La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Al maldito Primer Mundo no le interesan 250.000 negros

Qué iluso soy… Pensaba que el hecho de que se conociera que 87 personas habían muerto de sed en el desierto de Níger (48 niños, 32 mujeres y 7 hombres que querían llegar a Argelia, como previo paso a “asaltar” la valla en Ceuta y Melilla y alcanzar su soñada Europa) iba a ser una noticia que conmocionara al maldito Primer Mundo. Fue hace una semana. Salió en los periódicos, como de rondón y tal. Y no, no causó un especial debate social. “Será que son pocos”, pensé cuando, por las mismas fechas, ya venía circulando otra noticia no menos llamativa: la República Dominicana, mediante una sentencia de su Tribunal Constitucional, retira la nacionalidad a 250.000 ciudadanos (en su mayoría, de origen haitiano) cuyos padres no tengan toda la documentación en regla.

Conviene leer lo siguiente muy despacio, a cámara lenta: en un país de diez millones de personas, se va a aplicar una dolorosa cuarentena con una medida que se hace retroactiva a 1929. ¿Qué significa esto? Que ya no son solo los hijos, sino que se quedan sin derechos los hijos de los hijos de los hijos de aquellos que en su día pudieron cruzar la frontera (la República Dominicana y Haití comparten la isla que en su día Colón bautizara como La Española) y, aun careciendo de papeles, pudieron ejercer los trabajos más sacrificados. Muchas veces, atraídos por los grandes terratenientes y empresarios, ávidos de mano de obra barata y con la que no era necesario “complicarse” con papeles. En definitiva, lo mismo que ocurre en este maldito Primer Mundo.

Muchos no son conscientes de lo que significa, pero esto no es, ni más ni menos, sino que hasta tres generaciones nacidas en un país (y, por tanto, pertenecientes a este a todos los efectos), de la noche a la mañana, son apátridas en su propia casa. Y, como tal, carecen de una documentación. Y, como tal, carecen de derechos sanitarios, educativos o electorales. Y, como tal, en cualquier momento pueden ser deportados allí donde parecen situarlos sus apellidos aborígenes y a donde, seguramente, muchos no hayan estado jamás; allí donde no conocen el idioma, donde a lo mejor no tienen a nadie conocido y donde lo van a tener mucho más difícil. Porque, desgraciadamente (y lo digo con el corazón en la mano, pues, desde que lo conocí con Manos Unidas, siempre digo que soy haitiano y español), Haití es el país más pobre de toda América.

Sin embargo, pese a la gravedad de este drama, no veo en España que este sea un tema que ocupe las sabiondas tertulias que sí abordan otros sesudos asuntos internacionales. ¿Será porque son solo unos negros? ¿Aunque solo sean 250.000?

Maldito sea mi maldito Primer Mundo, aquel que devastó otros lares con el maldito colonialismo de sus Estados y que hoy lo hace con el maldito colonialismo de sus multinacionales, aliadas de los propios Estados locales, ya corruptos. Y maldita sea la maldita prensa cómplice de mi maldito Primer Mundo.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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