Por José María Arévalo

(Autorretrato Antonio Raphael Mengs (h. 1760-61) Madrid. Fundación Casa de Alba)
Estaba esperando con muchísimo interés la anunciada exposición del Museo del Prado sobre Antonio Rafael Mengs (1728-1779), pintor de cámara de Carlos III, retratista magistral y mago del dibujo, porque nada menos que una de mis nueras, Ana Mengs, casada con mi hijo Juan (estupendo acuarelista ya y que ha superado con creces mi magisterio pictórico), es descendiente del gran pintor alemán que Carlos III trajo a la corte de Madrid tras ficharlo en Nápoles por una fortuna. Así que con la boda de mi hijo he pasado yo también a formar parte de la familia -aunque política- de los Mengs, ciertamente ilustrísima en las artes.
Es la tercera muestra -explicaba en El Norte de Castilla Miguel Lorenci nada más inaugurarse la exposición, primera reseña de ella que he visto- que le dedica la pinacoteca, tras las organizadas por el bicentenario de su nacimiento (1929) y de su muerte (1980). En cartel hasta el 1 de marzo y con patrocinio de la Fundación BBVA , revisa su obra y su legado en diálogo con los maestros del pasado con los que se midió. Reúne 159 obras -un centenar de Mengs- de las que 64 son pinturas, 14 piezas de artes decorativas y 81 dibujos, grabados y estudios sobre papel.

(Lamentación sobre Cristo muerto Antonio Raphael Mengs. Óleo sobre tabla de nogal. (1768). Galería de las Colecciones Reales de Madrid)
Rivales con talento
De enorme influencia, cargado de talento y ego, la muestra incluye hasta siete autorretratos. «No era era un tipo discreto. Era vehemente y quería que todos pintaran como él», explica Falomir, director del Museo del Prado. Recuerda que cuando trabajaba en la corte de Carlos III «Madrid fue realmente la capital del mundo de la pintura, con Mengs y Tiepolo trabajando pared con pared en el palacio Real». «Dos grandes de la pintura que eran la luna y el sol, la noche y el día, pero que nos dejan muy claro que no hay mejor motor del talento que la rivalidad».
Hay que reconocer a Carlos III que lo comprendiera. Un monarca «ultrapuritano» que quiso quemar todos los desnudos de las colecciones reales». «Pese a su dogmatismo, Mengs evitó que Carlos III los destruyera y le propuso que los llevara a la Academia para enseñar a futuros pintores. Sin Mengs nos hubiéramos quedado sin los desnudos de Rubens y Tiziano, agradeció Falomir al «pintor filósofo» que fue «un gran intelectual y teórico».
Estaba predestinado a ser una estrella desde su nacimiento. Su padre, el pintor Ismael Mengs, lo bautizó como Antonio Rafael en honor a los maestros renacentistas Antonio Allegri Correggio y el genial Rafael de Urbino.

(‘Federico Cristián, príncipe elector de Sajonia’, retratado por Antonio Rafael Mengs en 1751 (Detalle). Paul Getty Museum)
Formado en Dresde y Roma, acabó en España atraído por el altísimo salario que el rey de España le ofreció. Pasó el resto de su vida trabajando Madrid y Roma, bajo la protección de personajes como Alessandro Albani, que le encargó el ‘Parnaso’, el fresco que es todo manifiesto del clasicismo en 1761.
Para Johann Joachim Winckelmann, arqueólogo alemán, gran creador de la corriente neoclasicista en el siglo XVIII, primero amigo y luego enemigo Mengs, el pintor sajón era «el mejor artista de todos los tiempos en Europa».

