El nuevo presidente de la CAM, Modesto Crespo, acaba de decir que su entidad y Bancaja tienen más recorrido solas que fusionadas. No piensan así los políticos, que ya están moviendo el sillón de su colega, José Luis Olivas.
Y es que si los partidos estaban encima de las cajas cuando éstas iban bien, aprovechan ahora su debilidad para apropiárselas del todo. Basta que la vicepresidenta Elena Salgado insinúe una próxima regulación estatal para que las comunidades autónomas se precipiten al asalto.
Pasa en Caja Madrid, con las maniobras de Esperanza Aguirre para cargarse a Miguel Blesa. En Castilla y León, si la consultora Deloitte desaconseja la fusión de Caja Duero y Caja España, en vez de hacerla caso se cambia de consultor y sanseacabó.
En Andalucía, cuando Manuel Chaves lo correcto era fusionar Unicaja con la dañada CCM, porque las respectivas comunidades son socialistas; pero cuando quiere hacerlo Caja Sur con la más solvente Caja Murcia eso se considera un delito de leso andalucismo.
O sea, que se va hacia una única caja por comunidad, posiblemente tan dispendiosas ellas como lo son las televisiones autonómicas.
Con la reforma que viene no se trata, pues, de apuntalar el sistema financiero, beneficiar a los impositores, salvar las Obras Sociales y ayudar a las empresas sino de aumentar el control del lehendakari de turno. Es decir, que vamos hacia el final de un modelo de cajas, pero no necesariamente para bien.
