A QUIEN ME SALVÓ LA VIDA
(SU GESTO SERÁ UNA GESTA)
—¿Qué te pasa, Abel? ¿Estás llorando?
—Que soy feliz, Isabel. Sí. ¿Cómo no hacerlo tras leer este emotivo correo electrónico? Ven, siéntate y échale un ojo al último de sus párrafos.
Fui, tomé asiento y en la pantalla del ordenador leí lo que me hizo llorar:
“Hoy sé que, hace una década justa, cuando usted donó su médula ósea, ignoraba que yo, un médico guatemalteco, a miles de kilómetros de distancia, sería su fan más fiel o incondicional, quien le estará eviternamente agradecido por ser el ente causante, quid o porqué de mi esperanza. Hay quien llama a la deuda que he contraído con usted suerte, magia o justicia poética. Yo prefiero predicar que en su gesto generoso, altruista, advierto la mayor de las gestas humanas, una muestra encomiable, envidiable e inolvidable de auténtico amor al prójimo, el empujón que vino a salvarme la vida. Y, si, como se lee en el Corán y el Talmud, quien salva una salva a la humanidad, mientras viva, usted será, para este menda, su ángel de la guarda, héroe preferido y santo de más devoción y, para el resto, amén de ejemplo de empatía, espejo de solidaridad”.
Ángel Sáez García
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