(Anton Raphael Mengs, Autorretrato juvenil hecho al pastel (1744). Gemäldegalerie Alte Meister, Dresde.)
Vida y obra
Nacido en Aussig (Bohemia) en 1728 -recoge Wikipedia-, su nombre se debe a dos pintores que fueron fuente de inspiración para su padre y más adelante lo serían para él: Antonio Allegri (apodado Correggio) y Rafael Sanzio. Su etapa de formación no solo se orientó a las técnicas sino a la teoría del arte, que estaba en sus inicios como ciencia, abanderada por Johann Joachim Winckelmann, de quien fue alumno destacado y amigo. Se formó en Dresde bajo la dirección de su padre, Ismael Mengs, que era pintor oficial de la corte, que además de pintor era un gran dibujante y especialista en miniaturas y esmaltes. Anton Raphael viajó a Roma entre 1741 y 1744 con el fin de completar su educación artística. Allí el joven Mengs trabajó bajo la dirección de Marco Benefial y estudió especialmente la escultura antigua del Belvedere, a Rafael y la pintura clásica del siglo XVII. Se conservan pocas muestras de aquella etapa. Una de ellas es Las artes lloran a Rafael, que se conserva en el Museo Británico de Londres, que copia un grabado de Pietro Aquila de una composición de Carlo Maratta.
Regresó en 1744 a Dresde, donde fue nombrado pintor de la corte, dedicándose sobre todo a los retratos al pastel, que incluyen obras como el Retrato de Augusto III, el Retrato del padre del artista y el Autorretrato, todos actualmente en la Gemäldegalerie Alte Meister de Dresde. En 1746, después de haber estado en Venecia, Parma y Bolonia, regresó a Roma, donde permaneció hasta 1749.
Pintor del rey Augusto III de Polonia desde 1746, volvió de nuevo a Italia en 1748, donde alternó la actividad artística con la difusión de sus ideas estéticas de retorno a la antigüedad clásica (escribió la obra Reflexiones sobre la belleza y el Gusto en la Pintura), estableciéndose definitivamente en la ciudad de Roma en 1752, después de convertirse al catolicismo y contraer matrimonio con una italiana.
Una obra de ese período es Fernando IV, rey de Nápoles (1760, Museo del Prado). En esta época competía como retratista con el máximo exponente rococó del momento, Pompeo Batoni. Del estrecho contacto con el rococó tomó la vitalidad y la frescura, que serían una constante en sus retratos. Pintó la Apoteosis de S. Eusebio en 1757 en las bóvedas de la iglesia de San Eusebio, en Roma, alejándose de los cánones barrocos y fijando los neoclásicos. En 1761 pintó el fresco de El Parnaso en el techo de la Villa Albani, en Roma, que se convirtió en un manifiesto del neoclasicismo por su evidente empleo de soluciones tomadas de los maestros del Renacimiento y en particular de Rafael. Ese mismo año es llamado a España, donde permanecería hasta 1769, siendo nombrado Primer Pintor del rey Carlos III, para quien trabajó en el embellecimiento del Palacio Real y del Palacio de Aranjuez. De esta etapa destacan, entre otras obras, Carlos IV, príncipe de Asturias (c. 1765) y María Luisa de Parma, princesa de Asturias (c. 1765), ambos en el Museo del Prado de Madrid, y su autorretrato de 1774 que cuelga en la Walker Art Gallery, de Liverpool. Sus frescos fríos, de colores desvaídos y desprovistos de emoción según el gusto de la época, triunfaron sobre los de Tiépolo, a quien Mengs consiguió arrinconar. También siguió trabajando como retratista. Volvió a Madrid entre 1774 y 1777, año en que, sintiéndose enfermo, marchó a Roma, en donde falleció de tuberculosis en 1779, siendo enterrado en la iglesia de los Santi Michele e Magno in Sassia, cerca de la basílica del Vaticano y donde pocos años después se le erigió un monumento funerario realizado por el escultor romano Vincenzo Pacetti.
Fue el pintor más famoso y mejor considerado de su tiempo, y ejerció en sus coetáneos una influencia notable. En la actualidad, más que sus obras históricas y alegóricas se valoran los retratos que realizó para numerosas cortes europeas.
Se midió con los clásicos
Mengs, un magnífico, olvidado y odiado pintor, que se midió con los clásicos, vuelve al Prado, que dedica una exposición histórica al influyente genio alemán maltratado por la historia. Un artista tan grande como desconocido. Condenado por la crítica y enterrado por la historia, Antonio Rafael Mengs fue el pintor de mayor éxito en su época. Una estrella. Gozó de un fulgurante éxito, pero cayó en oscuro abismo del olvido tras su muerte. El Prado lo reivindica ahora como el genio que fue con la muestra más importante dedicada nunca a este odiado maestro del retrato, mago del dibujo, precursor y abanderado del Neoclasicismo.
Con 44 prestadores entre grandes instituciones y colecciones, reúne lo mejor de uno de los artistas más influyentes del siglo XVIII. Un genio antipático, maltratado por la crítica y olvidado por la historia a pesar de renovar la pintura europea de su siglo con su peculiar y lúcida mirada al clasicismo.

