Por José María Arévalo

(Azaña y Franco en 1936)
Hace ya tiempo que se ha sabido del fraude de las elecciones de febrero de 1936, en las que orifcialmente se dio por ganadoras a las fuerzas de izquierdas cuando lo cierto es que hubo un empate técnico y las izquierdas dsre proclamaron vencedoras sin esperar a los resultados; lo que fue una de las causas del levantamiento del 18 de julio del 36 por los militares de derechas -además del levantamiento del PSOE en Asturias en 1933, con el que acabó precisamente Franco comandado por la República-. Pero veo estos días un estupendo resumen de todo lo ocurrido en un artículo de José Alejandro Vara en Vozpópuli titulado “16 de febrero de 1936: las elecciones que cambiaron España”. Vale la pena reproducirlo, pues es el mejor resumen que he visto.
“Hace 90 años, a las 8:00 de la mañana del 16 de febrero de 1936, se abrieron los colegios electorales en toda España. A pesar de ser una mañana fría y lluviosa de invierno, la participación fue muy alta, casi del 72%, pues todos eran conscientes de la importancia de la cita electoral. Los pronósticos anunciaban un incremento notable a los partidos de izquierdas, pero no había un claro favorito. La anterior convocatoria había sido en noviembre de 1933, de la que surgió un gobierno de centro derecha, presidido por el Partido Radical y apoyado por el partido mayoritario en la Cámara, la CEDA. Precisamente, la incorporación de tres miembros de dicho partido al gobierno, en octubre del 34, provocó lo que para unos fue una revolución, un acto de legítima defensa, y para otros, un golpe de Estado. Después de 1.000 muertos y más de 10.000 detenidos, la situación en España ya no volvió a ser la misma sino para hacer más profundo el abismo político que dividiría España.
El llamado “bienio negro”, como definió la izquierda al periodo comprendido entre 1934 y 1935, ni supuso la asunción de un régimen autoritario, ni la ilegalización de los partidos, ni del PSOE, promotor de la revuelta, ni la derogación de la Constitución de 1931. El presidente de la República, Alcalá Zamora, puso fin al gobierno del Partido Radical, puesto que no quería dejar el gobierno en manos de la CEDA al pensar que destruiría la República desde dentro. En su lugar, nombró a finales de 1935 a Manuel Portela, de orientación centrista, pero, ante la imposibilidad de concitar apoyos en las Cortes, convocó elecciones para el domingo 16 de febrero. Las izquierdas aprendieron de los resultados de las anteriores elecciones, pues el sistema electoral, al ser mayoritario, premiaba la candidatura vencedora. Así, Barcelona capital otorgaba 16 escaños al vencedor y solo cuatro al segundo.
Una campaña feroz
En 1933, los partidos conservadores, con cerca de cuatro millones de votos, obtuvieron 206 escaños, mientras que las izquierdas, con casi tres millones de votos, solo obtuvieron 59. Por eso decidieron ir juntos con los partidos republicanos de centro izquierda, quienes, al final, también aceptaron ir en coalición con los comunistas. En cambio, en la derecha, la CEDA solamente pactó con los republicanos de centro, pero hubo otras candidaturas de partidos monárquicos, tradicionalistas, agrarios y falangistas, que no fueron en coalición con el partido de Gil Robles, con lo que había mayor dispersión del voto y menores posibilidades de éxito.
La campaña electoral fue feroz, con 56 muertos y una gran violencia política, con frases como la del socialista Largo Caballero: “Si triunfan las derechas, no habrá remisión, tendremos que ir forzosamente a la guerra civil declarada… no se hagan ilusiones las derechas, ni digan que esto son amenazas, son advertencias”. O la del ugetista Ricardo Zabalza: “El dilema que se ventila el 16 de febrero es Roma o Moscú, o la bandera negra del fascismo o la roja del socialismo”.
La jornada electoral del 16 de febrero transcurrió, no obstante, con relativa normalidad. Los colegios electorales cerraron a las 4:00 de la tarde, pero nada más acabar los comicios, la Puerta del Sol, sede de la Presidencia del Gobierno y del Ministerio de Gobernación, empezó a llenarse de simpatizantes del Frente Popular, celebrando la victoria. El recuento electoral era, además, muy lento, pues el presidente de cada mesa debía personarse en Correos y depositar allí toda la documentación. En cambio, en las capitales de provincia, podían acudir directamente a las Audiencias Territoriales haciendo el proceso mucho más rápido. Esas manifestaciones se extendieron al día siguiente por toda España y, especialmente, ante los edificios gubernamentales. Además, empezaron a registrarse motines dentro de las cárceles, por lo que, ante esta situación, Gil Robles acudió al presidente del Gobierno para exigir la declaración del estado de guerra.
El lunes 17 de febrero, el Consejo de Ministros, reunido en el Palacio de Oriente, sede de la presidencia de la República, decreta solo el estado de alarma con suspensión de los derechos de reunión y manifestación, pero no así el estado de guerra, pues Alcalá Zamora temía la reacción de las izquierdas. Los dirigentes del Frente Popular, viendo la debilidad de las autoridades, no iban a dejar pasar la oportunidad, y empezaron a presionar para un cambio de gobierno sin haber acabado el recuento.
