Continuamos hoy con la cuarta entrega del relato corto.
El Tercer Maletín
Capítulo 4
La primera bomba recibida en la cabeza durante toda su vida fue el secuestro de su hija Teresa —economista y experta en relaciones internacionales— que estaba a punto de ingresar en el holding financiero de los círculos empresariales de la Bidinox.
La única gran preocupación, aún no asumida y tampoco comprendida por él ni por su preocupada familia. ¿Quién entendía los interrogantes y los porqués del secuestro? ¡Si ellos no tenían ni para reunir cincuenta millones de patrimonio!
También era difícil llevar el tema con la máxima discreción, como la comunicación con la policía que daban conclusiones algunas veces divergentes entre la nacional y la autónoma o no del todo coincidentes unas con otras, cosa que le estaba causando demasiados problemas y exagerada presión acumulada: un problema sin ninguna solución.
Una situación tan angustiosa que le oprimía el pecho. Ahora siempre le escocían los ojos, de tanto que lloraba cuando se quedaba solo en su casa, aislado en su despacho.
Había adelgazado ya siete kilos —¡demasiados! para tan poco tiempo desde el secuestro y pasados diez días desde que desapareció su hija sin ninguna noticia.
En los primeros momentos ya se confirmó la autoría del rapto, junto a las exigencias para la posible devolución de la chica.
La petición formal de mil millones por el rescate de Teresa, exigidos desde aquella organización activista, debían ser entregados con una serie de condiciones y hacían que José María Basagoítia ya estuviera haciendo gestiones para ver cómo se habían pagado aquellos otros rescates recientes, no tan altos en la cantidad exigida como la de ahora.
La policía, en principio, le dijo que tuviera un poco de paciencia que “ya se estaban haciendo trabajos en la calle con un despliegue de más de trescientas personas en todo el país vasco”.
Con su mente incansable, seguía dándole muchas vueltas con las averiguaciones, sin haber recibido ninguna información demostrativa del estado de su hija, y con un peligro: querían el dinero en un mes de plazo.
Ni un día más. Depositado en un país a elegir entre tres: Jamaica, Chile o Santo Domingo —de donde habín sido extraditados, en Agosto último, tres terroristas vascos clásicos.
Ya se sabían con anterioridad que el dieciocho de Abril del ‘89, el gobierno argelino expulsó de su territorio a seis miembros de la banda asesina que habían participado en unas fracasadas conversaciones con representantes del gobierno español en este país africano.
Los terroristas fueron deportados posteriormente en un avión de las fuerzas aéreas españolas a Santo Domingo.
El tema del secuestro no parecía que era político; ese suponía que se hacía sólo con la intención de financiarse la banda aunque, posiblemente, lo hicieran algunos pertenecientes a la misma organización con intentos de independizarse o escindirse con ningún objetivo de independentismo político autonómico o de ayuda para los correligionarios.
No todos los grupos políticos apoyaron la impresionante manifa, aquella manifestación hecha para demostrar que se estaba contra el secuestro y para pedir su libertad, lo cual no se comprendía muy bien.
Tampoco aquellos `políticos daban explicaciones claras del porqué y no se aceptaba con un razonamiento normal.
Estaban en contra de hacer manifestaciones pero no por las mismas razones que el resto de los partidos. El diálogo con los otros grupos políticos no era participativo ni consensuado.
José-María, ¡ánimo!, estamos detrás de una pista. Esperamos una solución muy pronto. Aún quedan quince días de plazo. Sin embargo, el dinero es un problema. Demasiado dinero y sin seguridad que podamos cogerles pero, ¡sea paciente! —le decía el inspector jefe de la policía especial antiactivista, desplazado al norte del país, desde la sede central de la policía nacional de Madrid.
Josema sí se preguntaba constantemente cómo encontrar alguna solución, porque sabía que la cosa iba en serio, pues tenía claros ejemplos ocurridos con anterioridad.
Recientemente, había visto la película Rescate” —en la que el padre a quien le habían secuestrado a su hijo, no da el dinero al secuestrador sinó que decide dárselos, en recompensa como si fuese “se busca a…”, al que le traiga al secuestrador, con lo que fuerza al chantajista a devolver al hijo, para obtener el dinero, en una maniobra que pareciera que descubre a los que tienen al niño, pero sufre un acoso brutal hasta el desenlace por parte de sus compinches.
