Malos tiempos para los ‘comegambas‘.
España atraviesa una crisis silenciosa en la representación de sus trabajadores.
La afiliación a sindicatos ha disminuido desde el 15% a principios de los años 2000 hasta situarse ahora entre el 12% y el 13%, según datos de Funcas publicados este lunes, que se basan en información de la OCDE.
Este es el porcentaje más bajo registrado en un cuarto de siglo, un descenso que contrasta de manera drástica con otros países europeos: Italia se mantiene cerca del 30%, Alemania ronda el 14% y Suecia alcanza un notable 66%.
Este fenómeno no es exclusivo del ámbito español, aunque aquí adquiere características alarmantes.
En muchas economías avanzadas se ha detectado un debilitamiento de la afiliación, pero la transformación estructural del mercado laboral en España ha acelerado este proceso con una fuerza inusitada. El aumento de la temporalidad, la mayor rotación laboral y la precarización de las relaciones laborales han creado un caldo de cultivo propicio para que los trabajadores se alejen de las organizaciones sindicales.
Resulta inquietante que dos de cada tres asalariados españoles nunca han estado afiliados a un sindicato. El 66% de la población trabajadora permanece completamente ajena a cualquier estructura sindical, lo que sugiere una integración limitada de amplios sectores del mercado laboral. Esta cifra no solo indica una crisis en términos de afiliación, sino también una crisis en la legitimidad y capacidad para atraer a nuevos miembros por parte de estas organizaciones.
Los jóvenes, la brecha generacional que no cierra
El análisis por edades presenta un panorama desolador para el futuro del sindicalismo. Entre los trabajadores menores de 30 años, apenas el 5,5% está afiliado a un sindicato. En las dos grandes organizaciones, Comisiones Obreras (CCOO) y la Unión General de Trabajadores (UGT), la situación es igualmente crítica: CCOO cuenta con cerca de 100.000 afiliados menores de 30 años, mientras que UGT —que tiene casi un millón de miembros— solo alcanza un escaso 9,4% en esta franja etaria.
Entre los empleados con edades comprendidas entre los 25 y 44 años, el porcentaje que está afiliado es del 18%. Sin embargo, esta cifra se desploma hasta el 10% entre quienes trabajan a tiempo parcial. La diferencia se vuelve aún más pronunciada con los contratos temporales, donde prácticamente no hay sindicalización. Por otro lado, entre los trabajadores de entre 45 y 64 años, la distinción entre jornada completa y parcial casi desaparece: un 26% frente al 24%.
Héctor Cebolla, investigador en Funcas, lo expone con claridad: «Los sindicatos parecen tener una dificultad particular para conectar con los jóvenes que enfrentan menos estabilidad laboral». Una vez alcanzada cierta estabilidad y acumulada experiencia laboral, es notable cómo aumenta la tasa de afiliación. Pero aquellos nuevos en el mercado laboral, especialmente quienes están atrapados en empleos precarios, encuentran escasos incentivos para afiliarse a organizaciones que históricamente han representado mejor a trabajadores con trayectorias más estables.
La precariedad como barrera infranqueable
La temporalidad se erige como el enemigo silencioso contra la sindicalización. Entre los jóvenes de entre 16 y 24 años, un alarmante 41,7% tiene contratos temporales; esta cifra disminuye al 32,5% cuando se considera el grupo de edad entre 16 y 29 años. Estos trabajadores, atrapados en empleos mal remunerados e inestables —y muchas veces discontinuos— ven pocas razones para contribuir económicamente a una cuota sindical cuando su permanencia en las empresas es tan efímera.
El desempleo juvenil complica aún más esta situación. Actualmente, el 25,4% de los jóvenes no tiene empleo según datos proporcionados por la Encuesta de Población Activa (EPA). Cuando prácticamente la mitad de una generación se encuentra desempleada o ocupando puestos precarios, afiliarse a un sindicato se convierte en algo que pocos pueden permitirse. Funcas alerta sobre cómo esta baja tasa de afiliación en segmentos vulnerables limita la renovación generacional dentro de las organizaciones y contribuye al envejecimiento progresivo de su base social. Esto incrementa el riesgo real de que gran parte del colectivo asalariado quede poco representada en los mecanismos del diálogo social.
Negociación salarial en territorio incierto
Mientras caen las cifras de afiliación, la negociación colectiva intenta mantener su impulso. En enero de 2026, los salarios acordados subieron un 2,87%, superando así el IPC del 2,4%, aunque quedó por debajo del incremento del 3,53% registrado en diciembre anterior. Este avance salarial marca el primer descenso por debajo del umbral del 3% tras diecisiete meses consecutivos con subidas superiores. Esto puede ser indicativo del desgaste del poder negociador dentro de los sindicatos.
Para el nuevo Acuerdo para el Empleo y la Negociación Colectiva (AENC) propuesto por UGT y CCOO, se plantea una mejora salarial fija del 4% anual durante tres años. Esto supondría un incremento acumulado del total alcanzando hasta un12% hasta el año 2028. Sin embargo, lo cierto es que más de la mitad de los trabajadores carecen aún de cláusulas que resguarden su poder adquisitivo ante variaciones inflacionistas dentro sus convenios laborales.
Los convenios firmados durante este año muestran una subida media del salario del3 ,2%, afectando a unos6 ,31 millonesde asalariados. Sin embargo ,la fragmentación es palpable: mientras los convenios empresariales registran aumentos medios del2 ,48%,los sectoriales llegan al2 ,9% [3 ]. La jornada media pactada asciende a38 ,05 horas semanales ,superando las37 ,5horas queel Gobierno pretendía fijar como máximo legal [3 ].
El desafío de la representación
Lo curioso es que los jóvenes valoran positivamente a los sindicatos más allá del escaso interés por afiliarse. Según encuestas realizadas por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) ,los grupos etarios que mejor valoran estas organizaciones son precisamente aquellos comprendidos entre18y24años y25y34años [4 ]. Existe una desconexión profunda entre esa percepción favorable y la acción concreta hacia la afiliación; esto pone sobre la mesa que las organizaciones sindicales no logran convertir esa simpatía en compromiso real.
Funcas resume bien este dilema: «En España ,los sindicatos mantienen una presencia relativamente sólida entre aquellos trabajadores con trayectorias estables ,pero enfrentan importantes dificultades para integrar tanto a nuevos entrantes al mercado laboral como a quienes ocupan posiciones más vulnerables»[1 ]. Este patrón representa un desafío existencial para garantizar la sostenibilidad futura dela representación sindical .Sin renovación generacional ni capacidad para atraer a trabajadores precarios ,las organizaciones corren el peligrode transformarseen estructuras cada vez más envejecidas,y menos representativas,en un mercado laboral cambiante velozmente .