(‘Carlos III, rey de España y de las Indias’. Antonio Rafael Mengs (1765). Statens Museum for Kunst de Copenhague)
Resulta paradójico que un artista de su nivel siga siendo un gran desconocido del gran público y que el Prado deba «explicar quién es y por qué es tan importante y merece esta muestra». «Sobre él han ido cayendo sucesivos anatemas. Cada época encontró su motivo para odiar a Mengs; desde sus propios contemporáneos a su sucesores», afirma Andrés Úbeda, jefe de pintura del XVII y Goya y comisario de la muestra junto a Javier Jordán de Urríes, conservador de pintura del Patrimonio Nacional.
Una inquina que «en parte es consecuencia del desprecio de Mengs hacia las escuelas nacionales». «No tenía la mejor opinión de Velázquez o Murillo, y eso hirió el orgullo de los españoles», destaca Úbeda. La crítica también lo vapuleó. «El historiador de arte más relevante y decisivo de Europa, el italiano Roberto Longhi, lo llegó a comparar con Hitler pocos años después de la II Guerra Mundial», precisa Úbeda.
«Cada época encontró razones para denigrarlo, odiarlo y no reconocer el mérito histórico que realmente tiene. Podemos hablar de un artista maldito para la crítica», insiste Úbeda sobre un talentoso pintor que se miraba en los grandes y que sería inopinado maestro para Goya. «Ha sufrido un borrado de los libros de historia que hizo que ha extendido su olvido extendido entre los académicos y el público general».
«Toda su vida se midió con la tradición. Su rival era la historia. Quería emular y superar, sobre todo, a Rafael», apunta Miguel Falomir, director del Prado. Algo que queda patente al inicio de la exposición, con la espectacular confrontación de ‘Lamentación sobre Cristo muerto’ con ‘El pasmo de Sicilia’ (‘Caída en el camino del Calvario’) de Rafael Sanzio. Solo el ‘duelo’ de los dos enormes obras de Rafael y Mengs y -de más de 300 kilos y más de tres metros de altura-, justifica la visita al Prado.
«Más que un pintor, es uno de los grandes actores del arte europeo y lo es de forma radical», asegura Falomir. «En su retorno al pasado es subversivo y dogmático», dice el director del Prado de un retratista fabuloso para el que posaron reyes y papas. Son formidables sus retratos de Carlos III y Clemente XIII. Como la serie del Archiduque Fernando de Austria.

