Visualiza un paisaje andino inmutable, donde glaciares ancestrales nutren ríos esenciales para millones de personas. Sin embargo, ese delicado equilibrio se ve amenazado: el Senado argentino ha dado luz verde a una reforma que aligera las regulaciones sobre glaciares, permitiendo que las provincias decidan dónde excavar en busca de minerales codiciados como el cobre y el litio. Los ambientalistas alzan la voz en señal de protesta; por otro lado, el Gobierno celebra lo que considera un impulso económico. ¿Estamos ante un dilema sin solución o un avance necesario?
La Ley de Glaciares, pionera en Latinoamérica desde su implementación en 2010, protegía estos valiosos recursos naturales y sus alrededores periglaciares —suelos helados que actúan como reservas de agua— frente a actividades mineras e hidrocarburíferas. Prohibía de manera categórica cualquier exploración que pudiera comprometer reservas estratégicas para el consumo humano, la agricultura y la producción energética. Según el Inventario Nacional de 2018, hay 16.968 glaciares en la Cordillera de los Andes, cubriendo una superficie de 8.484 km², es decir, ¡41 veces más que la Ciudad de Buenos Aires! Sin embargo, estos colosos han ido retrocediendo desde 1990, acelerados por el cambio climático, contribuyendo hasta con el 40% del caudal en ríos secos de provincias como Mendoza.
Javier Milei, con su enfoque libertario, considera que la minería es la clave para revitalizar Argentina. El proyecto, aprobado con 40 votos a favor y 31 en contra el 27 de febrero de 2026, ha pasado del Senado hacia Diputados. Este nuevo marco otorga a las provincias la capacidad de evaluar qué glaciares son «relevantes hídricamente»: si un glaciar no es esencial para el abastecimiento de agua, ¡entonces es hora de poner en marcha las excavadoras! El Ejecutivo sostiene que cuidado ambiental y crecimiento económico pueden coexistir sin problemas. «La minería moderna está diseñada para operar con planificación e ingeniería que eviten dañar las reservas», afirma la Cámara Argentina de Empresas Mineras (CAEM). En este sentido, solo el 1% del agua regional se destina a las minas; el 93% va a agricultura.
Gigantes del sector como Barrick Gold, BHP, Lundin Mining o Glencore están ansiosos ante esta oportunidad. Proyectos como Vicuña-Josemaría en San Juan esperan luz verde, prometiendo generar millones en litio y cobre para facilitar la transición energética global. El Gobierno ha puesto en marcha el RIGI, un régimen lleno de incentivos fiscales para atraer a estas multinacionales. Pero grupos opositores como Greenpeace advierten: las actividades mineras producen polvo que disminuye el albedo glaciar —su capacidad reflectante— lo cual acelera su derretimiento y contamina ríos con cianuro; recordemos el derrame ocurrido en 2015 en Veladero, que afectó cinco cursos fluviales con un millón de litros contaminantes.
Expertos del CONICET, como el geólogo Andrés Folguera, señalan que los periglaciares esconden reservas hídricas incluso mayores que los hielos visibles. Destruir estos entornos podría causar tensiones entre agricultura y minería, evocando situaciones similares al modelo chileno con sequías persistentes. Las protestas estallan en lugares como Mendoza y San Juan: «¡No se caguen en el agua!», gritan asambleas como Jáchal no se Toca. Abogados ambientalistas se preparan para acciones judiciales por considerar que se violan tanto la Constitución como tratados internacionales como el de Escazú, que prohíbe retrocesos ecológicos.
El debate entre desarrollo y conservación está más vivo que nunca. Desde el oficialismo se insiste en que serán las provincias, titulares constitucionales de recursos, quienes decidirán basándose en estudios sobre impacto ambiental. Sin embargo, los críticos temen que los lobbies mineros prevalezcan sobre criterios científicos. Mientras tanto, glaciares patagónicos como el Perito Moreno continúan resistiendo; pero ¿hasta cuándo?
Curiosidades sorprendentes
- El glaciar más grande de América no pertenece a Argentina: El glaciar O’Higgins, situado en Chile-Patagonia, abarca una extensión de 1.600 km², aunque los glaciares argentinos suman más volumen total.
- Hielos con historia: Análisis realizados sobre núcleos glaciares muestran erupciones volcánicas ocurridas hace 2.000 años y hasta contaminantes industriales del siglo XX; verdaderos archivos climáticos naturales.
- Glaciares deslizantes: En Tierra del Fuego, vientos catabáticos hacen «deslizarse» a los glaciares a velocidades cercanas a los 30 km/h, parecidos a trineos helados descontrolados.
- El glaciar sanguinolento: El glaciar Sangay, ubicado en Ecuador, libera hierro oxidado tiñendo sus aguas de rojo; una maravilla natural que sorprendió incluso a Darwin.
- Retroceso cómico-trágico: Desde 1950, los Andes han perdido glaciares equivalentes a 20.000 piscinas olímpicas cada año. ¡Si fueran personas estarían perdiendo peso rápidamente!
En definitiva, estos hielos no solo enfrían nuestras bebidas estivales: son esenciales para sostener vidas enteras.

