Ha pasado mucho tiempo…
En concreto, más de 30 años. Tres décadas largas sin admirar el tupido moño rubio de Fräulein Klein, sus maneras pulcras y ultra diligentes.
De hecho, en estas tres décadas hasta los usos de la lengua alemana han cambiado respecto al voacablo «Fräulein». Mi jovencísima y rubicunda señorita Klein debe ser llamada ahora en puridad Frau Klein (señora Klein), aunque a todas luces aparenta soltería e incluso -aunque es arriesgado suponerlo- aún no ha conocido varón. Razón: el alemán moderno ha proscrito el término «señorita».
En cualquier caso, Fräulein Klein acompañó en 1978 mi primer año de introducción a la lengua alemana como personaje de ficción de mi manual: una secretaría de dirección que desde la primera lección se desvive por atender a su jefe, el señor Hartmann, continuamente de viaje.
Este era mi universo de personajes teutones cuando empecé a decir mis primeras palabras en alemán, seducido por un libro de introducción a la lengua alemana escrito en inglés y que -si no recuerdo mal- encontré en la biblioteca general de la Universidad Autónoma de Bellaterra (se estaba muy bien; no iba nadie, salvo yo). Al empezar yo ya entonces a dominar el inglés, decidí ampliar mi radio linguïstico de acción a la lengua de Goethe.
Ha llovido mucho desde entonces y si bien me enorgullezco de mi interés precoz por la lengua alemana, debo reconocer un error: haberla estudiado de manera asistemática e intermitente.
Con todo, es bueno mi bagaje de conocimientos y deseo compartir mi metodología con aquellos que a mí se han dirigido para que les oriente al respecto. Pronto podrán leer inserciones sobre «el Método Violán para aprender el alemán», en el bien entendido que éste es un proceso que nunca acaba y que pone a prueba la paciencia del más pintado.
Pero todos los neófitos tendrán mi apoyo incondicional. Das ist klar!