Dimite Portela, entra Azaña
El escrutinio electoral seguía su curso, y solo se conocían los resultados de las grandes capitales, como Madrid y Barcelona, con un triunfo incontestable de las izquierdas, pero todavía quedaba mucho partido por jugar, pues la mayoría no estaba decidida. El miércoles 19 de febrero amaneció con las noticias de la toma de varios ayuntamientos en multitud de ciudades por las fuerzas de izquierdas, entre otros, los de Vallecas y Carabanchel en Madrid, lo que precipitó que Portela acudiera al presidente de la República para presentar su dimisión como jefe de Gobierno. Ninguno de los demás miembros del Consejo de Ministros quiso sustituir al dimitido presidente, por lo que Alcalá Zamora designó inmediatamente jefe de Gobierno a Manuel Azaña, cabeza visible del Frente Popular.
El periódico Ahora y Sol del 20 de febrero definió lo sucedido en la precipitada formación del nuevo gobierno: “El temor a que las masas se lanzasen a las calles a imponer su voluntad ha hecho que, sin esperar a más trámites, se entregue el poder al señor Azaña”. El dimitido presidente Portela no quería formar parte de un gobierno que podía haberse envuelto en incidentes y, por lo tanto, asumir su responsabilidad en caso de victoria del Frente Popular. Pero, cuando dimite, los resultados aún no eran definitivos. Las izquierdas alcanzaban 198 diputados y las derechas 161, quedando 114 escaños por dilucidar, y los resultados se estaban dando la vuelta en varias provincias. Hasta ese momento, podría afirmarse que las elecciones de 1936 se habrían desarrollado en idénticas condiciones de limpieza que las de 1933. Pero todo cambió a partir del jueves 19 de febrero.
En el magnífico libro “1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular”, los historiadores Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García analizan el escrutinio con un rigor científico, lejos de juicios de valor. El caso que más impacto tuvo fue el de La Coruña, donde el nuevo gobernador ordenó, el jueves 19 por la mañana, intervenir todas las actas electorales, sustituyéndolas por unas nuevas falsificadas. El resultado fue que, de ganar las derechas con doce diputados y cinco para el Frente Popular, se pasó a que trece actas fueron para las izquierdas y cuatro para las derechas. «O los 13 o ninguno”, proclamaban los manifestantes. Situaciones parecidas se vivieron en Pontevedra, Lugo, Málaga, Jaén, Cáceres, Tenerife y Las Palmas. Las coacciones fueron consentidas por los gobernadores, que poco o nada quisieron hacer.
Posteriormente, se constituyó la Comisión de Actas del Parlamento, y en vez de ajustarse a la legalidad, decretaron la nulidad de las elecciones en Granada y en Cuenca, donde habían triunfado las derechas, obligando a celebrar nuevas elecciones en mayo. En un ambiente hostil hacia los candidatos de la CEDA, estos optaron por retirarse. Lo increíble fue que, a pesar del anterior triunfo de las derechas, tres meses más tarde el Frente Popular ganó con más del 80 % de los votos y una participación del 78 %, cuando la prensa hablaba de colegios electorales casi desiertos.
Los tres protagonistas de la crisis
La Comisión de Actas del Parlamento certificó la validez de dichas elecciones, ante lo cual el diputado Jiménez Fernández declaró: “Hoy me he convencido de que todo lo que sean apelaciones a la convivencia aquí, son perfectamente inútiles”. De todo ello, podemos determinar que los tres personajes que intervinieron decididamente en estos episodios, tomaron decisiones que provocaron una crisis política de consecuencias devastadoras.
Alcalá Zamora, presidente de la República, se equivocó interrumpiendo la anterior legislatura en un momento en el que las consecuencias de la revolución de Octubre no estaban cerradas ni política ni judicialmente. Otro gravísimo error fue que, ante la magnitud de los disturbios acaecidos después de la jornada electoral, no tuviera la valentía de frenarlos decretando el Estado de Guerra. Manuel Portela, presidente del Consejo de Ministros, se vio desbordado por los acontecimientos, y su temprana dimisión, antes de acabar el recuento, dejó el gobierno y el escrutinio en manos del Frente Popular. Y, por último, Azaña, considerado un republicano de izquierdas moderado, socavó los cimientos de la democracia, permitiendo la coacción y el fraude en el escrutinio electoral.
Como dicen los historiadores Álvarez Tardío y Villa García, “lo que fue una votación, generalmente limpia, se convirtió en un recuento adulterado… la victoria estaba al alcance de cualquiera de los dos bloques… de este modo, ha quedado demostrado que algo más del 10 % del total de los escaños de las nuevas Cortes, más de medio centenar, no fue fruto de una competencia electoral en libertad”. Los resultados electorales habrían dado una situación de empate técnico para los dos bloques, lejos de la mayoría absoluta del Frente Popular. La obligación que tenemos es conocer nuestro pasado a través de profesionales que, desde el rigor científico, nos hagan recuperar la verdadera Memoria Histórica. Dato mata relato.