. No crean puestos de trabajo, colocan a sus siervos. No fomentan las instituciones, las ocupan. No colaboran con los medios, los fagocitan. No forman al pueblo, se valen de su ingenuidad. Odian la libertad de los demás, imponen la suya. No forman parte de algo, ellos son el todo. No se retiran, mueren.
Franco fue España, hoy lo es Rajoy. Fraga fue Galicia, Cuiña, el dueño de Lalín, lo intentó. Baltar era Orense, Cacharro Lugo y hoy Caballero cree ser Vigo, mientras en otros campos Mendez era Caixagalicia y Gayoso Caixanova, las cajas gallegas que al contrario de lo ocurrido en el resto de España, no eran regidas por políticos, sino por caciques. A su lado no cabe nadie más. Para ellos, solo hay siervos o enemigos.
O yo…, o nadie.

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Miguel Font Rosell

Licenciado en derecho, arquitecto técnico, marino mercante, agente de la propiedad inmobiliaria.

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