(Semíramis recibe las noticias de la revuelta de Babilonia, Antonio Rafael Mengs 1755. Óleo sobre lienzo, 105,5 x 137 cm. Bayreuth, Bayerische Verwaltung der Staatlichen Schlösser, Gärten und Seen Neues Schloss, Bay NS. G0104)
Clave en el nacimiento del Neoclasicismo
Rafael Mengs es una figura clave en el nacimiento del Neoclasicismo y uno de los artistas más influyentes del siglo XVIII. La muestra ofrece una revisión profunda de su obra, pensamiento y legado, en diálogo con los grandes maestros del pasado.
Se le considera responsable en gran medida de sentar las bases de ese movimiento artístico que con el tiempo ha venido en llamarse Neoclasicismo y que en la época se consideró como un “restablecimiento de las artes”. Su primera formación la recibió en Dresde y Roma bajo la disciplina de su padre, el pintor de corte Ismael Mengs (1687-1764), quien eligió los nombres de su hijo por la admiración que sentía por Antonio Allegri da Correggio (h. 1489-1534) y Raffaello Sanzio de Urbino (1483-1520). Sus comienzos como pintor tuvieron lugar en la corte electoral de Sajonia y en la pontificia de Roma, gozando en esta última de la protección de personajes como el cardenal Alessandro Albani, quien le encargó El Parnaso, verdadero manifiesto del Neoclasicismo. En 1761 entraría al servicio de Carlos III, quedando el resto de su vida amparado por el mecenazgo del rey de España y de las Indias, alternando su presencia en la corte de Madrid con estancias en Italia.

(Flagelación de Cristo (1769). Galería de las Colecciones Reales)
Secciones de la muestra
La exposición -recogemos ahora de la web del museo- presenta una visión completa del pintor, de su obra y de su pensamiento artístico. Se organiza en diez secciones, que combinan el recorrido biográfico de un artista cosmopolita con ámbitos en los que se abordan asuntos específicos.
La muestra se abre con la sección titulada Formación y entorno familiar, dedicada a la figura dominante del padre y el primer patronazgo de la corte de Dresde. La segunda, El permanente reto a Rafael, analiza la influencia decisiva del pintor de Urbino en la obra de Mengs, modelo de aprendizaje en su juventud y con el que medirse en su madurez. Esa emulación se evidencia al comparar su Lamentación sobre Cristo muerto con El Pasmo de Sicilia de Rafael. La importancia de la Ciudad Eterna, como capital de la Cristiandad y depósito de los vestigios de la antigua civilización romana, domina las dos siguientes secciones: Roma, caput mundi y Roma, la fascinación del mundo antiguo. En la primera, se exhiben diversos retratos: del papa Clemente XIII, del cardenal Zelada, también de eruditos, artistas y viajeros del Grand Tour.
En la segunda, el modelo de la Antigüedad clásica se presenta en las salas a través de copias dibujadas y en yeso de algunos de los tesoros reunidos por los papas en las colecciones del Vaticano. En El final de su relación con Winckelmann se explica la historia de una amistad traicionada, cuando Mengs engañó al erudito y arqueólogo Johann Joachim Winckelmann (1717-1768) con el fresco simuladamente antiguo de Júpiter y Ganimedes.
El Mengs teórico del arte y la fortuna crítica del artista tras su muerte se explican en Mengs, pintor filósofo. Las siguientes secciones se dedican, en gran medida, al mecenazgo del rey de España. En Pintor de Su Majestad Católica y de la corte de Madrid se muestran los retratos de la familia de Carlos III y de otros personajes de la España ilustrada. Las grandes obras: la pintura mural pretende explicar la importancia de esas decoraciones, en las que pudo explayar su arte en grandes superficies y con las que quiso consolidar su fama.
La proximidad de los frescos del Palacio Real de Madrid permitirá a los visitantes del Prado que se quieran acercar al palacio completar su recorrido por la obra mural de Mengs.
La pintura religiosa domina el apartado Mengs, intérprete de la nueva devoción ilustrada. A la influencia de Rafael, manifestada en la segunda sección, se añade en esta penúltima la de Correggio y otros grandes maestros, como Guido Reni (1575-1642) o Diego Velázquez (1599-1660). Cierra la muestra El legado de Mengs, sección en la que se estudia cómo la figura del pintor se proyecta de diferente manera en las siguientes generaciones, en artistas como Antonio Canova (1757-1822), Jacques-Louis David (1748-1825) o el mismo Francisco de Goya (1746-1828).