Manuel del Rosal

La revista Forbes, el niño yemení Salem Abdalá Isa y el cuento «Cuánta tierra necesita un hombre»

La revista Forbes, el niño yemení Salem Abdalá Isa y el cuento "Cuánta tierra necesita un hombre"
Manuel del Rosal García. PD

Dos noticias se han cruzado en ese fin de semana. El sábado 17 TVE emitió un reportaje sobre la revista Forbes y los cuatro o cinco hombres más ricos del planeta. El domingo 18, Francisco Carrión firma la otra noticia sobre Salem Abdalá Isa, el niño yemení de 6 años que pesa cuatro kilos y sufre hambruna desde su nacimiento. Este es el mundo que vivimos, este es el progreso que hemos logrado: mientras unos pocos se revuelcan en el lodazal de sus riquezas, otros mueren en la más absoluta miseria sin que los que se revuelcan en su podrido dinero hagan nada para evitarlo.

Yemen es uno de los países más pobres del mundo. Yemen tiene hambre crónica, hambre bárbara, atroz, descomunal que afecta a tres millones de niños menores de cinco años, mujeres embarazadas y lactantes. La imagen de Salem es espeluznante, inconcebible, inaudita en un mundo que presume de haber alcanzado el mayor progreso de la historia de la humanidad, en un mundo donde más pobreza hay cuando más riqueza que nunca se acumula…entre unos pocos. La imagen de Salem hace vibrar, no ya las células, sino el átomo más escondido de nuestro organismo, y el torrente sanguíneo que nos alimenta, borbotea al hervir de indignación. Si alguien no se conmueve ante la imagen de Salem, viva expresión del hambre, es que está muerto como ser humano. Como muertos deben estar esos personajes de Forbes que amasan fortunas inconcebibles y con sus billetes, a modo de pantalla protectora, se tapan los ojos para no ver ese armazón de huesecitos tapizados de piel apergaminada, seca y sin vida. Estos señores de Forbes que, con tan solo dedicar un porcentaje mínimo de sus beneficios aliviarían tanta miseria, se dedican a participar en una competición obscena e indecente como es la de ser el «hombre más rico del planeta» o, como se decía antes cuando la riqueza estaba representada por la posesión de tierras, «el que más tierras posea». Porque ¿de verdad? ¿Cuánta riqueza necesita un hombre? ¿CUANTA TIERRA NECESITA UN HOMBRE?

«Cuánta tierra necesita un hombre» es el título de un cuento corto del escritor ruso León Tolstoy. Es la historia con final trágico de un campesino llamado Pajom que ambiciona poseer mucha tierra. Pajom, informado por un comerciante, se prepara para ir a la tierra de los bahskirios, donde este había comprado cinco mil desiatinas (*) de tierra por mil rublos.

Pajom, enfermo de codicia, partió hacia las tierras de los bashkirios. Allí les expuso a los ancianos su propósito de comprar tierra, estos le dijeron que le entregarían toda la tierra que quisiera. Pajom preguntó por el precio. «Tenemos un solo precio – le dijo el jefe: mil rublos por jornada» – «¿Qué clase de medida es una jornada?» «¿Cuántas desiatinas (*) tiene?» – «Vendemos por jornadas. Toda la tierra que consigas recorrer en una jornada será tuya, al precio de mil rublos». «¡Toda será tuya! – dijo el jefe -, Pero con una condición: si antes del anochecer no has vuelto al punto de partida, perderás la tierra y el dinero»

Aquella noche Pajom no pudo conciliar el sueño. Solo pensaba en la cantidad de tierra que podría abarcar en una jornada – «Marcaré una parcela muy grande – se decía». «En una jornada puedo recorrer cincuenta verstas (*)».
Empezaba a clarear y Pajom se dio prisa en salir para disponer del mayor tiempo hasta la caída del Sol. El jefe marcó la señal de salida y Pajom marchó decidido. Cada vez que creía haber hecho un buen recorrido, marcaba un agujero con su azadón. A la hora de comer y tras haber recorrido aproximadamente doce verstas, se sentó y comió, pero no descansó, su codicia de más y más tierra se lo impedía, aunque su cuerpo se lo solicitaba. El sol impenitente casi le cegaba y el calor se volvió sofocante. Tenía calor y sueño, pero su codicia era tan grande que le hacía creer que podría seguir adelante. «Aguanta unas horas y vivirás como un rey el resto de tu vida» – Se decía.

El cansancio y el sudor lo envolvían, quiso descansar, pero si lo hacía no llegaría al lugar de partida antes de que se pusiera el sol, así que, viendo como el sol no esperaba y bajaba y bajaba inexorablemente hacia el ocaso, Pajom arrojó la chaqueta, las botas, la garrafa de agua y el gorro para correr con más soltura. «Ah – pensó – he sido demasiado codicioso y lo he echado todo a perder; no lograré llegar antes de la puesta de sol» Corría y corría; Pajom corría ahogándose en su propia respiración. La camisa y el pantalón, empapados en sudor, se pegaban a su piel como otra piel. «Sentía como su pecho se dilataba como el fuelle de una fragua, como el corazón le latía como un martillo». Corría y corría Pajom sin sentir las piernas. «Mientras no muera de agotamiento», pensaba. Mascullaba para sí los miedos a morir, pero su codicia le impulsaba hacia adelante. «Haciendo acopio de sus últimas fuerzas, Pajom siguió corriendo, mientras el sol se acercaba al horizonte, cubierto de niebla, grande, rojo, ensangrentado» En un esfuerzo agónico Pajom alcanzó el punto de partida cuando ya al sol le quedaba una lámina de luz sobre el horizonte. Cayó de bruces. ¡Bravo – gritó el jefe – ¡Ha ganado mucha tierra!

Cuando quisieron levantarlo, un reguero de sangre le corría por la boca: había muerto.

«Un trabajador cogió el azadón, cavó una tumba lo suficientemente grande para alojar el cuerpo de Pajom y lo enterró». APENAS TRES ARSHINES (*) DE TIERRA FUERON SUFICIENTES PARA ENTERRAR SU CUERPO.

(*) medidas rusas ya en desuso

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