El golpe final ha llegado. Cuba ha encendido todas las alarmas: no queda combustible para aviones. A partir de este lunes, los cielos de la isla se vacían mientras el Gobierno advierte a las aerolíneas internacionales que el queroseno se acabó.
Un Nota oficial—“JET A1 FUEL NOT AVBL”—confirma lo que muchos temían: los aeropuertos de La Habana, Varadero, Holguín y Santiago de Cuba no pueden suministrar una gota más de combustible.
Durante un mes, del 10 de febrero al 11 de marzo, el tráfico aéreo cubano quedará en un limbo. La ya golpeada industria turística, que apenas sobrevivía a los apagones, al éxodo y a las sanciones, entra ahora en estado crítico. Los hoteles languidecen vacíos, las reservas se desploman y las aerolíneas reorganizan rutas de emergencia haciendo escala en México o República Dominicana.
“¡No hay combustible!” es la frase que hoy resuena en los pasillos del aeropuerto José Martí. Iberia intenta calmar a los pasajeros flexibilizando tarifas, mientras Air Europa se ve obligada a detenerse en Santo Domingo para poder llegar a Madrid. Las imágenes de viajeros varados y empleados improvisando soluciones recorren las redes sociales.
Este apagón aéreo se produce en el peor momento económico de las últimas décadas. Cuba, que apenas produce un tercio de su energía, ve cómo se cortan sus últimas fuentes de crudo con la caída de Venezuela y las nuevas sanciones impuestas por Washington, que amenazan castigar a cualquier país que intente socorrer a la isla.
El turismo, otrora joya nacional, se hunde entre la escasez, la inflación y el silencio. La paradisíaca postal del Caribe se desvanece entre apagones, colas y aeropuertos semioscuros. Los viajeros huyen, los vuelos se reducen y La Habana, de nuevo, se enfrenta a su propio aislamiento.

