
Viva la vida. Con pasión, verdad y empatía. ¿Mi esencia? Mi familia y mi gente. ¿Tauromaquia? Hasta las trancas. ¿Madridismo? Sí, claro, pero el de toda la vida. ¿Avituallamiento? Sal, carne, pasta, café, vino, cerveza y ron con cola. ¿Mi paisaje favorito? Las musas. Estado del ánimo: ¿es posible la nostalgia bisoña y esperanzada? ¿Landete? Capital del Reino Republicano de España. ¿Tendencia política? Mediocentro abierto a las bandas.
Yo solo creo en Dios y en sus embajadores: Unamuno, Delibes, Lorca, Wilde, Benedetti y Neruda. Bueno, en Dios trato de creer como buenamente puedo, arrastrando unas piernas debilitadas que al menos tienen claro el sentido del camino. Deposito mis esperanzas en que el Papa Francisco suelte un escobazo y acabe con el ejército de lobos parasitarios que ensucian el cenáculo global. Trepas, carreristas, golfos e hipócritas: ¡váyanse a la mierda! ¡A la mierda!
Anhelo la revolución libertaria: vive y deja vivir. Empatía, empatía, empatía. Abajo los mangantes y arriba el Partido Decente. Antes, orgulloso de ser español. Hoy, incluso reniego de la palabra orgullo, salvo cuando se refiere a las personas. Solo las personas valen la pena. La única idea buena es la que en verdad sirve al ser humano. Lo demás, majadería que nos convierte en pasto de la división, hijos de Caín.
Mi única verdad: me aterra ferozmente morir. Y la inmensidad de un Universo eterno, que siga fluyendo por siempre mientras los míos y yo somos materia carcomida por los gusanos: la nada. Por eso, me aferro de un modo brutal a cada instante de vida.
Viva la vida. Con pasión, verdad y empatía. No le busques un sentido a esto. Es, simplemente, mi desnudo.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
