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Hacía tiempo que no sentía tanta desazón después de leer un artículo de opinión. De hecho, casi he tenido que releer lo que ha escrito hoy Salvador Sostres en El Mundo para comprobar que no iba en broma. No, su artículo ‘Las 10 auténticas medidas’, en el que ofrecía a Mariano Rajoy el decálogo que éste debería tomar para salir inmediatamente de la crisis, iba muy en serio.
No voy a entrar en profundidades. Digamos que el modelo político ideal para el señor Sostres sería aquél en el que “nada fuera gratis”. “Ni la sanidad, ni la enseñanza, ni nada”, incide. Así, los hospitales y colegios han de partir de “redes privadas”. Sin excepción, porque si el Estado osara siquiera construirlos incurriría en “competencia desleal a la iniciativa privada”. Sigamos. Tercera medida: “Acabar con las subvenciones”. No hace falta aclarar que no caben las excepcionalidades. ¿Ni siquiera becas de estudio para familias sin medios? ¡Válgame Dios!
¿Las televisiones públicas? “Cerradas”. Ha de ser que eso de garantizar la pluralidad y un mínimo servicio informativo no tiene ningún valor para que haya una sociedad emancipada, madura, reflexiva y libre… Total, ¡si la propia concepción de la sociedad es un ente extraño y dañino para el individuo! Continuemos: “Libertad de horarios”. Ea, ¡pues barra libre para las jornadas laborales de 24 horas! Si lo fija el empresario y el currante lo acepta, será legal, ¿no? ¡P’alante! Sexta propuesta: “Abolición de los convenios”. Claro, ¡¿para qué hacen falta convenios laborales si siempre habrá muertos de hambre que acepten arrastrarse por ganar tres duros a cambio de 24 horas de su vida?! ¡Cómo que 24 horas? ¿Sólo? Al día, se entiende. Siete días a la semana y 365 días al año, por supuesto. ¡Y jubilarnos a los 90, que el Estado no tiene nada que decir! Hombre, ¿no curran los negros y los chinos a destajo y no se quejan? ¡Pero si hasta los niños quieren trabajar y ganar pasta! Sí, eso han de ser las sociedades evolucionadas.
La siguiente medida continúa con la lógica: “Abolición de los comités de empresa”. ¡Faltaría más! Urge “acabar con ese atraco al empresario que son los comités”. Se va calentando la cosa: “Abolición del derecho de huelga”. La explicación es clara, límpida e inapelable: “En un Estado repleto de garantías y con libertad para que cada cual pacte sus garantías laborales, es siempre un chantaje”. La novena, “igualdad ante la ley” (¡gracias!), precede al colofón. Esta última medida merece que sea reproducida íntegra: “Ponderación del voto. Todo el mundo tiene derecho al voto, pero el valor de ese voto tiene que estar ponderado por la aportación que el individuo hace al Estado (declaración de la renta). Es justo y proporcional que quien más aporta más decida; y sería beneficioso que aquellos que más éxito han tenido pudieran iluminarnos, y que su opinión fuera mucho más importante que la de los que siempre han fracasado”. Sí, han leído bien: que el voto de los más ricos valga más que el del resto, que el de los más pobres.
He aquí, expuesto con la impostura moral que resulta habitual en el señor Sostres, un valiente (en el sentido de políticamente incorrecto) alegato de lo que muchos liberales ortodoxos piensan en realidad (aunque no lo digan). Es decir: la sociedad, el Estado, la colectividad, la Humanidad… son conceptos equivalentes a la amenaza para el individuo superior. ¿Que cuál es éste? El más rico, el que “se ha hecho a sí mismo y ha sabido aprovechar sus oportunidades”, como diría un defensor de esta dictadura del liberalismo, antitética del monopolio del proletariado y prima hermana del anarquismo utópico.
Lo que no dicen el señor Sostres y sus camaradas capitalistoides es que, por la historia humana, por el contexto concreto, por las condiciones de vida heredadas, no todos partimos con el contador de oportunidades a cero. ¿Cuántos líderes se han perdido por haber nacido en una familia desestructurada, un barrio pobre o un país cuya materia prima permanece colonizada por el omnipotente Primer Mundo? ¿El señor Sostres diría lo que dice si hubiera nacido en el sitio o el momento equivocado? Si hubiera nacido pobre, si el Estado no le hubiera procurado una mínima educación o si, valga el ejemplo hipotético, un hospital público no le hubiera curado una posible enfermedad venérea que él no se pudiera sufragar, ¿mantendría que “la igualdad de oportunidades es una entelequia que ni existe ni existirá jamás”?
Que no se moleste ni en pensarlo, porque lo suyo no tiene arreglo. Leyéndole que “el Estado no tiene que alterar la competición entre los ciudadanos”, no hay esperanza de que vea que el de sociedad puede ser un bello ideal si equivale a fraternidad y deseo sincero de que la vida sea un camino compartido en vez de un solitario, oscuro y podrido huir del yo hacia la “competición”. Si esto es herencia del darwinismo social, yo prefiero afiliarme al Partido Creacionista por la Justicia, la Igualdad y la Verdadera Libertad.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
