
Aunque, tristemente, haya quien quiera hacer batalla y critique a los que ensalzan las virtudes de uno como si se tratara de un desprecio al otro, y me da igual en el sentido de que se trate, yo soy de los que valoro como un tiempo único esta situación excepcional por la que conviven el Papa vigente y el emérito. Y es que creo que, aunque es cierto que Papa solo hay uno y este es Francisco, es una oportunidad histórica el que pueda tener a su lado a alguien de la talla de Benedicto XVI. Ambos conforman un tándem providencial.
No podemos olvidar que la indudable revolución que ha estallado con Bergoglio ya fue impulsada por Ratzinger. El alemán ya dio los primeros pasos para meter en cintura al turbio IOR (el llamado Banco Vaticano) y fomentar la transparencia total en la gobernanza económica de la Santa Sede; ya denunció públicamente la existencia de “lobos” internos que, con su antitestimonio, ya menoscababan la credibilidad de la Iglesia; ya demandaba un mayor esfuerzo por abandonar los excesos clericalistas y oficialistas y salir al encuentro del hombre de hoy; ya mostraba una especial fraternidad hacia la Vida Religiosa y los miembros de otras Iglesias y confesiones, con gestos y hechos; ya criticaba los excesos de un modelo económico que no tiene en el centro a la persona y sí al capital… Y, con su histórica renuncia, indudablemente revolucionaria, ya nos dejó clara la necesitad de un Papa que viniera con fuerza para impulsar los cambios que la Iglesia necesita inexorablemente.
Lo que ocurrió fue que nos llegó un Papa “del fin del mundo”, un argentino jesuita que se hizo llamar Francisco. Y con él llegó el ciclón: llegó la apelación a una Iglesia “pobre” que no se “encierre” en sí misma porque así se “enferma”, sino que ha de salir a las “periferias” a través de “pastores con olor a oveja”; llegó la crítica descarnada al “carrerismo” eclesial, desnudando los intereses bastardos de quienes se quieren servir de la Iglesia para engordar su ego; llegó el agradecimiento necesario y profundo a una Vida Religiosa tantas veces criticada con virulencia desde dentro por su modo de moverse en las fronteras, allí donde están quienes más sufren; llegó un alud de gestos hacia los hijos de otras comunidades eclesiales y confesionales; llegó una oleada inmensa de empatía y amor con la gente de la calle, plagada de intensísimas palabras y abrazos; llegó un ataque frontal contra un “capitalismo salvaje” que, a modo de “becerro de oro” de nuestro hoy, está matando al hombre; llegó el empezar a meter realmente en cintura al IOR y a los golfos de turno que aniquilan por dentro a la Iglesia… Llegó, en definitiva, el ahondamiento en la revolución. Tan necesaria.
Me emocionó la imagen de ayer, por la que aparecían juntos Ratzinger y Bergoglio (el primero, más anciano, sentado cual maestro), justo el día en que se presentaba la Lumen fidei (La luz de la fe). Y es que Bergoglio ha hecho mucho hincapié en explicar que la primera encíclica de su pontificado en realidad está escrita en su mayor parte por su antecesor, que pensaba publicarla antes de renunciar. Este hecho ha estado cargado por una honda humildad. Por las dos partes: Ratzinger no se guardó para sí el texto y Bergoglio ha querido recuperarlo para darle la dimensión global e histórica que solo puede tener apareciendo como encíclica. No me imagino a ningún nuevo presidente de Gobierno o al director de una gran empresa haciendo suyo un proyecto de su antecesor e insistiendo en que es obra de él. Estas cosas, aunque muchos se nieguen a admitirlo, solo ocurren en la Iglesia.
Por cierto, también fue un hito histórico que justo ayer se anunciara la canonización conjunta de Juan XXIII y Juan Pablo II. Cada uno en su estilo y agudizando su acción especialmente en algunos de los retos antes citados, también con ellos empezaron a cambiar muchas de los problemas que hoy alejan de la Iglesia a tantísimas personas de buen corazón. Y es que este 5 de julio de 2013 fue el día para la simbología de un tándem y cuatro Papas.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
