Esta mañana he amanecido con el consabido dolor en el hombro derecho, con la diferencia con respecto a lo habitual, que el dolor hoy era insoportable, o eso he creído por lo menos hasta que al alzar la cabeza tras atarme los zapatos me he dado en toda la coronilla con el canto, poco romo, de un mueble de los de antes; de esos que es imposible romper a fuerza de cabezazos.
Mucha sangre no ha salido, pero sí la suficiente como para esputar dos imprecaciones y manchar un par de algodones.
Ni que decir tiene que, en ese mismo momento, el dolor del hombro ha desaparecido milagrosamente.
Y es que, afortunadamente, el cerebro humano, en el tema del dolor, es como los antiguos ordenadores de primera generación, que eran incapaces de hacer dos cosas al tiempo.
Claro que cuando uno observa la complejidad y perfección del cuerpo y el cerebro humano, le cuesta creer que quien diseñó tan maravillosa maquinaria, fuese incapaz de instalar un software en el cerebro, capaz de hacerle sentir varios dolores al tiempo, en lugar de uno solo.
De hecho, si de sensaciones placenteras hablamos, el cerebro sí que nos permite disfrutar al mismo tiempo de un surtido de éstas, hasta el punto de hacernos decir aquello de “estoy en la gloria”.
Visto lo visto, he llegado a la conclusión de que, si a nuestro cerebro le cuesta sentir dos dolores diferentes al mismo tiempo, no es por un error o falta de inteligencia de quien lo diseñó, sino por un exceso de Misericordia del Creador. Personalmente lo tengo claro.

