Ardo en deseos de reencontrarme con Alemania. Como si de una antigua amante se tratase. Para preguntarle: ¿y a ti, cómo te ha ido?
Residí de 1980 a 1983 (en mi época universitaria) en Heidelberg, Munich, Bremen y Berlín Occidental. Fui dos veces becado por el ministerio alemán de Asuntos Exteriores de la República Federal Alemana (RFA). En décadas posteriores mis visitas fueron fugaces: Königswinter, Stuttgart, Hannover, Hamburg y el Berlín reunificado.
Fueron las primeras visitas las que me dejaron un gran poso cultural. Aprendí a amar aquel país. Una nación que ha generado grandes filósofos. Precisamente por ello Pep Guardiola se encontrará muy bien allí. Porque él es también un filósofo.
Y el gran legado de aquellos años: mis sólidos conocimientos de las bases de la enrevesada lengua alemana. Aprenderla fue una genial gimnasia mental. Y una invitación a la disciplina. Lengua con múltiples variables tácticas lingüísticas (posición de cada palabra, declinaciones, verbos al final de las frases subordinadas), sólo se la puede dominar en base a un tiqui-taca continuo de ensamblaje de vocablos.
Gran lengua, gran país.
(Grandes paseos míos aquellos por el Philosophenweg de Heildeberg; vibraban las aguas del rio Neckar, perfumaba el aire el humus del bosque húmedo y todo aquel paisaje revelaba tanta grandeza…)