“¿Hasta cuándo abusarás de nuestra paciencia, Pedro?”, podríamos preguntarnos, canalizando a Cicerón mientras observamos, no sin cierto estupor, el devenir político de nuestro particular Catilina contemporáneo. No es que el paralelismo sea perfecto —Sánchez no conspira en las sombras; lo suyo es más bien a plena luz del plasma—, pero el espíritu es similar: la voluntad de mantenerse, cueste lo que cueste, aunque la estructura crujan y los cimientos rechinen.
Como Catilina, el presidente se presenta como defensor de una causa noble —el progreso, el diálogo, la convivencia—, pero bajo ese barniz late una ambición que no se ruboriza. Todo se subordina a la resistencia. Las convicciones, si las hubo, quedaron en algún punto entre Ferraz y Waterloo. Hoy lo único que permanece es un talento peculiar para gestionar equilibrios imposibles sin que tiemble el gesto.
Gobierna con un aire de superioridad ilustrada, como quien está convencido de que la historia le observará con indulgencia. No hay error que no merezca una medalla, ni crítica que no se convierta en una confirmación de su acierto. Sánchez ha hecho de la política un espejo, y en él solo cabe su reflejo.
Su corte —una mezcla entre senadores fieles y portavoces creativos— corea sin rechistar los mantras de la semana. Cualquier objeción es convertida en ruido reaccionario. La oposición no discrepa: ataca. Los medios no informan: conspiran. Si el Senado romano se agitaba ante la traición, el Congreso español bosteza entre aplausos previsibles y discursos con aroma a guion.
Pero lo más llamativo no es lo que se dice, sino lo que se omite. El paro estructural, la deuda creciente, la desafección ciudadana… Todo parece menos urgente que salvar la legislatura o preparar el siguiente golpe de efecto. La realidad, esa molesta intrusa, apenas interrumpe el relato.
Y mientras tanto, el ciudadano asiste con resignación a esta nueva Roma sin mármol, donde el poder no se ejerce: se administra como si fuera una marca. El liderazgo se mide en trending topics, y la coherencia, en porcentajes de fidelidad partidaria.
Catilina terminó huyendo, sí. Pero al menos sabía que el Senado ya no le creía. Aquí, en cambio, se finge normalidad, se firma otro pacto, y se sigue adelante como si no pasara nada. Aunque todo pase.
Y al final, la pregunta vuelve, persistente, como una piedra en el zapato democrático:
¿Hasta cuándo?
