El “Naturalizador de Galapagar”»

El “Naturalizador de Galapagar”"

¡Y aquí llega el vicepresidente “segundón”!, “Pablenin”, y sienta su trasero podemita en un sillón de La Moncloa rodeándose por ilustres del Gobierno. ¡Empieza el espectáculo!

En una de sus resientes diatribas ha defendido que en las democracias avanzadas hay que “naturalizar” la crítica y los insultos dirigidos a cualquiera que forme parte de la estructura que configura el poder democrático. ¡Y después de la afirmación no tuvo que pagar ni un euro a los guardias civiles que impiden “naturalizar” su casoplón! “En democracia todos los poderes son objeto de crítica”, dijo el “vice”.

En este contexto la acepción de la palabra “crítica”, y proviniendo de quien proviene la frase, no queda referida a la “crítica constructiva o positiva”, esta no cabe en el enjambre neuronal del cerebelo podemita del “vice”. Ejercerla implica “analizar y juzgar de forma neutral, imparcial y desinteresada para extraer pros y contras sobre algo en cuestión”; y… ¿Os imagináis a “Pablenin” intentando ser neutral, imparcial y desinteresado? Por tanto, el “vice” se refirió a la “crítica destructiva”; esa que él incorpora de forma sibilina en sus discursos hegemónicos, deleitándonos con adaptaciones varias: La versión del discurso emotivo, el comedido, el del monje de clausura, el del profesor de universidad, el “me disculpo pero no dimito”, el del bolivariano acérrimo, el del Presidente de Gobierno, el del marido sumiso, el del “chulo de cojones”, el dirigido a los niños, el de víctima con “0” escaños en Galicia,… etc.

Los discursos “populistas” de “Pablenin” se sustentan en la “crítica destructiva” en sus dos arreglos: a) La “maléfica”, con la que resalta los defectos de sus adversarios políticos de forma arbitraria y sesgada, con la única intención de beneficiarse; aunque para “Pablenin” no existen los adversarios políticos, para él se trata de “enemigos”; b) La “bueniña”, que aunque también es destructiva, destaca aspectos positivos con la misma fuerza sectaria que la “maléfica”, pero la “bueniña” se la dedica a sus “súbditos” y “amigos del momento”. Sin embargo, todos, súbditos y amigos, estarán sujetos al abrazo del oso, tal y como se le propinó a Sánchez…, un abrazo que lleva implícito el diferimiento de una “puñalada trapera” a la altura del “hígado del confiado”. Una puñalada que será más profunda y mortal cuanto más se alargue su ejecución en el tiempo, pero que, ¡sin duda llegará!
La sintaxis no es el fuerte de “Pablenin”. Como el mal “tirador”, apunta con incontables palabras a todas partes con la intención de acertar con una de ellas en la diana. La palabra “naturalizar” en la frase “naturalizar el insulto” no tiene sentido; el “insulto” no es una persona extranjera, ni es una cosa de otro país, ni es una especie animal o vegetal…, se trata de un artificio más de “Pablenin”. Le encanta inventar palabrejas sin sustancia y lanzarlas al aire; más carnaza política para tapar sus voluptuosas nalgas de “mono bonobo”. Lo que “Pablenin” quiso defender es que “el insulto debe ser algo natural en el lenguaje del político”.
El insulto es “cosa” bien distinta a la “crítica negativa”, y ante opiniones tan diferentes sobre el empleo del insulto surge una pregunta: ¿El insulto debe emplearse de forma natural en el lenguaje? Y mi opinión, una vez meditada, y rumiada, es que… ¡depende! (Mis recuerdos a “Jarabe de Palo”). Depende de la persona que lo lance, a quién se le dirija, en qué circunstancias y en qué lugar se formule, y del tipo de agravio.

El acervo de insultos es casi interminable, supera con creces al de los elogios. Y, si los insultos son tan profusos y con propensión a engordar sin límites, ¿no os parece un desperdicio no usar esos predicados, siendo la palabra una de las herramientas básicas de los humanos? Dejadme hacer un paréntesis; últimamente ha florecido un insulto raro, rarísimo, el cual, a no tardar, se incorporará al listado de insultos como un sunami: Se trata de “Jorge Javier” (Refiérase a una persona homosexual, y presentador de televisión, que supera al abanto, al imbécil y al gilipollas).

La ventaja de los “insultos” es doble. Por un lado, nos permite imaginar la imagen de su dueño, del “bendito” que ha lanzado el “predicado con onda”, y, por otro lado, se vislumbra la efigie del “individuo” o del “señor” que se ha hecho merecedor del escarnio.

