Laureano Benítez Grande-Caballero

Dos m ujeres y un destino

Dos m ujeres y un destino
Laureano Benítez Grande-Caballero. PD

Si es cierto que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, también debe ser correcta su versión negativa: que detrás de personajillos poco presentables debe encontrarse una hembra revestida de las mismas características.

Es esta una circunstancia poco estudiada en la política española, donde las primeras damas suelen revestirse de un aura de invisibilidad que, más que disminuir, contribuye precisamente a aumentar su marital influencia: matronas en casa, madrinas en gobiernos e ínsulas donde su maridito ostenta la vara de mando.

Voila tenemos a Begoña, consorte de Pedrito Picapiedra, Wilma que ya sobrepasó su época de vestal, pero que no por eso ejerce con menos eficacia su madrina je, cual Calpurnia rediviva que agobia a su Caesar para que cruce majestuosamente el Rubicon en una carroza dorada, y, agasajado entusiásticamente por el foro podemita, haga su entrada urbi te orbe en su palacio de invierno, entre una orgia de flashes desencadenados, pétalos de rosas y fanfarrias de trompetas imperiales.

La rumorologia le atribuye el vaticinio de que comería el turrón en la Moncloa. De momento, ha errado el tiro, pero del turrón al Turrion hay solo un paso, pequeño para la Humanidad, pero enorme para un matrimonio inoculado por el más tremendo virus de egolatría que vieron los siglos.
Copiloto de la vuelta en coche a España en la que se embarcara su maridito, iran de picnic con militantes y conmilitones, comerán tortillas en bares, se harán fotos democráticas y verbeneras, el ferozmente descorbatado, ella con la sonrisa bien planchada.

Todo sea por su Patria –que no es la nuestra, por supuesto–, a la cual podríamos llamar «Espoña», para que rime con Begoña.

Y más le vale a Pedrito que consiga el palacio de invierno para su mujer, si no quiere que Begoña le suelte el día menos pintado aquella tremenda frase, terror de los fracasados, que dice «Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre». De pasada, les comento su respuesta a la petición de mano que le hizo su Pedrito cuando la requebraba: «Si es si». Chapeau, mademoiselle.

Y, como no quiero ahora entrar en su vida profesional en una agencia de empleo que no deja en buen lugar el programa de su marido sobre la reforma laboral, pues pasemos a la empatante Irene Montero, compañera –o como lo llamen estos podemitas, tan amantes de las tribus familiares promocionadas por la cupiera Anna Gabriel– del Coleta morada.

¿A usted no le da una mezcla de escalofrío siberiano y de irrisión que esta tipa pueda ser un día la primera dama de «gentolandia» –lo que antiguamente fuera España–. Ninfa complutense, un día se dijo que la Moncloa bien vale un Iglesias, y se echó al monte, y de ahí le viene su apellido, que suena a Montería de apresar, acosar e insultar a fachas –o sea, todos los que no seamos podemitas o indepes–.

No es Pocahontas, ni Mata-Hari, ni Eugenia de Monterijo, ni tuvo la suerte de que su marchito-alfa la presentara a la americana, como hizo su amiguete Snchz con su Begoña, envueltos en bandera patria y todo–, pero se la ve muy animada, berreando en su escaño, levantando su puñito rosicler, portavoceando chorrada tras mamarrachada. Enchufada con el primer señor podemita, pues aquí la tenemos, convertida en una hembra-alfa alucinante, en una Irene de Vil de rompe y rasga, ante su espejito mágico de Moradanieve, que le responde sin rechistar que no hay ninguna hembra tan morada como ella.

Y así nos luce el pelo: por si no tuviéramos suficiente con el Pablete Picapiedra, en el pack nos viene también la Betty Montero, solo que echada al maquis definitivamente; si no nos bastase con el Pedrito Tacatum, pues nos trae de la mano a una Wilma que quiere pasear por los no salís de la Moncloa a su mascota, de nombre Dino.

Ante esta ominosa situación, que puede desencadenar en España la marimorada, no cabe decir eso de «¡Wilma, ábreme la puerta!», sino decir a los españoles el estribillo de aquella famosa canción: «¡Cierra la muralla!».Pásalo.

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