Siete días trepidantes – Las miradas, puestas en el 26-j (por ejemplo).


MADRID, 13 (OTR/PRESS)

El portavoz parlamentario del Grupo Popular dice que la oposición «es cómplice de Bárcenas», acaso por solicitar la comparecencia de Mariano Rajoy en el Congreso de los Diputados ya este mismo mes de julio, cuando el Legislativo se difumina. Desde Andalucía, la Junta acusa a la juez Alaya, que instruye el «caso» de los ERE, de «hacer peligrar la democracia» . En un desayuno masivo, el ministro de Exteriores acusa a los españoles de denigrar al país: una encuesta dice que el 83 por ciento de los ciudadanos españoles piensa que España es un país corrupto, mientras que «solo» el cincuenta por ciento de los alemanes piensa lo mismo, aseguró, y se quedó tan fresco, el jefe de la diplomacia. Son apenas tres muestras -pero tengo muchísimas más_ de hasta qué punto parecemos todos, con el calor veraniego, haber perdido la cordura política.

Lo más cerca de una explicación oficial que hemos tenido a cuenta de las acusaciones derivadas del «caso Bárcenas» han sido las palabras de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, quien, al término del Consejo de Ministros, cuando está obligada a comparecer ante una prensa que «siempre pregunta lo mismo» (dicen en Moncloa), dijo que Mariano Rajoy, el gran ausente, ya dio las explicaciones que tenía que dar hace meses, se supone que cuando aseguró no haber recibido ni un sobresueldo de esos que ahora le quieren encasquetar. Por cierto que la vicepresidente, que sigue siendo la referencia más sólida en la actual situación, ha perdido, me parece, buena parte de aquella sonrisa con la que afrontaba a los chicos de la prensa.

Me dice alguna fuente monclovita que al presidente le están instando para que respete su compromiso de comparecer ante los medios de comunicación, sin restricciones de tiempo ni de preguntas, al término de este período político. Eso ocurriría, si ocurre -sería simplemente una locura que no ocurriese-, el próximo día 26, viernes, tras el último Consejo de Ministros antes de la diápora. Tal y como lo puso en marcha Rodríguez Zapatero, tal y como lo ha venido respetando su sucesor, Rajoy. Sabido es que el actual presidente -sospecho que, en mayor o menor medida, a todos los que han pasado por el sillón de La Moncloa_le causan erisipela los periodistas, más aún cuando están en tromba, más aún cuando tienen en su carcaj tantas oportunidades de formular preguntas comprometidas y, lo que es aún peor, cuando hay pocas posibilidades de responder evasivamente a un interrogatorio o de escapar por los pasillos del Parlamento.

Pero, ya que no lo ha hecho ahí, en el Parlamento, que lo haga ante esos periodistas, tan poco queridos, al menos, como Cayo Lara o como Rosa Díez, por poner dos casos de incordio parlamentario. Dudo de que la oposición, por muy unida que pueda estar en ello, presente una moción de censura, que sin duda perdería por la fuerza del número de escaños logrados el 20 de noviembre de 2011 -un año y ocho meses de suplicio para Rajoy y su equipo, aún intocado-. Ya he dicho algunas veces que resulta impensable que el presidente y sus ministros, y sus dirigentes del PP -no hay muy buena sintonía entre algunos de ellos, como todo el mundo sabe ya-, piensen que se pueden marchar de vacaciones agosteñas sin decir ni pío, argumentando que lo que la oposición quiere es utilizar a Bárcenas como ariete contra la estabilidad gubernamental y que hay periodistas que se la tienen jurada a Rajoy desde hace tiempo, y por eso hacen lo que hacen.

Ojalá fuera todo tan fácil, tan esquemático. Hay sondeos que muestran que existe más gente que cree en las acusaciones filtradas por ese presunto delincuente, tipo antipático donde los haya, llamado Luis Bárcenas, que a en las (no) explicaciones de ese señor al que muchos juzgamos honrado y preocupado por el bien de su país, aunque lo gestione mal, que se llama Mariano Rajoy Brey. Esta, señores, es la realidad. Una realidad mucho más importante de lo que el inquilino de La Moncloa piensa, o dice que piensa. ¿El 26-J, pues?

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