Bin Salman aún no es rey, pero el reino ya se está construyendo a su imagen y semejanza

El articulo fue escrito por IONI BEN MENACHEM y publicado en EPOCH

El 13 de agosto, el rey saudí Salman bin Abdulaziz Al Saud ordenó la reorganización del Consejo de Ministros, encabezado por su hijo y príncipe heredero Mohammed bin Salman.

Los decretos reales emitidos como parte de esta medida pueden parecer cambios administrativos ordinarios: la mayoría de los ministros se mantuvieron en sus cargos, se sustituyeron altos funcionarios en varias instituciones económicas clave y Bin Salman recuperó la presidencia del Consejo de Ministros.

Sin embargo, según fuentes políticas y de seguridad de alto nivel, es precisamente la ausencia de un cambio drástico en la composición del gobierno lo que confiere a los decretos su relevancia política. Estos no crean una concentración de poder en torno a Bin Salman, sino que la confirman e institucionalizan.

Durante la última década, la estructura interna del reino ha cambiado. Los centros de poder, antes dispersos entre las diferentes ramas de la familia real, se concentran cada vez más en torno a una sola persona: Mohammed bin Salman. Según las mismas fuentes, este es el verdadero cambio que los últimos decretos permiten apreciar.

Tres decretos: un mensaje
Para comprender la importancia de estos acontecimientos, es necesario examinar los decretos en sí. El primero se refería a la reorganización del Consejo de Ministros. Según las fuentes, desde una perspectiva política, se trata de una ratificación de la estructura gubernamental existente.

Bin Salman ha ejercido como jefe del Consejo de Ministros desde 2022, compaginando esta labor con su papel de príncipe heredero. Por lo tanto, el decreto reafirma que quien está destinado a heredar la corona ya gestiona eficazmente el trabajo del gobierno y ostenta una parte significativa del poder ejecutivo.

El segundo decreto se refería a la Autoridad Saudí del Mercado de Capitales. Mohammed al-Qawaziz, quien dirigía la autoridad, fue sustituido por Mazen al-Sudairi. Este nombramiento es importante, ya que la Autoridad del Mercado de Capitales es un organismo regulador clave en la economía saudí. Sin embargo, este nombramiento por sí solo no debe interpretarse como una señal de que Bin Salman haya «tomado el control» del mercado de capitales. Según fuentes de seguridad, lo más probable es que el liderazgo saudí continúe reestructurando las instituciones económicas y regulatorias en consonancia con las prioridades del régimen.

El tercer decreto se refería a la autoridad responsable del contenido local y las compras públicas. El ministro de Energía, el príncipe Abdulaziz bin Salman, fue nombrado para el cargo. En este caso, la importancia radica en la relevancia del sector: las compras públicas y el aumento del contenido local son componentes centrales de la «Visión Saudí 2030», cuyo objetivo es expandir la producción nacional, desarrollar las industrias saudíes y reducir la dependencia de los ingresos petroleros.

Por lo tanto, según las fuentes, los tres decretos confirman el poder de bin Salman como príncipe heredero e indican que el sistema actual continúa estabilizándose en torno a un único centro de poder, mientras que las instituciones económicas se alinean con los objetivos estratégicos del liderazgo.

Como se mencionó, la concentración de poder en manos de bin Salman comenzó años antes. Desde su nombramiento como príncipe heredero en 2017, ha trabajado gradualmente para reducir los centros de poder independientes que existían dentro de la familia real y transferir el poder central a un círculo reducido a su alrededor.

El proceso afectó la seguridad, la economía, la administración y la política exterior. Cuanto más avanzaba, más se debilitaba la estructura tradicional de la monarquía saudí.

Durante décadas, la estabilidad de Arabia Saudí se basó no solo en el poder del rey, sino también en un complejo sistema de contrapesos dentro de la familia Al Saud. El rey era la máxima autoridad, pero los príncipes de mayor rango dirigían simultáneamente el Ministerio del Interior, el Ministerio de Defensa, la Guardia Nacional, las instituciones económicas y otros sistemas gubernamentales.

Esta estructura tenía sus inconvenientes: era engorrosa, lenta y, en ocasiones, requería que el rey llegara a acuerdos con diversos centros de poder. Pero también tenía una ventaja significativa: el poder no estaba concentrado por completo en manos de una sola persona.

Bin Salman cambió esta situación. Uno de los símbolos más importantes del proceso fue la operación de arresto en el Hotel Ritz-Carlton de Riad en 2017. Decenas de príncipes, empresarios y altos funcionarios saudíes fueron arrestados por orden de Bin Salman como parte de la lucha contra la corrupción. Muchos de ellos fueron liberados tras llegar a acuerdos financieros con el Estado.

Desde la perspectiva del gobierno, se trató de una lucha contra la corrupción y la devolución de fondos al Estado. Políticamente, sin embargo, el evento transmitió un mensaje más amplio: la era de los príncipes con bases de poder independientes estaba llegando a su fin. Quienes antes podían confiar en su estatus familiar, riqueza o conexiones dentro del sistema ya no son inmunes al nuevo centro de poder.

Desde entonces, el proceso se ha profundizado. Los centros de poder en materia de seguridad, economía y administración se han desplazado gradualmente hacia un círculo más reducido en torno a bin Salman. Por ello, el término «Estado salmaniano» se ha vuelto útil para describir el cambio. El centro de gravedad se ha desplazado de la familia extensa a la rama reducida del rey Salman y su hijo.

