Seguimos con la quinta entrega del relato corto
El Tercer Maletín.
Capítulo 5
Iñaki, puesto frente al ordenador y a punto de entrar en Internet, sudaba mucho. Ya había aceptado la oferta a través de una intermediaria entre él y Mikel. La reacción de los Basagoitia ya marchaba y ciento cincuenta millones de préstamo, avalados con sus propiedades y un poco por la ayuda del director amigo de la banca BPVF, el Banco País Vasco Financiero, estaban siendo tramitados en la entidad bancaria, para ser entregados a su contratado contrasecuestrador, el apocalíptico Iñaki.
Éste tendría el primer maletín con el dinero en dos días, el tiempo necesario y el plazo mínimo que les había dado el director del banco PVF. Para ello, para realizar el secuestro, tenía que pedir a la organización argelina AfArAr (Afrik-Argel-Army), las armas y explosivos que necesitaba. Urgentemente. Por Internet. Pistolas, munición y algún fusil de cañones recortados y alguno de gran precisión. En este caso, los cócteles fabricados con el autoaprendizaje utilizando las ciberrecetas no eran necesarios. La forma de obtener el pequeño material bélico, era sencilla y utilizada por los narco-arma-traficantes argelinos en todo el mundo. Ningún control comercial en la red cibernética, ninguna barrera en el espacial mercado libre de armas y droga. Toda una simple cuestión de orden y estrategia.
La norargelina AfArAr de venta de artefactos para matar le contestó finalmente:
“le enviaremos un contacto a la disco Pumpaneckle”, en el lado Oeste de la ría…,
“A su llegada pida un cubata de ginebra francesa Isla de Mahón. Después, espere cinco minutos…”
Aquella discoteca llevaba el nombre apropiado, por el color de la noche igual al del famoso pan especial, cortado normalmente en lonchas —de color negro-moreno, envasado en papel transparente, importado de Alemania—. La ría, aquella hondonada de agua contaminada— estaba en vías de finalizar el gran proyecto gestado por la mayor asociación de la urbe bilbaína, la asociación Bilbao Metrópoli 30, con la finalidad de emprender acciones de formación y estudio encaminadas hacia la revitalización del Bilbao metropolitano —para hacer desaparecer todos los ladronzuelos y carteristas, además de algún vertedero de basura y poder acondicionar y tratar el agua de todas las alcantarillas con los embornales vertiendo a la ría continuamente—; los más arraigados bilbaínos utilizaban la genuina palabra vasca de Bilbo para su contaminada ciudat.
I continuaba el comunicado de respuesta:
“Después tiene que permanecer en la tercera banqueta de la oscura barra, durante quince minutos…”
“Apurar el vaso largo…”
“Salir hacia al aseo y volver en cinco minutos…”
“Leer el mensaje de la última servilleta más a mano…”.
Al leer lo que se había escrito con rotulador en la servilleta, el astuto Iñaki tuvo que salir hacia el Seven-Seven, el bar de maricas y follardicas más famoso de la ciudad —donde se apretaban y se abrazaban los más enamorados y donde se ponían calientes. Los vendedores argelinos querían dos contactos más, para seguir observándolo. En las comisarías del ennegrecido por el humo y deteriorado Bilbo, envuelto con el putrfacto olor a azufre que exhalaban las restantes fábricas de la revolución industrial, la policía tenía fichados más de quinientos mariquitas y gays de oscuro y desconocido origen, drogatas de hachís y coca. La mayoría de ellos habían estado presos en las cárceles españolas varias veces, cogidos en batidas nocturnas y en fiestas dadas por algunos magnates, propietarios de grandes e importantes yates —con las cuerdas del amarre tirantes por la fuerza del viento que los arrastraba— situados en la bahía, muchos de ellos de nacionalidad extranjera, con matrículas desconocidas dibujadas en la parte alta del casco y cerca de sus tajamares —y que debían tener un almirante al frente de cada uno de ellos.
Al final, las cinco de la madrugada, cambiaron las armas y el dinero. Junto a las armas, el amigo Iñaki tenía que comprar, ¡sorpresa!, por diez kilos más, un poquito de droga. De pura droga, para poder multiplicarla por diez, por veinte. Compra obligatoria para conseguirlas; éso era ahora la moda. Lo obligaban a comprar dos artículos para conseguir lo deseado. Le metieron gato y liebre. Esto lo hirió un poco pero pensó que con la droga podría sacar un valor de cien o doscientos millones de la devaluada moneda española y esto lo calmó.
El contrasecuestro lo realizó a los dos días. Iñaki cogió a los dos jóvenes que pretendía Mikel, a ambos adolescentes en la misma noche y en el ar de copas El Chiquito’s Night, el rey del kalimotxo, la úlyima derivación americana del vaso de vino hacia el combinado de bebida hecha de vino tinto con cocacola, el mejor mixing español-americano del momento. Este bar de copas también llevaba el sello y el emblema de la ciudat de ser el dueño del intercambio del hachís, con un sonido constante y total de heavy-metal todas las noches —produciendo una algazara subterránea que no disminuía hasta el alba.
Las puntas de los cañones de ambas pistolas —sujetas con las manos por los contrasecuestradores con las miradas turbias a causa del nerviosismo— presionaban las sienes de ambos secustrados. Después, el amigo que acompañaba a Iñaki, con un nivel de estrés acojonante , marcó un número de teléfono e hizo hablar —desde una extensión telefónica de un almacén lleno de trastos y para demostrar que la acción se había llevado a cabo—; a ambos secuestrados directamente con el inseparable móvil de Miguel, que estaba esperándolo porque aún no había conciliado el sueño de tan nervioso que estaba —pero sí un poco adormecido y desgalichado por las horas que eran—. Un poco más tarde el futuro pachá vasco recibe la segunda entrega de dinero prometida: la segunda tercera parte de todo el dinero gestionado en el banco del país vasco por los Basagoítia. En éstos momentos ya no tenían nada; solo el resto de los ciento cincuenta millones. Todo su patrimonio estaba hipotecado por el préstamo.
Una vez que los dos atemorizados hijos del entorno abertzale fueron capturados sin ningún miramiento por Iñaki y el endemoniado amigo de aventuras —un borroka arrepentido— y luchador contra los beltzas —miembros de la brigada móvil de la Ertzaintza con un aspecto enfermizo y una increíble mala leche por la cantidad de monos acumulados que tenia de vez en cuando —y a veces casi continuos, los trasladaron a un piso con muy buenas vistas de la bahía y, por el sin sentido con el que actuaban, era un lugar contrario a la idea inicial que había programado Mikel. Encerrados los dos chicos en una habitación cada uno y atadas las manos con fuertes cuerdas —uno de ellos pataleaba tanto que tuvieron que hacerle un nudo también en los tobillos—, quedaron a la espera de que sus padres utilizaran con diligencia su poder político para la liberación rápida de Tere y, a continuación, la de ellos, sus hijos.
Mañana Capítulo final,
Capítulo 6
