¿DÓNDE VA USTED, SIN LLAMAR…? (II)
POR JESÚS ARTEAGA ROMERO
(Sigue el de ayer.)
Si preciso hubiera sido,
seguiría yo aún allí,
esperando se vistiera;
mas vestida ya la vi.
Y es entonces cuando pienso
que la puerta ya hay que abrir,
pues la dama, mi señora,
se vistió toda por fin,
y quedó toda preciosa
como siempre yo la vi.
¿Comprendido ha, señora,
la lección de Tomasín?
¿Qué más da llamar o no
si antes yo a ella ya la vi
invisible, por su puesto,
mas visible para mí?
¿Para qué están las mirillas?
Para ver antes de abrir.
Y si ya está en condiciones
la señora Collarín,
¿qué le importa que yo pase
sin tocar el tin-tin-tin,
cuando ya está preparada
para ver y recibir
la visita que esperaba,
colocado el peluquín
y aun aquello que faltaba
una hora antes de vestir?
¿La señora ha comprendido
la lección de Tomasín?
¿Qué más da pasar o no
sin tocar el tin-tin-tin,
si ya vi por la mirilla
tal como ella estaba allí?
¿Qué me dice, gran señora…,
qué me dice, Collarín…?
La respuesta que me dé
se la firma…, Tomasín.
Tomasín
¿Me va Ud. ya comprendiendo,
mi señora, Collarín?
El que pasa sin llamar
ese sí que es Tomasín;
pero sé que es muy prudente,
muy sensato y muy sutil,
porque mucho antes de entrar
decidió cuándo ha de abrir
esperando a que la dama
se termine de vestir;
y, por tanto, allí esperó,
para verla sin vestir,
hasta ver que ya empezó
a ponerse el peluquín,
que fue lo último en poner
al vestirse, ya, por fin.
Y es entonces cuando paso
porque siempre soy así…
¿Qué más da pasar, llamar,
no llamar y puerta abrir,
cuando está Ud., mi señora,
en enaguas sin vestir,
o pasar cuando ya está
preparada para abrir,
cuando ya antes y después
que se fue Ud. a vestir,
por mirilla, cual pantalla,
de los dos modos la vi?
(Continuará mañana.)
Jesús Arteaga Romero