La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

A los que recelan del Papa Francisco

Escribo una intuitiva reflexión sin ningún ánimo de polémica. Simplemente es que, aun pensándolo detenidamente, no alcanzo a ver por qué algunos católicos recelan cada vez con menos disimulo del Papa Francisco. De ahí que, a brochazos, suelte algunas preguntas perdidas:

¿Es que no conocemos todos curas y obispos “funcionarios” y “carreristas”, entregados al medro y al interés individual? ¿Y no preferimos que sean pastores incardinados en medio de su pueblo, con creyentes y no creyentes? ¿Acaso somos tan ciegos que pensamos que la realidad de la Iglesia es únicamente la que vemos en nuestra vieja Europa y, dentro de ella, en nuestra convulsa España? ¿Caemos sin más en el error de ignorar las vitalistas, auténticas y originales experiencias de fe que desarrollan desde hace décadas comunidades implicadas en continentes como América Latina, África o Asia? ¿De verdad queremos una Iglesia amarrada al poder, con las servidumbres que eso implica? ¿O preferimos la maravillosa libertad de la independencia, siempre y cuando se mantenga el mínimo de que nos respeten como a cualquier otra comunidad?

¿Es falso que muchos católicos solo hablan de cuestiones morales referentes a la sexualidad, pareciendo estar “obsesionados” con un hecho tan natural y propiamente humano cuyo ejercicio no es en sí malo, sino que cada caso es un mundo? ¿Ser católico puede reducirse a cumplir una serie de preceptos, por mucho que estos sean importantes? ¿Y la gran esencia que ha de mover esto no es la misericordia, el amor absoluto a Dios y a todos los demás, desde unas entrañas de amor estallante?

¿Y no resulta fantástico que el Papa discierna de un modo crítico y constructivo, tratando todos los temas valientemente y yendo un paso más allá? ¿No es un precioso testimonio el que, a la hora de hablar del aborto y el divorcio, cuente el caso de una mujer por él conocida que, tras divorciarse y abortar, hoy está felizmente casada y tiene cinco hijos, deseando con todas sus fuerzas formar parte de la vida cristiana en su plena dimensión? Y si habla de la homosexualidad, ¿por qué va a ser malo que recuerde a “heridos sociales” por él tratados que, siendo personas de fe sincera, tienen que pasar por la prueba de sentirse excluidos? Y si todos nos llenamos la boca al alabar el esencial papel de la mujer en la Iglesia, ¿cómo va a ser negativo que el Papa se plantee la urgencia de que éstas ocupen puestos de verdadera responsabilidad en la Iglesia?

Y, aún más allá, ¿acaso no resulta providencial que, además de reconocerse “pecador”, Bergoglio narre con tanto detalle su mal hacer en sus primeros tiempos como superior de los jesuitas en Argentina, donde actuó con “autoritarismo”? ¿Existe mayor ejemplo de humildad? Pocas veces he escuchado a un eclesiástico reconocer que ha gobernado mal y ha errado en la tarea confiada. Jamás se lo oí a un Papa.

Le podemos dar todas las vueltas que queramos, pero yo lo veo de un modo mucho más sencillo: a un mundo triste y convulsionado, el Papa Francisco le tiende la mano y lo invita a conocer un tesoro de felicidad. Y sin preguntas previas. ¿Por qué algunos se empeñan en cuestionarlo todo? A los recelosos dentro de casa: como creyentes en Dios, dejaos llevar por los vientos frescos que soplan desde un corazón lúcido, comprometido y rebosante de ternura. Nada malo puede ocurrir, salvo que cuatro golfos pierdan sus prebendas injustamente atribuidas.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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