Ignacio Camacho

Una vez reconocido el derecho de autodeterminación, la independencia se convierte en cuestión de tiempo, de fecha

Una vez reconocido el derecho de autodeterminación, la independencia se convierte en cuestión de tiempo, de fecha
Ignacio Camacho. PD

LOS referendos de autodeterminación funcionan en todo el mundo bajo una regla no escrita que consiste en que, una vez celebrado el primero, deben repetirse periódicamente hasta que salga el resultado que los nacionalistas quieran. Naturalmente la serie se acaba cuando ganan ellos porque en ese momento proclaman la independencia y eso ya no tiene marcha atrás ni partido de vuelta.

Y en realidad tienen razón porque el mero reconocimiento de su derecho a la secesión convierte un debate sobre la soberanía en una simple cuestión de fecha.

Ni tres años han tardado los separatistas escoceses en exigir otra consulta para abandonar el Reino Unido.

El pretexto es su intención de continuar en la Unión Europea tras el Brexit, lo que entre otras cosas está prohibido en los tratados comunitarios. Pero el asunto de fondo consiste en que son conscientes de que el demencial referéndum de Cameron en 2014 les abrió la puerta de salida en términos jurídicos.

Y aunque entonces no la pudieron cruzar porque les faltó masa crítica -por los pelos- ya sólo tienen que encontrar, negociar o forzar las condiciones políticas para volverse a presentar al examen suspendido.

Por eso es una ingenuidad pensar que el conflicto catalán puede resolverse aceptando esa clase de desafíos. Es probable que si se celebrase ahora una votación sobre la independencia de Cataluña la perdiese el separatismo.

Pero lo esencial, que es el derecho de autodeterminación -los nacionalistas lo llaman «derecho a decidir», un eufemismo-, quedaría meridianamente reconocido.

Y el bloque soberanista no tendría más que esperar, trabajando en su hegemónica propaganda, a la reagrupación de las fuerzas necesarias para alcanzar su persistente objetivo.

Sin respetar cláusulas cautelares «a la canadiense» ni ningún otro acuerdo previo, como jamás ha respetado los límites competenciales del autogobierno.

Ese referéndum no se puede celebrar porque, a diferencia de Gran Bretaña, lo impide la Constitución. La soberanía española no es troceable.

Sin embargo, las bienintencionadas fórmulas de terceras vías o de cambios del marco legal tienen en el ejemplo escocés el reflejo de sus márgenes de éxito.

El nacionalismo nunca da por zanjada su aspiración de fondo; el error de Cameron, que demostró ser un dirigente de muy pocas luces, fue el de creerlo con ingenuidad de principiante.

El Brexit, su segunda y más dramática equivocación, no es ahora más que una excusa, una de ésas estratagemas de victimismo que los secesionistas siempre tienen a mano para romper las reglas de juego.

Porque el único juego al que aceptan jugar es el de su propio criterio. El juego de la continua deslealtad y del enredo eterno.

El juego de encontrar un problema para cada solución y una coartada para ir más lejos. El juego de romper pactos y transformar cualquier compromiso en un leve paréntesis de tiempo.

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