Charo Zarzalejos – Cuando la realidad empuja


MADRID, 30 (OTR/PRESS)

No tiene que ser nada cómodo pasearse por el planeta y que te sienten al lado de Letonia y Grecia; ni que aquellos cuya opinión –acertada o no– es escuchada en el mundo te aprieten las tuercas porque el «discurso» no concreta nada. Tiene que ser muy difícil sentir la presión de los mercados internacionales y muy complicado comprobar cómo no todo el mundo te quiere. Todas estas circunstancias, más la crudeza de los datos que nadie cuestiona, han tenido que influir, necesariamente, en el ánimo y la voluntad de quien ha venido profetizando una y mil veces que lo peor ha pasado y de todos aquellos que no sólo han ignorado, sino que han descalificado de manera reiterada y sonora las propuestas realizadas por personas, como el presidente del Banco de España, que saben de qué hablan y que al final se irán adoptando por el mismo Gobierno que las ha descalificado.

Ahora ya no hay margen para escapar de la realidad. El supuesto efecto placebo del «discurso» ha agotado todas las posibilidades, si es que alguna vez las ha tenido, y la magia no tiene resortes suficientes. La realidad española es agobiante. Con más de cuatro millones de parados, más los que se sumen a lo largo de este año 2010, con una caída permanente de la recaudación y con una deuda cada día más cara, no es necesario ser economista para concluir que o se acometen medidas inmediatas, o nos acercamos peligrosamente al borde del abismo.

Una realidad fea y dura que apunta a mantenerse durante un cierto tiempo es a la que el Presidente, por fin, ha decidido enfrentarse. No tenía más remedio. O se enfrentaba a ella, o la realidad le empujaba al mayor de los descréditos.

Llegados a este punto no se puede criticar por una actitud y su contraria, de modo que no seré yo quien critique la decisión del Gobierno de, cuando menos, reconocer abiertamente la gravedad de la situación. Si este reconocimiento viene acompañado de medidas, mejor que mejor. Lo que si resulta criticable es que ahora el Gobierno, sin despeinarse, se presente como el colmo de la responsabilidad, que pretenda la admiración generalizada por pensar en el 2020, cuando ha venido negando, primero, y luego infravalorando la realidad de ayer mismo.

No será desde aquí desde donde se critique al Gobierno por su preocupación por los más desfavorecidos, ni por las medidas adoptadas para paliar las situaciones más vulnerables, pero a muchos nos resulta llamativa la ausencia total de autocrítica. Hace apenas nada el ministro de Trabajo decía que «ninguna de las maneras» llegaríamos a los cuatro millones de parados y si no fuera porque las citas son demasiado numerosas traería a colación las innumerables ocasiones en las que según el Presidente nuestra situación había mejorado, comenzábamos a salir de la crisis. Y apenas hace unos días incluso no descartaba que estuviéramos saliendo de la recesión. Nunca he entendido esta vocación del Gobierno por la profecía y los pronósticos que nunca se cumplen. Siempre me ha sorprendido el desprecio a las opiniones ajenas, incluidas y en primer lugar por aquellas provenientes de gentes bien afines al PSOE e incluso del propio PSOE. Pensar que iban a hacer caso al PP era y es un puro delirio. ¿Cómo hacer caso a un partido que según los socialistas se alegran de que haya paro? ¿Cómo fiarse de una formación política que hace populismo? Solo decir que desde la Oposición se ha pedido una y mil veces reducción del gasto público. El Gobierno y su Presidente no harían nada de más si intentaran moverse con una pizca de humildad ante tanto desastre y ahora que el Ejecutivo se ha lanzado al inevitable ahorro, el PP no debería criticar lo que ha venido siendo una demanda recurrente.

Bien está pensar en el 2020. Lo único cierto es que entonces nuestra esperanza de vida será un poco más alta que ahora. Todo lo demás está por ver, por eso es bueno que nadie se agobie por un futuro tan lejano. Si hace cinco años nadie intuyó el desastre de estos años, da vértigo pensar en lo que puede ocurrir en la próxima década; pero lo que sí parece inevitable es que no sólo hay que repensar la jubilación de los trabajadores. La realidad empuja a repensar casi todo lo que se ha venido logrando, si queremos que estos logros que conforman el estado del bienestar se mantengan. Todos somos más pobres y, al menos, durante mucho tiempo, lo seguiremos siendo. Incluido el Estado.

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