Ahora Josema estaba mucho más sensibilizado de cara a tomar una solución drástica, ingenioso como en la película.
¿Porqué el gobierno no se cargaría a ésa gente como los de la banda Baader-Mainhoffer en Alemania, que se les descubrió a todos suicidados en la cárcel? Era lo que pensaba él y que había oído una y mil veces a muchos de sus conocidos.
“De esta forma, sin hacer nada —continuaba dando vueltas a la idea—, seguiremos vendidos porque, como decía recientemente un concejal pamplonica que recibió amenazas de una banda terrorista vasca, cualquiera es objetivo de la famosa organización activista”.
Su hermano, también con un alto grado de desesperación, le llamó una tarde y le dijo que fuera a verle a su casa, pues estarían solos, ya que quería hablarle de una posible solución al secuestro, que le vino como una corazonada, a su modo de ver bastante normal, pero la decisión debía ser tajante.
Chema, ven esta tarde, he tenido un pensamiento para el caso; creo que podemos avanzar en la solución pero no comentes nada de esto a nadie, ni a tu esposa ni a la policía —le dijo convencido.
Ya en casa de Mikel, el hermano de José María, una vez a solas, éste le dijo: “mira, no tenemos otra solución que utilizar las mismas armas con ellos. Secuestro por secuestro. No hay que decir nada a nadie, ni a nuestros familiares. La policía no te lo permitiría y todo se iría al traste” —le repetía en casa aquello que le dijo por teléfono.
“Hay que secuestrar al hijo de algún número uno de los políticos que están a favor de los activistas, a un descendiente del cabeza visible del partido que está en su entorno, de ésos que más mandan y más salen de portavoces. A cualquiera de sus hijos, ¿comprendes? A ver cómo reaccionan cuando les secuestremos a alguno de sus hijos».
—Sí, pero… ¿cómo lo hacemos?, preguntaba el atarantado y turbado Chema.
—Yo te propongo lo siguiente: necesitamos bastante dinero; vamos al banco, pedimos un préstamo y ofrecemos, como aval, tu casa, tus acciones, las joyas de tu mujer, los dos cuadros del salón y yo pongo mi patrimonio. En total nos pueden dar unos ciento cincuenta millones o doscientos, creo yo, le explicó Mikel.
—Y luego ¿qué?, le preguntó a Mikel el no demasiado convencido Josemari, y cada vez más desanimado..
—Hay que buscar a alguien que sepa cómo se mueve ésa organización, alguien que esté un poco en contacto con ellos pero en contra, que se relacione con ellos y que sepa por dónde suelen andar los hijos de ésos políticos. Luego hay que ofrecerle los ciento cincuenta kilos para que secuestre al hijo mayor, de ése que es uno de los más duros ahora en el partido, el de la perilla, o el otro del bigote y la barba. O a alguien con más poder y que aparece menos en los medios que nosotros sabemos quiénes son o al que él conozca…
—Y, ¿cuando lo tenga secuestrado?, decía Chema siguiendo los argumentos casi sin poder tragar la poca saliva que le quedaba.
—Entonces lo tiene que tratar muy bien. Tendrá que buscar una lugar adecuado. Un buen chalet. Buen clima y en la montaña. Un lugar con ambiente, un lugar frecuentado, no aislado. Nos comunicará la realización del contrasecuestro y le entregaremos el dinero cuando esté hecho y en el lugar que acordemos.
La seguridad de una respuesta inmediata por parte de los políticos, amigos de los secuestradores de Teresa, era obvia para Mikel. Los dos hermanos habrían utilizado las mismas armas, las mismas exigencias, el mismo asesinato en caso de…, el mismo sufrimiento familiar y las mismas reacciones y motivos para lo que fuera.
Unos padres y hermanos sufriendo también por el contrasecuestro de un hijo suyo. Inimaginable. Este político del entorno habría de utilizar toda su influencia en el área donde tuviera autoridad para volver a poner el resultado del enfrentamiento en cero a cero, y no uno a uno, como pretendían los desasosegados hermanos; pero el político podría no tener el poder que se presumía.
Entonces, habría que secuestrar no a uno, sinó a dos hijos de familias distintas del mismo color político, o a tres, para presionar muchísimo más la devolución de la chica.
Mañana el Capítulo 5
