Isaias Lafuente

Chapuzas frente a bromas.

El PP ha tenido una revelación y se ha dado cuenta de repente de que el Tribunal Constitucional necesita una reforma. Es tan apremiante que, después de haber gobernado doce años este país, decide afrontarla en los estertores de la legislatura. Se puede discutir si el tribunal encargado de interpretar la Constitución necesita cambios. Probablemente sí, como otras instituciones del Estado. Pero es indiscutible que, si la respuesta es afirmativa, una reforma de este calado en un órgano constitucional debería haberse producido buscando consensos previos y tramitado por la vía ordinaria, como proyecto de ley, con los asesoramientos de instituciones como el Consejo de Estado y el Consejo General del Poder Judicial y con un debate parlamentario a la altura de la reforma. Pero no, se hará por la vía de urgencia, sin consensos, sin debate, apurando una mayoría absoluta que según todas las encuestas no se reproducirá en la próxima legislatura. Podría darse la paradoja de que la reforma del Tribunal Constitucional acabe en el propio Tribunal Constitucional.

Como el movimiento se produce a unas semanas de las elecciones catalanas el aroma que desprende es el de ser una reforma a medida contra el presidente catalán Artur Mas, una respuesta más a su desafío soberanista. Pero por si hubiera alguna duda, Xavier García Albiol, líder del PP en aquella comunidad, se encargó de disiparla con lenguaje tabernario: «con esta reforma se acabó la broma». Está por ver que así sea, pero como principio general no parece el mejor camino acabar con bromas a base de chapuzas.

Con este atajo el PP vuelve a exhibir su escasa capacidad para elaborar diagnósticos certeros sobre problemas profundos. Piensa que aplastando a Mas acabará con el independentismo y la evidencia es que el independentismo ha crecido a pesar de que Mas y su partido no hayan dejado de menguar en su aventura. Porque el secesionismo engorda con el apoyo de ciudadanos que sin ser independentistas comienzan a pensar que, con todos los riesgos que supone, una Cataluña independiente quizás no sea peor que una Cataluña española. Ciudadanos que necesitarían ser cautivados y no amenazados porque, parafraseando a García Albiol, la situación no está para bromas.

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