Bin Salman ya dirige el país que heredará.
La acumulación de cargos en manos de bin Salman es lo que mejor ilustra el cambio. Es el príncipe heredero, el primer ministro y la figura central en la configuración de la política económica y estratégica del reino. También es la fuerza impulsora de la «Visión Saudí 2030». Por lo tanto, cuando llegue el día de la sucesión, heredará un sistema que ya se ha configurado en gran medida a su alrededor. La pregunta obvia es si mantendrá la estructura actual o si unificará los cargos de rey y primer ministro, concentrando aún más poder en sus manos.

Todavía no hay respuesta. Según fuentes políticas y de seguridad, la concentración de poder tiene una clara ventaja: Bin Salman puede tomar decisiones con relativa rapidez, modificar las prioridades económicas, impulsar proyectos nacionales, firmar acuerdos y cambiar la política exterior y de seguridad sin tener que lidiar con los numerosos centros de poder familiares, como ocurría antes. Esta es una de las razones por las que Arabia Saudita ha podido realizar cambios económicos y sociales a un ritmo tan acelerado en los últimos años.

Sin embargo, este mismo mecanismo también genera debilidades. Cuanto más poder se concentra en una sola persona, más depende el sistema de su criterio. Los mecanismos de equilibrio tradicionales se debilitan y la capacidad de otros elementos dentro del sistema para bloquear o corregir una decisión errónea se ve más limitada.

El riesgo no reside necesariamente en una rebelión dentro de la familia real. Bin Salman ya ha demostrado su capacidad para neutralizar centros de resistencia. El riesgo es que un sistema altamente centralizado sea eficaz en tiempos normales, pero más vulnerable en tiempos de crisis.

La concentración de poder dentro del reino es solo una parte de la historia que ha vivido el país en la última semana. La otra parte se desarrolla fuera de sus fronteras. Según las fuentes, en los últimos años Riad se ha dado cuenta de que la dependencia de Estados Unidos ya no le proporciona la seguridad de antaño. Los ataques iraníes, la actividad de los hutíes, los daños a la infraestructura energética y las amenazas a las rutas marítimas han puesto de manifiesto la vulnerabilidad del reino.

Ha surgido un nuevo concepto: Arabia Saudí necesita desarrollar por sí misma la capacidad de actuar y el margen de maniobra necesarios para no depender de una sola potencia. Los lazos con China, el acercamiento con Turquía y el fortalecimiento de las relaciones con Pakistán forman parte de este proceso más amplio.

La «Alianza de La Meca» es la expresión militar de este cambio.
La «Alianza de La Meca», firmada recientemente entre Arabia Saudí, Turquía y Pakistán, es quizás la expresión más contundente de esta experiencia. Los tres países tienen capacidades, intereses y sistemas de toma de decisiones diferentes. También existen importantes diferencias en cuanto a las amenazas y la forma en que cada uno define su interés nacional.

Según fuentes de seguridad, en esta etapa la «Alianza de La Meca» es más una estrategia simbólica que una alianza operativa en toda regla. El mensaje de Riad es que Arabia Saudita busca más de una opción para garantizar su seguridad.

Aquí convergen ambos procesos: dentro del reino, Bin Salman está centralizando los centros de toma de decisiones; fuera, está ampliando el número de socios estratégicos de Arabia Saudita. Todo esto se basa en una visión del mundo clara que aspira a una Arabia Saudita más fuerte e independiente, menos dependiente de un único factor externo. Esto representa un cambio significativo en el equilibrio de poder en Oriente Medio.

Implicaciones para Israel
Desde la perspectiva israelí, altos cargos políticos afirman que este cambio exige un cambio de mentalidad. Una Arabia Saudita más fuerte, estable e independiente podría ser un socio importante para Israel en su lucha contra Irán y las amenazas regionales. Riad es una potencia importante en el mundo árabe, con enormes recursos, influencia religiosa y política, y capacidad para influir en muchos países.

Pero Israel ya no puede dar por sentado que esta poderosa Arabia Saudita formará parte necesariamente de un eje regional liderado por Washington y Jerusalén. Bin Salman propone un modelo diferente: Arabia Saudita como potencia con diversos socios y alternativas. Estados Unidos seguirá siendo un socio clave, China continuará siendo importante. Turquía y Pakistán podrían convertirse en socios de seguridad más relevantes, y otros países de la región podrían integrarse a la red de conexiones sauditas.

Para Jerusalén, esto significa que la antigua premisa, según la cual Arabia Saudita es principalmente un objetivo de normalización dentro del marco del eje Estados Unidos-Israel, ya no es suficiente. Es necesario considerar otra opción: Arabia Saudita como potencia independiente que mantiene relaciones con Israel de acuerdo con sus propios intereses, y no como parte automática de un solo bloque.

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Autor

Shimshon Zamir

Nacido en Argentina. Vive en Israel desde 1972. Casado... tres hijas... 8 nietos. Trabajó 30 años en la industria Química Israelí, hoy pensionado. Graduado en Sociología.

Shimshon Zamir

Nacido en Argentina. Vive en Israel desde 1972.
Casado... tres hijas... 8 nietos.
Trabajó 30 años en la industria Química Israelí, hoy pensionado.
Graduado en Sociología.

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