Con independencia de las aclaraciones posteriores, no dilataré mi entender: Con independencia de los “dependes”, estoy a favor de utilizar los insultos si surgen de una “boca limpia”, si se lanzan a una “persona y/o animal” que se encuentra a gran distancia física de quien le insulta, y si con la ofensa se produce el desahogo y la tranquilidad en ese “bonachón” que se ha tirado al pescuezo del “mamarracho”, utilizando solamente las palabras para decirle qué es y dónde debe estar.

Antes de avanzar en mi alegato, es preciso diferenciar qué es y qué no es un insulto. Intentaré explicarme con ejemplos. Si llamamos al presidente Sánchez “mentiroso, bolero, embustero, mendaz, falaz, traidor, pérfido… o trolero”; o si tildamos a “Pablenin” de “mujeriego, faldero, sucio, carnal, libertino, playboy, lascivo, braguetero, vicioso… o casanova mal arreglado con coletas”, ¿los insultamos? No, ¡no los insultamos! Sencillamente, los calificamos a tenor de sus actos y de la reputación que se han fraguado a pulso.

Sin embargo, sí insultaremos gravemente al presidente Sánchez si lo llamamos “franco, veraz, nítido, directo, honrado, honesto…”, del mismo modo que vilipendiamos a “Pablenin” cuando lo llamamos “casto, angelical, ascético, cándido, célibe, púdico, inmaculado, inocente, íntegro, pudoroso, moral… etc., o virginal bien trajeado y pelado al rape”.
El insulto surge cuando calificamos a una persona de forma inapropiada al utilizar calificativos que no se ajustan de forma fidedigna a lo que es, o ha demostrado ser con palabras o hechos, o a lo que posee o dice poseer.

Un insulto a estudiar es el de “sí y no”; aquel que razonadamente entra en campo de la duda. Veamos: Si llamamos a “Pablenin” “chepas el célibe”, ¿le insultamos? Pues sí y no…; “no” porque es algo cheposo, lo describimos, y “sí” porque de célibe “na de na”. Existe pues una diferencia nítida entre la descripción y el insulto; si a “Pablenin” le apellidamos “populista, comunista o bolivariano”, calificativos escritos en su frente, no le insultamos, lo retratamos.

Personalmente, prefiero el insulto directo al elogio socarrón, solapado y traicionero, el que se musita en diminutivo…, con el insulto directo me desahogo más. Cuando quiero insultar no abandono en el pecho ni a uno solo, me salen por la boca juntitos, de la mano, y como mínimo de media docena en media docena; me quedo relajado…, y el relax es tanto como el fastidio que me trago cuando a quien insulto le cae, como llovido del mismísimo cielo, un halago de alguien a quien tengo en estima. Aunque, últimamente, y gracias a Dios, no sufro ninguna “altercación por fastidio emocional del insulto”; «Pablenin» tan solo recibe un palo tras otro y los halagos…, los halagos no le llegan ni tan siquiera de su “Irenita” o de sus “palmeros” más destacados; Sánchez, Echenique y Monedero.

No es lo mismo que los insultos sean proferidos por “Pablenin” a un ciudadano que ese mismo ciudadano “elogie” con los mismos insultos al “Pablenin de los cojones”. El “vice” está sujeto a cierta compostura, aunque sea porque una parte de su salario precede del bolsillo de quienes le insultan. No es lo mismo insultar en una situación de “normalidad” que hacerlo en circunstancias “virulentas”, ni es lo mismo proferir un insulto en el Congreso que hacerlo en la sidrería de la esquina (aunque cada día se parecen más), ni lo es cuando se insulta teniendo la razón que no teniéndola. La normalidad del insulto es evidente, tanto es así que cuando olvidamos quitar la alarma el despertador y suena un sábado tempranito…, lo primero que decimos por lo bajini es, ¡seré gilipollas, hoy es sábado!

No quisiera terminar estos pensamientos sin dedicarle al “Naturalizador de Galapagar” algunas palabras no insultantes que pueden abrir algunas heridas a sus “leídos seguidores” y a él mismo. Son “voces” lanzadas al vacío, produciendo un eco que describe al “vice” y, al mismo tiempo, alivian mis fístulas. Así, sin ánimo de engordar el listado de “halagos”, apuntaré que “Pablenin” es “un mentiroso, chupa culo, irresponsable, acomplejado, machista, engañabobos, farsante, ex eurodiputado, español, niño pijo, profesor de universidad, antisistema, plagiador cum fraude, ladrón, vicepresidente, político, tipejo, políglota, manipulador, inservible, chepas, compatriota, marido, podemita, macho alfa, progresista, articulista, repugnante, coletas, Pablo Manuel, parlanchín, republicano, mujeriego, incendiario, populista, bolivariano, falso… etc., y, a pesar de lo cual, sigue siendo el “Naturalizador de Galapagar”; todo un despropósito. Un revoltijo de insultos y halagos; como le gusta al “Naturalizador”.

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