Pedro Manuel Hernández: «Marlaska, el ministro que perdió el apellido de ‘Grande'»

Pedro Manuel Hernández: "Marlaska, el ministro que perdió el apellido de 'Grande'"

El ministro del Interior– antes Fernando Grande-Marlaska– ha acudido hoy al Senado a dar explicaciones en la Comisión  sobre la desastrosa gestión de los incendios forestales. Y lo hizo, como siempre, bien parapetado en la soberbia, repartiendo culpas y acusando a los presidentes autonómicos de pedir “lo imposible”. Nada nuevo bajo el sol: desde que aceptó ser ministro del megalómano Sánchez perdió la dignidad, la independencia y hasta su apellido. Marlaska dejó de ser “Grande” en el mismo instante en que se convirtió en un mero ejecutor obediente de las órdenes de Moncloa, dispuesto a tragar con todo, incluso con la manifiesta humillación personal de defender lo indefendible, por injusto e inmoral.

Su comparecencia en el Senado fue el enésimo espectáculo bochornoso de un ministro que ni manda,ni se compromete a nada y, ni siquiera, inspira el más mínimo respeto a nadie.

Lejos de asumir sus propias responsabilidades, como ministro –por la ineficaz, tardía y deficiente actuación en la extinción de los graves incendios– optó, como siempre por «el manual de resistencia», el de su amo y señora Sánchez y que consiste en : atacar al adversario político, a insultar la inteligencia de todos los ciudadanos y atrincherarse en la mentira oficial. En su intervención no hubo autocrítica, ni una sola palabra de consuelo a los vecinos que han perdido casas, cosechas o ganado, ni tampoco un reconocimiento sincero a los bomberos forestales, a los voluntarios y ciudadanos que, con medios precarios, se han dejado la piel -y algunos hasta la vida–para apagar lo que el Gobierno central no supo atajar a tiempo con sus ineptas normas forestales .

El problema es esencialmente estructural y viene de arriba. El Ministerio del Interior –bajo la batuta de Marlaska– lleva ya demasiado tiempo convertido en un «cortijo» donde se impone el sectarismo sobre la eficacia. Lo vimos en su día con el escándalo del cese del coronel Pérez de los Cobos, purgado por negarse a filtrar información judicial sobre el 8-M y, lo vimos, también, en su vergonzosa pasividad ante la criminalidad creciente en la frontera sur de Ceuta y de Melilla. Y lo seguimos viendo ahora con una política de protección civil improvisada, ineficaz y cargada de falaz propaganda. El fuego arrasa miles de hectáreas y pueblos, mientras Marlaska se dedica a jugar a ser comisario político en vez de un responsable ministro de Interior del Gobierno de España.

Ayer, en el Senado, su soberbia se retrató sola. Se permitió el lujo de reprender con chulería a los presidentes autonómicos como si fueran escolares revoltosos. Les acusó de pedir recursos que, según él, son imposibles de poner en marcha. ¿Imposibles…?Lo imposible es que, los españoles sigamos soportando a un ministro que se esconde tras excusas técnicas para tapar la desidia de un Gobierno que prioriza la propaganda sobre la vida real. Lo imposible es que, con el dinero público dilapidado en chiringuitos ideológicos y ONGS de muy dudosa utilidad, no haya presupuesto suficiente para reforzar las brigadas forestales, mejorar las infraestructuras hídricas o contratar más medios aéreos y mecánicos (buldóceres, retro excavadoras,etc…)

Y si hablamos de imposibles, también tenemos que hablar de sus silencios culpables. El mismo Marlaska –que hoy ha repartido culpas a todos en el Senado– fue el mismo que se encogió de hombros tras el asesinato de dos guardias civiles embestidos por una narcolancha en Barbate, en pleno Golfo de Cádiz. Dos fieles servidores públicos fueron abandonados por el Estado y condenados a una muerte casi seguroa, al ser enviados con medios obsoletos a luchar contra mafias modernas que manejan narconlanchas muy potentes y de últimisima generación. Aquella tragedia desnudó la verdadera realidad del Ministerio: policías y guardias civiles jugándose la vida, mientras sus jefes se hacían fotos en los enmoquetados despachos y acusaban a las víctimas de  irresponsabilidad. Marlaska –lejos de asumir que Interior dejó a los agentes vendidos y a su suerte y sin los recursos necesarios– se permitió el lujo, incluso, de filtrar pseudo versiones para restarle  gravedad al asesinato. Una indignidad que jamás será borrada de la memoria de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado y de sus familias.

Este es el patrón de Marlaska: «minimizar lo grave, hinchar lo accesorio y culpar siempre a otros». Lo hizo con los incendios, lo hizo con la narcolancha, lo ha hecho con la inmigración ilegal en Canarias, Ceuta y Melilla y con la inseguridad que asola las calles de tantas y tantas ciudades de España. Cada comparecencia suya es un ejercicio de «escapismo político», como si el Senado fuese un escenario teatral donde basta con recitar el guion de Moncloa para que todo quede perdonado y olvidado. Pero la realidad es testaruda: los muertos en Barbate, el acoso en las fronteras de Ceuta y Melilla, la avalancha de irregulares en Canarias, las miles de hectáreas arrasadas por el fuego y la falta de medios policiales no se borran con un discurso altanero ni con la complicidad de la televisión pública y medios afines.

La degradación de Marlaska es, en el fondo, la viva metáfora de la degradación institucional de todo el sanchismo. El que antes fue un magistrado de gran y reconocido prestigio jurídico, hoy se ha convertido en un burócrata dispuesto a vender su toga por un sillón; el que antes era un fiel defensor de la ley, hoy se ha convertido en un cómplice del desgobierno. Cada palabra suya en el Senado destilaba la misma mezcla de odio, venganza, arrogancia y vacío que caracteriza a todo el Ejecutivo: atacar a las autonomías, negar la evidencia y huir hacia adelante.

Los incendios han mostrado, una vez más, que en España no hay una política seria de prevención y respuesta rápida; que el Ministerio del Interior ha dejado a las comunidades y a los ciudadanos solos ante la catástrofe y, que, mientras tanto, Marlaska solo sabe repartir zascas –mal ensayadas y peor dichas– en la Comisión del Senado. Su voz ya no convence ni a los suyos, su liderazgo es inexistente, y su credibilidad murió el día en que Sánchez le obligó a elegir entre la dignidad de la toga y el sillón ministerial. Eligió lo segundo, y por eso hoy ya no es ni “Grande”, sino , apenas un eco desvaído de lo que fue.

La conclusión es simple: un país que tolera ministros así es un país condenado a la impotencia y al fracaso . Los incendios seguirán quemando nuestros bosques y pueblos, las narcolanchas seguirán embistiendo y matando a guardias viviles, los delincuentes callejera y los inquiokupas seguirán creciendo en nuestras calles y ciudades y, las pateras y cayucos seguirán llegando a cientos a las costas de Canarias, mientras en Moncloa seguirán repartiendo aplausos a esa obediencia ciega y servil. Marlaska no ha comparecido para dar alguna explicación razonable, sino para demostrar, una vez más, que ya no le queda ni una pizca de vergüenza. ni de dignidad ni de moralidad.

Y ese es su verdadero legado: un ministro «sin Grande» y reducido a la caricatura de sí mismo y que pasará a la historia no, por lo que defendió, sino por lo que entregó —su honor, su apellido y la seguridad de los españoles— a cambio de seguir siendo la marioneta dócil del peor presidente de toda nuestra democracia.

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Autor

Pedro Manuel Hernández López

Médico jubilado, Lcdo. en Periodismo y ex senador autonómico del PP por Murcia.

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