He pasado el fin de semana en Montserrat, junto al Monasterio. Mis suegros cumplían 60 años de feliz unión. Nada mejor que volver al templo donde se casaron, esta vez rodeados de una larga prole que ellos mismos propiciaron.
La montaña mantiene su secular encanto mágico. El sol alumbró el mediodía y las nubes y el viento le siguieron como por ensalmo.
Leí en una guía que hasta allí llegó hace muchos años el llamado continente balear. Qué sugestivo. Deberé indagar sobre el sustrato geológico de aquellos queridos lares.